Revista Intemperie

¿Son las humanidades un peligro para la sociedad?

Por: Andrés Olave
la segunda

 

Vegetarianos y humanistas como terroristas. Así de caricaturesco se mostraba uno de los titulares del diario La Segunda. El titular completo, cito: “Cinco claves para entender cómo es la pareja acusada de poner bombas: mientras él lee a Bakunin y a Nietzsche, ella es ecologista y vegetariana”. Por supuesto, La Segunda artífice del ya tristemente famoso “Exterminados como ratones” no se ha caracterizado nunca por su sutileza o altura de miras. Representa simplemente el punto de vista de los señores que son dueños del fundo Chile, señores de corbata que escuchan los Huasos Quincheros a la hora del almuerzo, que han leído varias veces el libro de Jaime Guzmán y que en alguna vitrina de la casa tienen todavía una foto de Pinochet. Los mismos que piensan que la mano dura le hace bien al proletariado y que comparten plenamente la desafortunada frase de Borges sobre que a estas tierras lo que le hace falta son 200 años de dictadura.

En principio, resulta hasta curioso la sugerencia de que leer ciertos libros te convierten en terrorista.  Porque la gracia del capitalismo radica en su famosa libertad económica, donde puedes comprar los que quieras (o puedas), incluso entrar a un mall, dirigirte a una librería de cadena y elegir alguno de los libros de Naomi Klein, por ejemplo, que tan mal hablan del modelo capitalista. Porqué no importa cuanta oposición se le presente, el capitalismo seguirá allí mismo, por pura inercia, o acaso, por la suprema fuerza del capital que tiene a su favor. Por lo mismo, parece un paso atrás volver a levantar listas de libros prohibidos, como los de Nietzsche o Bakunin –o no prohibirlos, pero al menos signarlos de forma tan negativa.

Dentro de la misma nota de La Segunda se detallan las áreas que interesaban a uno de los imputados: “Literatura e identidad, problemas del conocimiento, filosofía y psicología”, es decir, se quiere dar a entender que es desde las Humanidades de donde proviene la amenaza. ¿Amenaza para quien?  Claramente para gente que no comprende la importancia de estas mismas humanidades y piensa que todo esfuerzo humano debe realizarse con miras a obtener un beneficio material. Un camino alienante y sin memoria, atado a un perpetuo presente de noticias e indicadores y, lógico, carente a la larga de todo sentido.

El problema sería mucho más simple si solo una pequeña minoría, aún la minoría dominante, quisiera sostener esta clase de creencias. Pero no solo es la elite, sino que buena parte de la población, para bien o para mal, la que parece haber abrazado firmemente los principios del neoliberalismo. Falta saber si también abrazan sus prejuicios, si atienden la voz del amo y consideran que los humanistas y vegetarianos son terroristas. Esa es la cuestión. Si conforman, parafraseando al gobierno, una nueva mayoría.

En Soy leyenda (la novela de Richard Matheson, no la película de Will Smith), se ahonda en esta nueva dualidad: el último humano, Neville, se ve acorralado y superado por una nueva raza de vampiros que domina el planeta. El encuentro con una nueva forma de estar en el mundo, cuyos alcances aún no es posible dimensionar. Al final de la novela, Neville comprueba que bajo este paradigma no son los vampiros los que deben ser eliminados:

“Pero luego el silencio se extendió sobre sus cabezas como una pesa­da capa. Todos volvieron hacia Neville sus rostros pálidos. Neville los observó serenamente. Y de pronto razonó: Yo soy el anormal. La nor­malidad es un concepto mayoritario. Norma de muchos, no de uno solo.

Y comprendió la expresión que reflejaban aquellos rostros: angus­tia, miedo, horror. Le tenían miedo. Ellos le veían como un monstruo terrible y desconocido, de una malignidad más odiosa que la de la plaga.

Neville observó a los nuevos habitantes de la tierra. No era uno de ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían eliminar y destruir. Y de pronto nació la nueva idea, divirtiéndolo, a pesar del dolor.

Se estrecha el círculo. Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo.”

Recuerdo que conocí a un tipo en Antofagasta que solía decir que “si uno lee libros se vuelve loco”. Lo decía completamente en serio. Ahora los medios dicen que el vegetarianismo o la lectura de ciertos libros te convierten en un tipo peligroso. Un terrorista. Y nadie se pone rojo de vergüenza ni se echa a reír revelando la broma, todos están mortalmente serios, cómo si en realidad estuviesen diciendo: “este orden que tanto nos gusta, para preservarlo y fortalecerlo necesita enemigos, aún los enemigos más ridículos que podamos encontrar, da lo mismo, ellos serán nuestras oponentes y gracias a ellos, el sistema será mañana cada vez más pétreo e inquebrantable.”

 

Foto: lasegunda.com

 

Artículo publicado originalmente el 28/09/2014

2 Comentarios

  1. alejandra dice:

    Andrés, concuerdo plenamente con tu artículo, es perturbador como fichan a partir de lo que se lee, cuando lo fundamental es como se lee lo que gatilla esa lectura en el lector es lo peligroso. Solo un detalle, esos dueños de fundos, de corbata y que escuchan a los Quincheros es también un poco estereotipar, te aseguro que muchos van al municipal, son viajados y letrados,visten con soltura, vanguardia.

  2. Sebastián dice:

    Si bien concuerdo con la idea de fondo (que la hegemonía neoliberal busca normalizar) no veo cómo se puede afirmar seriamente que el diario aquel busca confundir “vegetarianos y humanistas como terroristas”. Más allá del contexto y el historial de titulares nefastos, la publicación se remite a realizar un perfil (muy pobre, por lo demás) de los sospechosos poniendo el énfasis en aquellos aspectos que la cultura dominante considera “raros”, “peligrosos” o simplemente “minoritarios”. No dice en ningún lado que solo por leer a Nietzsche o ser vegetariano se sigue automáticamente terrorista, sino que estos serían algunos de los aspectos que ayudarían a entender el comportamiento de los sospechosos (recordemos la frase “abajo el Estado policial”). Por mi parte, sigo leyendo a Nietzsche y hay semanas enteras en que no como carne.

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