Revista Intemperie

Huasipungo, el clásico de Jorge Icaza

Por: Jorge Eduardo Sánchez de Nordenflycht
huasipungo

Una obra maestra del indigenismo, clásico que relata la degradación moral y el doble estándar de la Iglesia y los oligarcas, aún vigente. Opina desde Ecuador, Jorge Eduardo Sánchez

 

Hay quienes dicen que el escenario y los personajes de Huasipungo ya no existen; que se tiene que dar vuelta la página para permitir el salto definitivo de la literatura ecuatoriana; que ya no vale la pena seguir leyendo lo mismo, porque, es cierto, hay una feliz nueva camada que está apostando por géneros como el suspenso o el relato negro, o incluso por el futurismo y la ciencia ficción. Pese a ello, la novela de Jorge Icaza, publicada por primera vez en 1934 (hace 80 años), no se ha ganado el epígrafe de clásico por su olor a naftalina, sino gracias a las sucesivas generaciones que han abierto sus tapas.

Y es que no solamente es una obra maestra del indigenismo, el movimiento artístico y contracultural que resurgió en Latinoamérica durante la primera mitad del siglo XX, sino también, y sobre todo, un espejo de nuestra estructura social, aún vigente, aunque con otros discursos e instituciones.

Según el vocabulario que Losada S.A. incluyó en su edición de 1960, huasipungo es una “parcela de tierra que otorga el dueño de una hacienda a la familia india como parte de su trabajo diario”. El libro debe su nombre a esta forma de organización, la misma que detona los principales conflictos de la historia. En ella, Alfonso Pereira es un hacendado que explota y maltrata a sus huasipungueros en el afán de construir un camino para un proyecto de extracción petrolera. Endeudado y urgido por unos plazos que corren tan rápido como los 190 folios del texto, termina por privar del descanso y jugar con la muerte de los runas hombres, mientras, en las chacras, ultraja a las mujeres y las desaloja de sus terrenos para levantar las casas de los inversores que “traerán el porvenir”.

La degradación moral y el doble estándar de los poderosos, tan bien descritos por el escritor quiteño, es otro de los elementos que hacen de Huasipungo un retrato más que digno de la sociedad patriarcal. Este hecho se ve reforzado por el rol que cumple el cura de Cuchitambo, quien participa de las andanzas sexuales del patrón y cobra onerosas recompensas por realizar sepulturas o misas. Por la otra cara de la moneda, el indio Andrés Chiliquinga y su esposa, Cunshi, encarnan la injusticia, el escarnio y el sufrimiento de ese realismo que desmitifica lo brutal. Con razón, la novela fue repudiada por la Iglesia y los oligarcas de la época.

Lo que ha permanecido intacto con el paso del tiempo es el lenguaje de sus protagonistas: de un bando, expresiones despectivas y discriminatorias contra los herederos de nuestros pueblos ancestrales; y, en cambio, delicadas palabras quichuas, diminutivos y endiosamientos para referirse a los bonitus patroncitus y amitus (para que el taita Diositu no se enoje). Lo que tampoco ha expirado es la posibilidad de que la indiada vuelva a rebelarse gritando, a viva voz, “¡ñucanchic huasipungo!”.

 

Artículo publicado en revista Rocinante (Ecuador) No. 69, julio-2014.

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