Revista Intemperie

Los excesos de los medios y de la clase política a partir del bombazo

Por: Chico Jarpo
bomba metro santiago

Chico Jarpo critica el manejo mediático del atentado con bomba en el metro, el apuro de nuestra clase dominante por culpar al movimiento estudiantil y su ceguera a la hora de dar vía libre al intrusismo norteamericano

 

1. No hace mucho, la imagen predilecta de los medios informativos nacionales, consistía en la de un sujeto calvo, acuclillado, vestido con un mameluco de un tono naranja chillón, moviendo la boca como un títere atribulado y taciturno. Parado junto a él, la implacable silueta del verdugo se recortaba contra un paisaje desértico, o al borde de una piscina olímpica, o bajo la sombra de la fachada de una inmensa casa de verano. A continuación, el encapuchado comenzaba y concluía un pequeño discurso, una perorata repleta de médanos y embozos, para luego proceder a rociar una cubeta de agua con hielo sobre la mollera rasurada de su compañero de escena… Pero, un momento, ¿Era esa acaso la imagen? Difícil decirlo. Aunque si no lo fuese, poco importa, pues la composición visual de ese cuadro, en que dos personas ejecutan un acto performático frente a una cámara, resulta pertinente. A través de ella Estados Unidos, (y todos los países que conforman su incondicional séquito) logra articular dos mensajes que legitiman el orden capitalista que encabeza. Uno apela a la dimensión caritativa de un modelo económico profundamente injusto. Ahí el lujo contrasta con la necesidad, encubriendo su violenta y vacía compaginación por medio del espectáculo. Lo que se transmite: la infinita bondad de los multimillonarios. Alabado sea el tío Sam (escúchanos Donald Trump, te rogamos). Mientras el otro, traza la frontera a partir de la cual se cierne el precipicio en que los monstruos amenazan y gruñen ininteligibles berrinches. Estas dos figuras, la de la santidad de la injusticia, como emblema de la “rectitud del sistema” y la de los abominables endriagos que circundan acechantes el orden del capital, son determinantes para analizar las formas con que los medios de comunicación chilenos han decidido narrar la detonación de la bomba instalada en el metro hace algunos días.

2. Comencemos por repudiar lo repudiable: los dedos cercenados por esquirlas, el pitido plúmbeo de la explosión retumbando en el oído, el lagrimeo punzante en los ojos, el trago amargo del humo, la angustia trenzada con la tos en la garganta. Dicho esto, ¿cuál es el motivo de que los medios informativos nacionales se adelanten a la investigación y acusen directamente al movimiento estudiantil de estar detrás del atentado? ¿Por qué razón las respuestas se automatizan al momento de señalar a los culpables? Para contestar estas preguntas debiésemos ser capaces de leer algo así como el inconsciente de los medios de comunicación hegemónicos. En esa línea, nos sería de gran ayuda descifrar cuál es el modelo con el cual se identifican éstos, o en otras palabras, de dónde proviene la economía informativa que replican.

3. La cobertura mediática del desplome de las torres gemelas ocurrido el 2001, establece un paradigma que logra normativizar, direccionar y homogenizar de forma rígida los fenómenos registrados por los aparatos informativos dominantes. Este sistema de representación es trasladado acríticamente, (pues su conveniencia reside precisamente en su superficialidad) al ámbito nacional. Y, aunque preexistente en la jerga periodística, surge con inusitado vigor la figura del “terrorista”, amparada por la campaña mediática llevada adelante por del presidente Bush (hedor a azufre). El comodín resulta formidable. La sola presencia del encapuchado en la defensa territorial del pueblo mapuche, en las tomas de los colegios, o en las marchas, es homologada de manera invariable con ese gran otro político manufacturado para los medios estadounidenses a partir del 2001. Es en este burdo juego de equivalencias en donde canal 13 no demora en transmitir su personal apuesta acerca de los responsables del ataque en el metro, condenando al movimiento estudiantil casi sin chistar.

4. En el mismo canal del angelito (también huele a azufre) hace un par de semanas, el bloque internacional presentaba la noticia de la ejecución del segundo rehén norteamericano, junto a la de la “oración del delegado” dedicada a Chávez, que remedaba el “padre nuestro” cristiano. Esta yuxtaposición, más allá de la evidente intencionalidad de hacer colindar el horror del conflicto norteamericano con la dimensión blasfema y ridícula que adquiere el chavismo mirado desde el prisma de la estación católica, nos revela la decidida postura que toman los medios televisivos nacionales no sólo en el plano local, sino en el internacional. Se establece así una significativa analogía entre estos fanatismos religiosos “deformados”. Su propósito: que Estados Unidos legitime su posición frente a los estados islámicos, mientras Chile pueda hacer lo propio frente a Venezuela. De ahí que fuese irresistible para la prensa nacional mencionar que uno de los afectados por la bomba del metro era un ciudadano venezolano que “irónicamente” venía huyendo de la violencia en su país. No es de extrañar, hace un buen tiempo ya que esa diferencia es fundamental para que la clase dominante adquiera identidad.

5. No ha sido distinta la conducta que han adoptado los medios escritos respecto al tema. Desde el titular de la Segunda, un más que despreciable homenaje a las portadas del Mercurio en dictadura, hasta la siniestra columna de Gonzalo Cordero (“El encapuchado dio un paso más”) en la Tercera, acompañada de una esquela encargada por los recalcitrantes amigos que aún le quedan al dictador, que aprovecharon la coyuntura para recordarnos una vez más la vieja y pútrida cantinela de que “en tiempos de mi general esto no pasaba”, la tendencia transversal de los medios masivos ha sido una solapada pero consistente insinuación de que los movimientos sociales o los grupos de izquierda están vinculados con la bomba.

Pero de todas las portadas, por lejos mi favorita es la que publicó la Cuarta esta semana. En ella aparece la principal lesionada en el ataque, junto a este titular: “Ella es Martita, la mujer de Chile, habla la trabajadora que perdió su dedo tras el bombazo: ¡que los pillen!” [El destacado es mío]. De esa forma el autoproclamado “diario popular”, optó por erradicar los potos en pompa, las inspiradas reflexiones de los famosos y famosas, y los trascendentales resultados futbolísticos, para permitirle hablar a una ¡trabajadora chilena! No obstante, jamás ha sacado una primera plana con la discusión en torno al sueldo mínimo, nunca ha aparecido un solo titular acerca de las miserables pensiones que entrega la AFP, nada sobre la vergonzosa y longeva desigualdad entre los salarios de hombres y mujeres, ni siquiera la más sucinta alusión al flagelo del subcontrato en nuestro país, todos temas susceptibles de analizar dentro de la precarización laboral que hacen de Marta una víctima tan icónica para el periódico. Con esta muestra de paternalismo y oportunismo, la Cuarta ha logrado lo que parecía imposible: eliminar de su portada el consuetudinario culo y, sin embargo, exhibir en toda su extensión y crudeza el caraerajismo del que son capaces. Su instinto trapacero es el fiel reflejo de la “santidad de la injusticia” que mencioné por allá arriba.

6. Para terminar, sería necesario advertir un movimiento similar en nuestra perspicaz clase política. Porque, al parecer, a 41 años del golpe, nadie ha sido capaz de advertir las nefastas consecuencias del intrusismo norteamericano. Es por eso que no hay nada mejor que dejar que el FBI “asesore” al ministerio del interior. Otro tonto (perdón, “tanto”) son las declaraciones que ha dado Gonzalo Yuseff. El ex director de la agencia nacional de inteligencia del presidente Piñera, que por estos días es el chiche de los periodistas afiebrados con la posibilidad de convertirse en comensales de guerra, señaló a la Segunda hace unos días: “La psicología de estas personas es muy similar a la de un yihadista, cree que está luchando por Dios. Aquí lo que cree el anarquista es que está salvando a la sociedad de la opresión”… pocas veces en nuestra historia reciente el sentido común de la clase dominante ha sido tan irresponsable y obcecado.

 

Foto: latercera.com

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