Revista Intemperie

Sueños, monstruos y cliches

Por: Federico Zurita Hecht
los suenos de la razon producen monstruos

Federico Zurita no se deja conmover por las piruetas experimentales del último estreno en Matucana 100. Más que rupturista, lo considera un decepcionante rosario de clichés e improvisaciones sin sentido

 

La obra Los sueños de la razón producen monstruos del director Sebastián Jaña es incongruente en muchos sentidos. El estreno, que se presenta en Matucana 100 hasta el 9 de noviembre, establece una serie de obstrucciones al ejercicio de la representación teatral, con lo que termina por transformarse en un ejercicio discursivo que, paradójicamente, se opone a la posibilidad de entender el teatro como una plataforma de circulación de discursos. 

Los sueños de la razón producen monstruos se presenta en un espacio teatral tradicional (el Espacio Bunster en Matucana 100), dispuesto de un modo no habitual. No hay butacas y el público debe seguir la acción. Eso, sin embargo, no es del todo cierto, pues el público debe ubicarse donde los encargados le indican que se ubique (con luces o con información entregada directamente por uno de los miembros del equipo, al parecer el director del la obra). La acción, que se manifiesta como una serie de imágenes que buscan exponer al público el subconsciente en su funcionamiento, se desarrolla en diversos rincones de la sala. Así, el espacio donde se desarrolla la ficción es la mente humana. El espectador puede entender a qué mundo de ficción se introduce, pues el recibimiento está dado por una imagen rural proyectada en una pantalla, que se borronea hasta presentarse bajo las formas de la estética del ácido, tan gastada ya hace cuarenta años (lo que propicia que el punto de partida de la obra se presente como un cliché, y, por tanto, como una imagen ineficiente como constructora de sentido).

Lo que sigue son parlamentos inentendibles y acciones no visibles (por la lejanía con el público y la oscuridad en que se llevan a cabo). Tal vez los parlamentos inentendibles sean parte de la búsqueda del subconsciente como espacio de la ficción, pero en su reemplazo no hay otro asunto que produzca una dramatización que haga reconocible un argumento. No apelo con esto a la necesidad de la linealidad aristotélica. La fragmentariedad no se caracteriza por anular la fabulación (sólo dos ejemplos recientes de esto: La amante fascista de Alejandro Moreno y Rosas… armar un recuerdo de Heidrum Breier). En Los sueños de la razón producen monstruos los problemas no son la falta de linealidad, son, más bien, la no concreción de la comunicación.

Juan Villegas señala que el público perteneciente a una sociedad específica (la sociedad occidental o latinoamericana o chilena, o lo que se establezca como delimitación cultural) posee una competencia cultural propiciada por su pertenencia a ese grupo con rasgos culturales específicos. Luego, esa sociedad, que va a desarrollar determinado teatro, articula, a su vez, una competencia teatral, lo que propicia que sus miembros (en mayor o menor medida) participen del entendimiento de las herramientas utilizadas por los profesionales de teatro de esa comunidad. La obra de Sebastián Jaña atenta contra la competencia teatral de nuestra comunidad, pretendiendo interpelar al público de un modo en que, en el fondo, suprime la interpelación; porque Los sueños de la razón producen monstruos no es rupturista ni inaugura una nueva forma de entender el teatro. La obra de Jaña, más bien, anula cualquier intento de entendimiento, negando la posibilidad de que el público acceda a cualquier discusión posible.

Este desentendimiento de los parámetros en que una sociedad entiende su teatro constituye, en este caso, un ejercicio saturado de errores que pretenden pasar por innovaciones. El montaje (para no hablar de Jaña y sus intenciones como sujeto de carne y hueso) se formula bajo la lógica del lenguaje de los niños: creyendo que los demás (el público, en este caso) sabe lo que ellos saben, satura la acción de vacíos equívocos. Esto se hace evidente en (al menos) dos asuntos iniciales: primero, se vuelve problemático vincular la obra con el cuadro de Goya que lleva el mismo título y, segundo, es imposible vincularla intertextualmente con el del drama Equus de Peter Shaffer, asunto informado en el comunicado de prensa de la obra. Y digo “al menos” estos dos, pues ningún otro supuesto intertexto es posible de ser identificado.

Además de esto, es imposible comprender, a partir de asuntos desplegados en la acción, por qué esta obra sería “un relato conceptual referido al tratamiento y cuestionamiento de la perversión”, como dice el mismo comunicado. Los sonidos guturales que realiza un personaje cuando le hablan de caballos no son suficientes para justificar dicha cita. La estereotipada escena final en que los personajes dramatizan el encuentro de un joven con su padre en un cine de películas para adultos, tampoco permite formular una “reflexión” sobre la perversión. Entonces ¿qué cuestionamientos realiza esta obra sobre la perversión? Ninguno, al parecer.

Otro asunto informado en el comunicado que no es posible identificar en la acción, es la “atracción erótica con la divinidad”. Pero su ausencia da para varios párrafos más, y ya no es posible seguir alargando esta argumentación.

Finalmente viene al caso señalar que los intentos por introducirnos a los espacios de la mente fracasan cuando el mismo encargado de guiar al público para ubicarse en uno u otro lugar, se filtra en la construcción de las imágenes al abrir o cerrar puertas, y cuando uno de los técnicos se levanta de su silla (frente al computador desde donde maneja las luces o el audio) y baña a uno de los personajes ¿Eso es ruptura de la cuarta pared, es teatro de la crueldad, es teatro postdramático? No lo creo. Es teatro mal hecho.

No es extraño que al finalizar la función del 18 de octubre ningún asistente aplaudiera. Aquella no es la reacción de un público desconcertado por la interpelación de una obra rupturista. Es, más bien, la reacción de un público decepcionado.

 

Los sueños de la razón producen monstruos

Dirección: Sebastián Jaña
Asistente: Benjamín Villalobos
Producción: Francisca Babul
Diseño de iluminación: Pablo de la Fuente
Diseño de vestuario: John Álvarez
Sonido: Pablo Garretón
Video: Pablo Mois, Benjamín Villalobos
Elenco: Camila Dumas, Patricia Moreno, Felipe Zepeda
Del 16 de octubre al 9 de noviembre.
Jueves a Sábado, 21 hrs. Domingo, 20 hrs.
Espacio Bunster. Matucana 100.

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