Revista Intemperie

Las nuevas mil páginas de Donna Tartt

Por: Nicolás Poblete
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Artículo publicado originalmente el 02/09/2014

 

Donna Tartt ha dicho en varias entrevistas que su objetivo al escribir es que el lector experimente el mismo placer que ella experimenta con la escritura. Si el lector se aburre y no quiere pasar a la página siguiente, algo malo está pasando. El propósito es que la lectura sea fluida, rápida y, especialmente, entretenida. Si esto no ocurre, queda una sensación de fracaso. Tartt también ha dicho que simplemente no puede escribir más rápido, que lo ha intentado, pero que no lo disfruta (sus dos novelas previas, reeditadas por Lumen recientemente, han aparecido con diez años de diferencia. El jilguero también le tomó diez años de escritura y la edición española tiene más de 1000 páginas).

La monumental novela toma a Theo Decker como protagonista, un chico de 13 años que pierde a su madre en un atentado terrorista mientras ambos visitan una exposición en el museo. La madre es un ser encantador, excepcional en su bondad y delicadeza. Por eso, cuando aparece su ausente padre para reclamarlo, es evidente que su caracterización será extrema en su contraste: un estafador, abusivo y mafioso que incluso intenta usurpar el dinero que su madre había destinado para Theo. De este modo comienza el periplo de Theo que tiene mucho de novela picaresca (un Lazarillo de Tormes con celular), de Bildungsroman, de homenaje a Charles Dickens, una influencia evidente en la novela y que Tartt ha reconocido como tal. E incluso de Harry Potter (Potter es como el gran amigo de Theo. Boris, lo llama).

¿De qué se trata? ¡No me cuentes el final! Ese tipo de preguntas puede provocar El jilguero, una novela conducida de manera vertiginosa por su historia, escrita por el mismo Theo y narrada de manera directa, con ciertas audacias descriptivas que a veces llegan a alcanzar niveles líricos, pero sin alejarse jamás de su objetivo, principalmente convencional: qué ha ocurrido con el cuadro birlado del museo, y qué va a pasar con Theo, quien es presentado en las primeras páginas a modo de anticipación. Lo vemos en Amsterdam, encerrado en una habitación de un hotel, y a partir de ahí la narración vuelve al pasado para narrar, de manera cronológica, el paso del tiempo. En realidad ni siquiera se podría llamar “experimental” el comienzo de la novela, pues el recurso de la anticipación es más viejo que el hilo negro, y en realidad tampoco es el objetivo del texto jugar temporalmente con la “historia”. De hecho, es posible que no pase mucho tiempo antes de que veamos esta novela transformada en miniserie (quizá no en película por la magnitud de sus proporciones).

El jilguero es una novela que se presta sin ningún problema para una adaptación a la pantalla: su comienzo en Nueva York con sus calles emblemáticas, el departamento en el que Theo es acogido por una familia rica en un piso de Park Avenue; el trayecto con su padre hacia Las Vegas y la consecuente descripción del desierto, de la ciudad de las luces con sus casinos y aridez; el desenlace en Amsterdam, ciudad de hermosos canales y de una historia pictórica poderosa, estas locaciones hacen de la novela un viaje no solo narrativo, sino turístico. Asimismo, el relato de este huérfano (¿cómo no solidarizar con un niño huérfano?) y todo su aprendizaje vital, sus aventuras y travesías; sus días compartidos con su amigo ruso, Boris, quien actúa como mentor y lo introduce al alcohol y a las drogas, también hacen de la novela un potencial blanco fílmico.

Especialmente digeribles son las caracterizaciones que, a veces, caen en un estereotipo: El ruso bebe Vodka y ha leído todo Dostoievsky, el taxista en Nueva York es invariablemente pakistaní, el padre se endeuda en los casinos de Las Vegas de modo ludópata, y así sucesivamente. Y, sin embargo, El jilguero es mucho más que esto, quizá porque la novela tiene conciencia de pertenecer a una tradición, con la cual dialoga. Acá hay un sólido trabajo histórico en torno a la pintura, y también a la literatura: Desde Walden hasta Dostoievsky, y evidentemente (especialmente en la creación y descripción de personajes) Dickens.

La energía literaria de esta novela ganadora del premio Pulitzer este año es la precisa: la precisa para transformarla en un bestseller masivo: no queda corta al momento de requerir descripciones que resaltan a sus personajes o a los diversos parajes por los que transita la narración. Pero tampoco se arriesga a sobrecargar al lector con una generosidad literaria que quizá la haría más elitista, más estética—características que podrían transformar el texto en un artefacto de un orden hiperliterario, y así correr el riesgo que la autora precisamente quiere evitar: el aburrimiento.

Creo que las claves de la novela, tan amalgamada a la pintura de la que surge, se encuentran en algunas citas respecto a ella: “solo ocasionalmente notaba la cadena en el tobillo del jilguero, o pensaba qué cruel vida la de la pequeña criatura, aleteando brevemente, forzada a aterrizar en el mismo desesperanzador lugar”. Aquí podemos ver que el pequeño pájaro es una alegoría que animaliza a Theo gracias a los trazos de Carel Fabritius, el autor de la pintura (1654). Fabritius se transforma en un ídolo que traspasa los tiempos y amerita muchas discusiones en torno a la pintura. El oscuro pintor que murió joven, estaría haciendo una gran sátira de la naturaleza muerta. El cuadro no es sólo un trompe l’oeil, es una parodia que lo hace “un genio no tanto de su época como la de la nuestra… Contiene un chiste en su corazón. Y eso es lo que todos los grandes maestros hacen. Rembrandt, Velázquez. El Tiziano tardío. Hacen chistes. Se entretienen a sí mismos…”.

Lo que provoca un poco de escozor son las páginas finales de El jilguero, donde surge una necesidad explicativa que une escritura a terapia: “el cuaderno que mi profe de inglés me dio tantos años atrás fue el primero de una serie, y el comienzo de un errático aunque extenso hábito desde los trece años en adelante, comenzando con una serie de cartas formales, aunque curiosamente íntimas, a mi madre…”. Lo fastidioso, creo, es precisamente esa necesidad de interpretación que no se le permite al lector, sino que es expresada para que no haya ninguna duda, ninguna lectura divergente. Entonces, claro, la historia es entretenida y por supuesto pasamos las más de mil páginas de la novela para saber qué ocurre con su protagonista, con el cuadro, con su amigo Boris. El suspense y el ritmo no caen prácticamente nunca. En eso no hay aburrimiento posible, sin embargo, creo que lo verdaderamente latero son los párrafos en tono pontífice que explican, de modo muy llano: “Porque: si nuestros secretos nos definen, contrario a la cara que mostramos al mundo: entonces el cuadro era el secreto que me elevó por sobre la superficie de la vida y me permitió saber quién soy”. O, más adelante: “Las únicas verdades que me importan son las que no entiendo y no puedo entender”. Los últimos párrafos de la novela la hacen caer un poco más bajo, proyectando un tono lamentablemente meloso, y también, un deseo de perpetuidad: “No podemos elegir lo que queremos y no queremos, y esa es la dura y solitaria verdad”. O: “El cuadro me ha enseñado que podemos hablar unos con otros, a través del tiempo… Que la vida… es corta”.

 

El jilguero

Donna Tartt
Lumen, 2014

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