Revista Intemperie

Apostillas a la escritura de “Historia del teatro en Chile. 1941-1990″ (III): despejar mitos de nuestro pasado escénico

Por: Juan Andrés Piña
marat sade

Juan Andrés Piña concluye su serie de apostillas en torno a la escritura de “Historia del teatro en Chile. 1941-1990″ con un llamado de atención acerca de como los estudios e investigaciones en asuntos teatrales han dado por sentado verdades aceptadas, que no se corresponden con la realidad

 

Hace algunos años, un investigador norteamericano de la literatura registró su desazón en un artículo de carácter casi confesional. Decía ahí que después de leer, reordenar e interpretar cierto canon narrativo de acuerdo a una consolidada metodología, había llegado a conclusiones lamentablemente similares a las de sus predecesores. Ingenuamente pensaba que al iniciar su trabajo entraba en una selva casi inexplorada, una especie de floresta virgen que arrojaría descubrimientos que asombrarían a la comunidad preocupada de aquellos temas.

Lo más probable es que ese acongojado profesor, sin saberlo, se hizo cargo de un terreno demasiado visitado: obras y autores que la tradición tiende a escrutar hasta la saciedad, quizá como una forma de pisar sobre algo seguro y no arriesgarse hacia regiones frágiles o pantanosas. Pues bien, la ventaja que ofrece aventurarse en la reconstitución de la historia del teatro en Chile (dramaturgia textual y escénica) es la cantidad de vacíos, zonas desconocidas y épocas poco estudiadas que el tema ofrece. Es probable que aquí ese profesor norteamericano no sintiera tanta zozobra por saberse repitiendo hasta la saciedad aquello que otros habían dicho antes y, al revés, experimentara el vértigo de lo nuevo.

Sin embargo, esto de lo nuevo no siempre está ligado a revelaciones deslumbrantes, sino a cuestiones más simples, aunque igualmente esenciales: por ejemplo, el descubrimiento de que validadas por la historia cultural chilena y consolidadas por la literatura especializada en asuntos teatrales eran profundamente equívocas, por no decir falsas. A lo largo de mi trabajo me topé con que muchas de estas verdades aceptadas no se correspondían exactamente con la realidad y en algunos casos se trataba de asuntos no menores.

Por ejemplo, unánimemente los estudios e investigaciones dan por sentado –sin una brizna de duda– que quienes asumieron la modernidad teatral a Chile, es decir, los fundadores de los teatros universitarios de comienzos de los años cuarenta, poseían una sólida formación teórica en el plano de las nuevas modalidades escénicas que ya se habían impuesto en Europa y Estados Unidos hacía unas tres décadas. Sin embargo, Pedro de la Barra, Fernando Debesa, Pedro Mortheiru, Gabriela Roepke y Domingo Piga, entre otros, no conocían las formulaciones doctrinarias que habían marcado la innovación. En realidad, ni siquiera habían escuchado hablar de ellas y los testimonios en este sentido son abrumadores.

Basta solo una muestra, el recuerdo de Debesa: “Mucha gente nos ha preguntado si habíamos leído los libros teóricos de Gordon Craig, de Adolphe Appia, de Constantin Stanislavski. No los habíamos leído. Esos libros los vinimos a leer diez años después de fundado el Teatro de Ensayo. Teníamos una formación sólida en teatro chileno, en música, en poesía y en plástica. Nosotros no seguimos las teorías de nadie. Menospreciamos la cultura libresca. Nos afirmábamos en la formación recibida en la facultad de Arquitectura y en la galería del teatro Municipal”.

Por otro parte, ¿cómo haberlos conocido si los libros que contenían los textos clave para acercarse a los nuevos métodos de montaje no estaban en nuestro país y, en la mayoría de los casos, no habían sido traducidos. Hay que recordar que el volumen Creadores del teatro moderno, de la directora ruso-argentina Galina Tolmacheva, que tanta importancia tuvo en los teatristas latinoamericanos y españoles, fue publicado en Buenos Aires solo en 1946. Comprobado esto, para la instauración de nuestra modernidad dramática se vuelve mucho más relevante, entonces, la influencia deslumbradora que marcaron las visitas extranjeras que desde finales de los años treinta realizaron aquí, sobre todo Margarita Xirgu y Louis Jouvet, así como la fuerte intuición de lo teatral que poseían los jóvenes universitarios. Al revés de disminuir su valor, el haber llevado a cabo una transformación de esa naturaleza en este campo del arte, careciendo de un marco teórico ajeno, engrandece aún más su cometido y abre inesperadas vetas de investigación respecto de nuestro pasado escénico.

 

Foto: Marat-Sade, de Peter Weiss, Ituch, 1966. Fotografía de René Combeau, archivo El Mercurio.

 

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