Revista Intemperie

Poirot, alma encadenada

Por: Mario Valdovinos
luis poirot

Mario Valdovinos, embelesado con la última exposición de los retratos fotográficos de Luis Poirot en el Bellas Artes, “una mímesis y un plagio de la figura humana de cualquier otra mujer que podría situarse bajo las indicaciones de quien obtura la cámara”

 

La exposición Luis Poirot, un retrato fotográfico 1998-2014, de montaje reciente en la sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes, se centra en la captura y despliegue de la imagen de una mujer, Fernanda Larraín, inspiradora de la propuesta de Luis Poirot, también fotógrafa y esposa del artista. Son dieciséis años en los que el celebrado fotógrafo, con más de veinte libros publicados y numerosas exposiciones individuales a través del mundo, rastrea el cuerpo, el alma y la sombra de la mujer amada. La que eligió entre las 300 que menciona el poeta Gonzalo Rojas en su no menos célebre poema ‘¿Qué se ama cuando se ama?’. El intento se vincula con la posibilidad de plasmar algo por esencia evanescente e inasible: el ser. Por lo tanto, se trata de un propósito ontológico y en buena medida condenado al fracaso o, cuando menos, al espesor de la duda y de la incertidumbre. ¿Pueden la fusión del blanco y el negro, el soporte de celuloide y el traslado de las imágenes virtuales a rectángulos de papel emulsionado -puesto que Poirot emplea el sistema de la fotografía análoga-, dar cuenta de todo el ser de su compañera de vida, madre de dos hijas de ambos y objeto de deseo?

Aparece expresivamente claro en las imágenes de la muestra, que el entorno de la muchacha actúa como contraste entre la figura de la modelo en el encuadre elegido para cada foto y el espacio que la acompaña: naturaleza, habitaciones, fondos. Existe, en una lectura simple, incluso ingenua de la exposición montada, la posibilidad de considerarla una fusión de la mujer genérica, del género femenino con sus honduras y volcanes, para citar otra vez el poema de Gonzalo Rojas, con aquella que posa en las fotografías, y de verdad es muy explícito que posa en ellas, pues no se trata de instantáneas, tomadas al azar en las que dominan los factores velocidad y sorpresa. No, se advierte en esos fragmentos de papel una acuciosa composición, encuadres, filtros, control de la luz, de los contrastes, del claroscuro. Hay allí una mímesis y un plagio de la figura humana de cualquier otra mujer que podría situarse bajo las indicaciones de quien obtura la cámara, una máquina que registra pero también puede falsear y magnificar. Se trata de convencer, ¿o engañar?, al ojo que mira las fotografías colgadas en una sala de arte, dispuestas allí con un propósito de homenaje y de estética, de lenguaje visual artístico. De cualquier forma la joven luce radiante, sensual, desenfadada, íntima, ausente, ensimismada, lejana, siempre indispuesta para revelar su secreto. En estos rasgos, que no cuesta mucho inferir de lo visto y aun otros, la lente de Poirot es tan implacable como deslumbrante.

Las fotos de Poirot, maestro hace cincuenta años del género visual del retrato, vienen ahondando en correr el tupido velo que enmascara cada rostro humano. La tarea autoimpuesta es desentrañar qué dice una cara, en el fondo una escritura de la luz sobre otra escritura, la de los signos faciales, junto a la gestualidad de quien acepta ser enfocado por la máquina que muestra pero también estereotipa, la que vuelve, al mismo tiempo, reveladores e irreconocibles los labios, los ojos, la frente, el cabello y las marcas de la faz elegida.

Ante la cámara de Poirot han desfilado miles de rostros de personajes conocidos, famosos, anónimos. ¿Es la musa Fernanda Larraín uno más de ellos? Claro que no, fuera del vínculo de amor que los une –y toda la exposición y el obsesivo acto de retratarla lo prueban–, están destinados a retener a un cuerpo que se mueve alrededor del fotógrafo constantemente y solo hace una pausa cuando duerme. De hecho hay fotos que la exhiben en reposo, tendida y no pocas veces ida.

Detrás del acto de fotografiar está el deseo de poner bajo control el devenir de los objetos y en especial de los cuerpos que circundan al fotógrafo. Es el anhelo de inmovilizar los gestos, la presencia y aun las palabras del ser amado, porque aparecen y vertiginosamente desaparecen, huyen y se diluyen. De allí el carácter de simulacro de toda fotografía, desde el momento de su aparición, alrededor de 1830, como heredera de la Revolución Industrial, y su complejo combate con la pintura, otra forma de reproducir y reflejar. Posteriormente se someterá al cine, pues aporta el movimiento que las fotos niegan. Este simulacro actúa a nivel consciente e inconsciente y funciona entre el hombre y la mujer comunes que llevan en su billetera retratos de sus cónyuges e hijos (en la actualidad en la memoria de su teléfono celular), y el retrato como género artístico visual, digno de competir con otras artes, ser exhibido como propuesta artística y transado como objeto estético en un mercado que lo valora comercialmente.

Poirot es entrevistado en un video que se ofrece a la entrada de su exposición, un trabajo en blanco y negro registra sus opiniones y también actúa a la manera de un modesto reconocimiento, pertenece a Sebastián Thomas y dura diez minutos. Es un monólogo donde revela que la fotografía, a lo menos las suyas, son un autorretrato, un espejo y una ventana. Más adelante se encuentran, dentro de los referentes y soportes complementarios que la exposición incluye, una bellísima nota introductoria del poeta Raúl Zurita y las propias opiniones de Poirot sobre su trayectoria de medio siglo como fotógrafo; todos dan cuenta del fenómeno, de la ilusión de captura, del simulacro de toda foto, del equívoco que generan las imágenes obtenidas: “Temo al olvido, las personas queridas parten desde mi infancia y no son reemplazadas, los lugares desaparecen y no encuentro faros que guíen mi camino”.

Y también señala Poirot: “El retrato aquí no es un segundo arrebatado al olvido, es una prolongación de momentos que llegan a ser años, búsqueda frenética para comprender el misterio del ser amado. ¿Será el misterio o los misterios?”

El deseo que late tras recorrer esta magnífica exposición fotográfica es atribuir a los pedazos de papel rectangulares, obtenidos tras un arduo acecho en la sala de revelado, el carácter de sustitutos del ser durante los segundos que ocupa quien los contempla, con rencor o nostalgia, o con ambos sentimientos.

 

Foto: Fernanda Larraín

Un comentario

  1. Ximena dice:

    Después de ver esta maravillosa muestra, que más allá de una exposición fue una ventana a la intimidad de Fernanda y Luis en su amor, pasión, complicidad, compañia, libertad. Me sentí tan parte de esta vida que cuando vi a Fernanda en Expofoto exclamé: Hola, te conozco!! me salió del alma, del estómago… Fue como encontrarme con una muy amiga a quien le confías sus secretos. Así de impactante fue para mi este regalo de Luis y Fernanda.

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