Revista Intemperie

Muestra Nacional de Dramaturgia: Infinitas reflexiones (Parte VIII)

Por: Marco Antonio de la Parra
muestra nacional

De una semana estimulante surgen las primeras opiniones, pistas -y más de alguna lección-, con las que Marco Antonio de la Parra concluye su diario de viaje de La Muestra 2014

 

Bajo el calorcillo de una primavera más decidida se juntaron algunos de los artistas a preguntarse sobre una posible evaluación de La Muestra. Lo que se sintió infinito se comió el tiempo con celeridad sorprendente. Uno de los actores de Los Contadores Auditores (el narrador de La chica), oriundo de Valparaíso, certificó la sensación de lo valioso del encuentro, del trabajo conjunto, de lo agradecido que estaba de haber sido convocado. Desde el diseño también surgió la sensación de que eran muchas reflexiones, infinitas, las que se debían y podían hacerse y que solo el tiempo podía macerar y sedimentar hasta conseguir entender todo lo que había pasado. El músico subrayó la grata sorpresa de ver como sus composiciones pasaban de obra en obra, como no estando en los ensayos, su material sí había estado ahí y de cómo interactuaban los equipos. Una directora habló de todo lo complejo de haber trabajado con tal intensidad sin que se aclararan los pagos y que sin embargo el equipo siguió adelante contra viento y marea, a todo vapor, estoico. Manuela Infante no supo qué decir. Habló de su satisfacción, de la abismante comprobación que había otorgado el público (lo dijeron todos) en masa concurriendo a ver las obras, de una partida tibia para un final apoteósico de salas repletas y colas por los espacios que dejaran las entradas perdidas. Habló del gusto de ver cuán experimental había sido todo y qué bien había resultado el experimento. Pero también coincidió en que solamente la distancia daría fuerza y claridad para entender todo lo bueno que había pasado, los peligros que hubo que sortear y que no era el momento, dijo una productora, de ponerse casi a pensar en La Próxima Muestra.

Yo pensaba en el clima de festejo, de carnaval del teatro chileno, de la transformación de Matucana 100 en un espacio absolutamente mágico, de la gente comiendo tacos entre obra y obra, de la meta conseguida de despertar en el espectador el deseo de ver varias versiones del mismo texto, del sabor a gozosa multitud de cada noche, de la necesidad de que las obras hicieran temporada, de los contratos que ya se gestaban, de los elencos de primera, los conocidos y los desconocidos, del apogeo de la dramaturgia, la nueva dramaturgia, del apoyo feroz a la escritura teatral chilena que era La Muestra, de haber renovado fuerza e importancia.

Pasaron muchas cosas esta semana. Casi un exceso. Todo de bueno para arriba. La acumulación de teatro se volvió estimulante y me tiene con la cabeza agitada esperando que pase el tiempo y los sentimientos encontrados de extrema felicidad por lo acontecido y tristeza porque dejó de suceder.

Surgen las pistas de nuevas escrituras, la secuela de influencias como la dramaturgia europea, los aportes de propuestas escénicas absolutamente diversas y originales, las apuestas de alto riesgo.

Terminé viendo La flor del Lirilay en la versión Alexandra von Hummel/Millaray Lobos. El vértigo prometido daba forma a un texto que medita sobre el texto mismo, sobre la escritura de teatro como un acto imposible. Un mínimo de espectadores en la Cubícula Concreta de Matucana 100, mirando hacia abajo el desplazamiento ingrávido en apariencia de los actores. Un juego de luces cinético que a alguna hizo desmayarse, según dicen. Una vez más, la belleza. Esa habitante extraordinaria de esta semana que pasó.

¿Lecciones? Infinitas. El dramaturgo no es un oficio en extinción, el director está más vivo y atento que nunca, el diseño es demasiado importante, actuar es cada vez un trabajo más complejo, desde la perfomance del mismo Sebastián Chandía en su obra La flor del Lirilay ahogando sus palabras, hasta el tour de force de Paulina García en una puesta que frenaba al límite la imagen en Gastos de representación, una obra que deja perplejo al comienzo y se paladea con el paso de los días.

Son varias, casi todas, las que vería de nuevo alegremente.

Que hagan temporada. Que empiece pronto la próxima Muestra.

Ya siento los síntomas de privación.

El teatro, así, es deliciosamente adictivo.

Y se acabó. Por ahora.

 

Más información en muestranacional.cl

 

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