Revista Intemperie

La voz extraña de Fabián Casas

Por: Joaquín Escobar
la voz extrana

Joaquín Escobar se deleita en los ensayos de Fabián Casas, textos que provocan en los fanáticos algo parecido al escozor de felicidad de un triunfo deportivo

 

Por estos días Fabián Casas debe estar explotando de alegría. San Lorenzo de Almagro, club del cual es hincha, fue campeón de la Copa Libertadores hace un par de semanas. Sus lectores también estamos contentos (por supuesto que no con la misma alegría desbordante que debe provocar ganar aquel trofeo), pero sí con regocijo porque Ediciones UDP publicó el libro La voz extraña con algunos de sus ensayos. Una interesante selección realizada por Leila Guerriero que fue extraída de los libros Breves apuntes de autoayuda (2005), Ensayos bonsái (2007), La supremacía Tolstoi y otros textos al tuntún (2013) y un par de escritos hasta ahora inéditos. La escritora argentina debió realizar un prólogo que respondiera a la elección no azarosa de los escritos, faltó el espacio en que nos contara del cómo, cuándo y por qué. Algo semejante al perfil que realiza Guerriero sobre Casas en su libro Plano americano, pero agregándole un mapa que nos guíe en el bosque de lectura que vamos a enfrentar.

Los ensayos de Fabián Casas son híbridos, no hay una membrana que los estructure a todos. Siempre comienzan en Boedo con alguna experiencia personal y desde este espacio extiende sus ramas para hablar de cine, música, fútbol, literatura y filosofía. El barrio como núcleo identitario sirve de escenario para que dentro de un mismo texto convivan Fogwill, su perra Rita, el Abbey Road, las películas de Francis Ford Coppola y las borracheras de Raymond Carver con John Cheever. El autor habla de todo lo que lo motiva y le gusta, nos pasea por sus aficiones dándoles en algunos casos toques anecdotarios: la caminata por los techos de Santiago con las Yeguas del apocalipsis, o la forma en que consiguió dinero para comprar la obra poética completa de Juan Gelman.

A pesar de las diversas experiencias expuestas el escritor introduce la duda: “Siempre, todas las tentativas de poner orden y transmitir vivencias, son ficticias. Yo mismo, si me pongo a pensar en hechos que me tuvieron como protagonista, tengo dudas sobre si realmente estuve ahí, si dije tal o cual cosa, si no estaré inventando” (p. 165).

En los ensayos hay una potente intertextualidad con sus trabajos de ficción. Nuevamente aparecen sus amigos del barrio dentro de los cuales reconocemos, por ejemplo, al japonés Uzu. O a su padre, que al igual que en el cuento “El relator” de Los Lemmings y otros, camina por la noche porteña hacia salones de tango. Pero el personaje más notable y el que el autor recuerda con más cariño es su padrino: “Creo realmente que tuvo y tiene un poder benefactor sobre mi vida y vivo pendiente del momento en que va a reencarnar. Ese instante preciso en que va a salir de la multitud de rostros que forman nuestra ciudad y va a caminar hacia mí con mi cara en sus manos”.

Estos cruces vivenciales-culturales le entregan a los ensayos un carácter intimista. Se genera una cercanía entre lector-escritor, como si Casas estuviera charlando en el patio de tu casa sobre temas que homogeniza. Le da igual relevancia a una hipótesis de Schopenhauer que a una canción de Serrat, y en ese gesto hay un valor encomiable. Es partidario de la integración literaria y no de esa segregación absurda que propone ese mundillo snob del cual se mofa: “Imaginémoslo: una mañana nos despertamos y estamos rodeados por superescritores de vanguardia, que le hacen trampas a la lengua, que escriben de atrás para adelante, que se citan mutuamente y se reproducen en antologías incomprensibles. Que logran, que al lado de ellos, Beckett parezca Tinelli”.

El libro puede ser entendido como una guía donde su autor recomienda y rememora discos, lecturas y películas. Cada uno de ellos asignado a algún momento de su existencia que actualmente mira con nostalgia. Muy lejos de una imposición estamos frente a una invitación provista de boletos que nos incitan fervientemente a las lecturas de Naipaul y Luis Chitarroni. Todo ello integrado a cuestionamientos literarios, como los que hallamos en los cruces epistolares con Diego Zúñiga, donde descomponen el envejecimiento de la narrativa de Cortázar. Para luego deambular hacia otro espacio y relatar una anécdota brillante: cuando su padre le pide que lo acompañe a la cancha de Vélez para ver a San Lorenzo. Casas accede con la condición de que no vayan con ningún distintivo del club por la violencia que de un tiempo a esta parte ha alcanzado tal cotejo; cuando se juntan en la estación de trenes su padre llega vestido completamente del cuervo.

Terminé el texto de Casas y siento que su voz extraña sigue aquí, resonando por paredes y cañerías. Que parte de Boedo se trasladó. Que saldré al patio y allí lo encontraré dispuesto a seguir charlando de voces de la calle y del diccionario. Hablará de la nostalgia como un enemigo al que combate día a día, y al igual que su querido y tan citado Spinetta, también podré decirle que “mañana es mejor”.

 

La voz extraña

Fabián Casas
Ediciones UDP, 2014

Un comentario

  1. Mauricio dice:

    Qué buena reseña compañero, ojalá se raje con un ejemplar del libro de Casas.
    Abrazo

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