Revista Intemperie

La lucha del Huemul

Por: Felipe Valdivia
teatro huemul

Felipe Valdivia opina sobre el eventual cierre de uno de los teatros legendarios de Santiago 

 

En un tiempo más, el Teatro Huemul cumplirá 100 años, aunque en la víspera estamos lejos de celebrar. Hace unas semanas, uno de sus gestores anunció el cierre temporal de sus puertas por la falta de financiamiento.

La disyuntiva se produce –como ocurre con varios otros casos de patrimonio– dada la gran cantidad de actores involucrados en la gestión del histórico edificio. Haciendo historia, hasta 1938 perteneció a la Caja de Crédito Hipotecario, luego pasó a manos del Arzobispado de Santiago y posteriormente fue traspasado en comodato a la Corporación para el Desarrollo de Santiago. Después, en 2007, el actor Luis Marchant, arrendó el espacio a sus verdaderos dueños: la parroquia Santa Lucrecia. Esto con el objetivo de contar con un lugar para poder ensayar.

Cuando Marchant lo recibió, se dio cuenta de la precaria situación del denominado “Municipal chico”, pues había estado más de 20 años en situación de abandono tal que sus únicos habitantes eran los vagabundos que se metían en las noches para resguardarse del frío. Estos émulos distantes de los beckettianos Estragón y Vladimir guardaban quizás un aura teatral, pero Marchant quería levantar el teatro. En 2010 se asoció con Matías Acuña, ganaron un Fondart para infraestructura y equipamiento, lograron restaurar parte de las instalaciones, contrataron a la actual directora regional del Consejo de la Cultura, Carolina Arriagada, y dieron inicio a un hermoso proyecto comunitario, que consistía en una biblioteca gratuita para los vecinos, además de impartir talleres de teatro, yoga, biodanza y pintura, también gratuitos.

El Teatro Huemul, indirectamente, experimentaba una época tan activa como en sus primeros años en el barrio Franklin. Pero como en muchos casos, la falta de financiamiento permanente para apoyar el proyecto artístico-cultural, lo echó todo a perder. Ni la Municipalidad de Santiago, ni el Estado se preocuparon del asunto, por lo que fueron los propios gestores los que tuvieron que abordar el problema. Lamentablemente para el futuro del edificio patrimonial, se sumó el quiebre entre ambos socios.

Aunque más allá de todos los pormenores que conforman esta trama agonizante, lo que realmente preocupa es la falta de compromiso de las autoridades, dejando en evidencia –una vez más– la crisis que se sigue incrementando en torno al tema patrimonial. En este sentido, pareciera que los representantes encargados del área aún no le han dado el valor real al rescate que este grupo está realizando en torno al Teatro Huemul. Con el objetivo de estimular una mayor preocupación estatal, uno de los gestores del teatro creó la campaña Resistencia Huemul, cuya primera acción mediática se producirá el próximo 8 de agosto, cuando el espacio cierre sus puertas en forma de protesta.

Si este tipo de acciones simbólicas transforma el tema en un asunto mediático (todos quienes estamos a favor de potenciar el desarrollo patrimonial deberíamos apoyar), se ejercerá una presión importante para que Estado, y también el mundo empresarial y privado, tomen conciencia de los rezagos en materia patrimonial, y apoyen con recursos. Porque así como el Teatro Huemul, existen otros edificios patrimoniales que se encuentran bajo la misma disyuntiva. En este sentido, parece no bastar con que el Estado califique a un edificio como “patrimonio”, sino que también se hace necesario que se comprometa la entrega de financiamiento permanente, trabajando en conjunto con los dueños que ejecutan su resguardo y buscando distintas fórmulas de ingresos.

El Teatro Huemul, que sirvió de escenario para la franja del “No”, está ubicado en un sector declarado Zona de Conservación Histórica, en un barrio que incluye una casa que habitó Gabriela Mistral y el inmueble de una Caja de Ahorros, cuyo valor patrimonial no ha sido considerado ni evaluado, por lo que se encuentra en constante peligro de ser destruido por las inmobiliarias. El tradicional barrio Franklin fue configurado por el arquitecto Ricardo Larraín en 1910, quien centró su preocupación en los obreros y las débiles casas de adobe que existían por ese entonces, elaborando una “población modelo”, con escuelas, una parroquia, una gran biblioteca, casas de cemento y, por cierto, el Teatro Huemul.

 

Foto: Teatro Huemul

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