Revista Intemperie

Español elemental

Por: Francisco Díaz Klaassen
francisco diaz klaassen

Luego de la publicación del volumen de cuentos “Cuando éramos jóvenes” (Sudaquia, 2013), Díaz Klaassen prepara una novela, cuyo punto de partida parece ser la agobiante vida en un campus universitario. Adelantamos aquí el primer capítulo

 

CAPÍTULO UNO: EL MUNDO HISPANO o apuntes para una literatura del duelo

 

“Home is where I hang my hat”.
Johnny Cash.

“Me gustabas más como un recuerdo lejano”.

 

I

El otoño en Ítaca se deja caer de repente. Un día estás sudando como un cerdo (como un cerdo húmedo, quiero decir) mientras te mojas las patas a la orilla del lago Cayuga y al siguiente eres uno más de la tropa de chinos que no se cansa de sacarle fotos a los colores de las hojas. Yes, it’s something, isn’t it? Sonrisa y click. La luz y la temperatura menguan antes de lo que tu cuerpo prevé. Lo que debería haber sido paulatino y elegante parece impuesto por la arbitrariedad del calendario académico. Ya se sabe que el calor no es bueno para estudiar. Aun así hay quien no quiere darse por enterado. Valientes o rebeldes, calientes o huevones, las niñas insisten en las minifaldas, los supermercados en el aire acondicionado, la universidad en el cine under the stars. Como si cada costumbre quisiera negar la próxima, en una lucha atávica por no desaparecer. Pero ya no quedan luciérnagas, las marmotas se revuelven inquietas bajo los últimos rayos de sol, y los pezones no mienten; tampoco los labios azules y enjutos que los acompañan. El viento frío, para el que quiera salir a correr, promete meterse entre la espalda y la polera y volver cada gota de sudor una aguja, un piquete de hielo. El otro día dos ardillas se peleaban una nuez, todavía verde, en mi jardín. Ya no queda verano por desperdiciar.

 

II

Si los mundillos literarios y académicos tienen algo en común, además de sus mezquinas rencillas e infinitos chismes (siempre entretenidos, nunca interesantes), es cierta aproximación histórica e histérica —ignorantemente histérica— a la literatura. En otras palabras, una insistencia insaciable por verla como nada más que una sucesión de movimientos artísticos.

Esta ignorancia ha permeado en general a los escritores mismos, siempre dispuestos a dejarse corchetear a la moda de turno. En Chile se ve en la pesada reincidencia de las novelas generacionales (ojalá sobre los ochenta, el pan con palta de la literatura nacional, equivalente al café con leche de Tabarovsky), o en la necesidad imperiosa de espejear un presente que se cree asimilado (pero que sólo pareciera serlo a la hora de trasuntar su banalidad o interés superficial). Resulta cuando menos curioso tanto énfasis por escribir sobre el presente cuando no se tiene nada que decir sobre él.

 

III

Esta tarde desempolvé mis botas y me puse el primer chaleco del semestre. Antes de abrir una cerveza me sorprendí queriendo una sidra. La fuerza de esa epifanía, según miraba la botella de vidrio, me golpeó como sospecho que sólo puede golpearte una epifanía cuando estás a punto de cumplir treinta años y acaban de diagnosticarte un caso mild de dementia praecox (según yo un término en desuso, forma elegante o eufemística, según se quiera, de señalar la esquizofrenia).

Sentado en el banquito del porche, con medio abilify en mi sistema, me rendí a corregir pruebas de español.

 

IV

A raíz del premio nacional a Skármeta y la celebración de los cien años de Parra, dos cadáveres con más de treinta años en la tumba, no pude menos que pensar en el duelo.

Freud siempre vinculó los síntomas del duelo con los de la melancolía. Los diferenciaba en que el sujeto melancólico, a diferencia del que ha sufrido la muerte de un ser querido, no puede mejorarse porque no sabe qué es lo que ha perdido, qué es lo que anhela recuperar.

El error de Freud fue no advertir otra diferencia: mientras la melancolía es una generalización, el duelo tiene jerarquías. ¿Cuánto tardas antes de volver a poner un like en Facebook después de la muerte de un tío, un conocido, un hijo? La melancolía —no confundir con la nostalgia, arma de batalla hípster— es la verdadera maldición.

 

V

El otro día le pregunté a uno de mis estudiantes si le gustaba la clase. Me respondió que sí, sobre todo Katie. Katie es la chica de San Diego. Está bastante buena y claramente tiene daddy issues. No falta a ninguna de mis horas de oficina y se le frunce el ceño cuando se da cuenta de que conjugó mal un verbo o cuando le insinúo que estoy decepcionado con sus últimos quizzes. Si no estuviera a punto de cumplir treinta años y si a mi pene no lo estuvieran matando los nuevos remedios, a lo mejor me habría decidido a cambiar su vida. Las cosas siendo las que son, me contento con vivir mis fantasías by proxy, o con jugar a ser dios: desde entonces los obligo a sentarse juntos y hago todas las actividades en parejas. Algo pasará. Y me doy cuenta de que allí reside todo mi poder. No en enseñarles español, no en aconsejarlos en lo que sea. Conseguir que éste (pronombre demostrativo, cercanía) entre en ésa (demostrativo, lejanía).

 

VI

La literatura suele esquivar al amor cuando se trata del duelo. Alguien me dirá Say Her Name, pero ese libro es muy malo y por lo tanto no cuenta; y The Year of Magical Thinking termina enfocado en la hija, como si la misma Didion sospechara que quedarse demasiado rato con John sería a la larga contraproducente.

A lo mejor resulta menos inefable escribir sobre la muerte de los padres porque venimos fantaseando con ella desde siempre (¿y la de los hijos?). Ese ridículo cliché, la metáfora gastada que tanto le gustaba a Donoso, de volverse la raíz del árbol (“Estoy solo ahora, ya no soy más el hijo de nadie”).

Los franceses (Cohen, Barthes) son los más mamones de todos, siempre están escribiendo sobre sus mamás muertas.

Por supuesto, uno podría pensar en la máxima nietzscheana de que sólo escribimos sobre lo que ha muerto en nuestros corazones. Pero también dijo otro tipo que empezar a olvidar no es tanto perder memoria como el deseo. Y el rey Lear insistía en que “nothing comes out of nothing”.

Probablemente sea un asunto de pertenencia. A todo el mundo le cuesta no pertenecer a nada, los asusta el desarraigo, estar solos, sentirse cómodos en la duda. Entonces se vuelven hinchas de un equipo de fútbol, por ejemplo.

 

VII

A la gente no habría que seguirle la pista por más de tres años. Uno tendría que conocerlos y después desaparecer, o asegurarse de que desaparezcan ellos. No existe la persona incapaz de decepcionarte. Mejor volverse uno el agente de la decepción. Ya lo decía Debord: “No transcurre ni un año sin que alguien a quien amamos no haya sucumbido a alguna brillante capitulación; la primera deficiencia moral es la complacencia en todas sus formas”. (Naturalmente, citar a Debord es no saber nunca a quién estás citando.)

Pero quizás, más que por miedo a una decepción inminente, tendría que alejarse uno para evitarse la visión de esa ruina inevitable que es la decadencia, de la que sólo escapan los viejos amantes de Brel.

Un día mi abuela, espantada ya no recuerdo por qué, me dijo que yo era un arbolito chueco.

 

VIII

Los niños a menudo pretenden ser ingenuos para disfrutar una libertad que no se les daría si no lo fueran —Freud dixit—, y a uno le gustaría pensar que ése también es el caso de la literatura chilena, que tiene tan poco que demostrarle al mundo que podría, si quisiera, vivir entre el riesgo y el exceso; pero en cambio se la ve regodeándose en su insignificancia mezquina, alimentada por el aplauso endogámico, siempre amistoso, de la sonrisa maricona de su propio reflejo.

 

IX

Hay quien dice (Félix de Azúa, Ovidio, José Donoso, Constantino Kavafis) que hay un momento preciso en el que la vida se quiebra y toma un rumbo para el que no estábamos pertrechados y del que no hay regreso ni reposo ni consuelo. Lo cual seguramente sea falso, una manera romántica de explicar un presente incómodo (como el concepto de la gota que rebalsó el vaso, por lo general una epifanía que vuelve consciente lo que el subconsciente ya venía sugiriendo hace rato).

Una noche compartí un taxi con mi hermano y una amiga. Nos habíamos emborrachado en algún barrio desconocido para mí y mientras atravesábamos calles cuyo recuerdo no ha prosperado no se me ocurrió nada mejor que empezar a manosear a mi amiga. Cinco minutos después me di cuenta de que la rodilla que estaba amasando era la de mi hermano, que me devolvió una sonrisa burlona que sí ha pervivido y prevalecerá.

 

X

Perder a los padres es perder al hogar. Perder a los hijos es perder las raíces, es decir cualquier conexión con el futuro. El hogar se vuelve el sitio en el que estás, por fin un sitio y no una persona. Pero al mismo tiempo las conexiones con los lugares o las naciones son construidas. No hace falta más que ver a los chilenos de Nueva York, peste donde las haya, más chilenos fuera de su país que adentro. La identidad viene de lo que hacemos más que de dónde estamos. E, idealmente, de las personas: se pertenece a alguien antes que a un lugar. Nos constituyen nuestras afinidades; así se arma la identidad.

Said decía que nadie nunca es una sola cosa. A lo que Donoso agregó: ya no hay familias normales.

El gran secreto, claro, es el siguiente: nunca vuelves al hogar. Ya cambió. Ya no existe. Ya cambiaste. Ya no existes.

 

——

Francisco Díaz Klaassen. Estudió letras inglesas en la Universidad Católica y posteriormente obtuvo un magíster de escritura creativa en la Universidad de Nueva York. Ha publicado los libros Antología del cuento nuevo chileno” (2009), El hombre sin acción (2011, Premio Roberto Bolaño) y el conjunto de relatos, Cuando éramos jóvenes (2013). El año 2011 obtuvo el dudoso honor de ser seleccionado como uno de los “25 secretos literarios a la espera de ser descubiertos”, por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Actualmente cursa un doctorado en literatura en Cornell.

 

Foto: Francisco Díaz Klaassen (detalle), FIL Guadalajara

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