Revista Intemperie

Crónica destacada Concurso Crónica de Viajes: Estación Abaroa, los hijos de la frontera

Por: Mauricio Rodríguez Medrano
fcab - david gubler

Destacada por el jurado del Concurso de Crónica de Viajes organizado por Revista Intemperie, se presenta aquí  la historia ampliada de Mauricio Rodríguez.

 

Los hijos de la frontera

Gregorio Colque oye a lo lejos una cumbia que trata de pueblos olvidados en el altiplano, y busca el mar. Tiene diez años, el rostro paspado. «Escapo de la escuela día por medio», dice. «Papá Gualberto me golpea día por medio». Avanza entre unos escombros. «También me golpea los feriados». Se detiene tras unos rieles corroídos por el tiempo. «Los martes llega el tren de pasajeros», dice. «Los miércoles sólo hay ventarrón». Con el dedo índice señala un punto de la línea del horizonte. «Allí está», dice, «allí está el mar».

Hito 67

Estación Abaroa es una poblado de diez viviendas de ladrillo con techos de zinc construidas alrededor de una pequeña plaza de tierra. Las calles no tienen nombre y todas terminan en el altiplano. A unos pocos pasos de la última vivienda está el cruce de dos caminos angostos que inician al noreste en Uyuni. A unos dos kilómetros al oeste está la línea imaginaria de la frontera con Chile.

Estación Abaroa está a 1.083 kilómetros de la ciudad de La Paz.

Frente al camino a la estación de Ollagüe es visible un conjunto de casas viejas paralelas a cuatro líneas férreas. La oficina de aduanas no tiene ventanas ni puerta y a un costado hay una balanza destartalada que se utilizaba en el control de peso del contenido de los vagones. Apoyado en la pared, un aduanero delgado y cojo, de rostro atezado, oye las noticias en una pequeña radio. «Nuestra patria terminaba en el mar, ahora termina en la nada», dice. «Soy cuidador del fin del mundo». La oficina de aduanas colinda con la estación ferroviaria. En su interior hay un escritorio de madera sin cajones, también varios mapas de Bolivia en blanco y negro, colgados en las paredes.

Estación Abaroa está a 735 kilómetros de la ciudad de Oruro.

Cerca de la estación ferroviaria está la escuela que fue construida el 2008. Es una vivienda pequeña donde pasan clases siete niños. Las paredes son de estuco pintado de amarillo. En la pared delantera está escrito con pintura negra: «Vota por Evo». En la pared trasera está escrito con pintura rosada: «Goni regresará». Delante de la escuela hay una cancha de cemento.

Estación Abaroa está a 422 kilómetros de la ciudad de Potosí.

Otras viviendas u oficinas:

Vivienda del motor desmantelado.

Oficina de correos. No tiene techo ni ventanas. No funciona desde hace 15 años.

Vivienda de la parada de camiones donde vive la cocinera, Augusta Quispe viuda de Mamani. A veces ella ofrece alojamiento a los turistas de paso que esperan el tren de pasajeros. La mayor de las veces los turistas prefieren caminar o ir en bicicleta hasta Ollagüe.

Vivienda del corregidor, Juan Wilson Morales Fernández.

Vivienda del profesor, Elías Mamani Eguino.

Letrero verde de metal: Estación Abaroa, 3.701 m.s.n.m.

El cementerio de trenes está al ingreso de la población. Cinco locomotoras 955 a diesel con vagones deteriorados por el sol y los ventarrones. Rieles oxidados, cajas de madera de encomiendas que jamás fueron entregadas, papeles de archivo. Durante la tarde, los niños juegan al oculta entre la chatarra o escupen desde los techos de los vagones.

Estación Abaroa está rodeada de tierra seca, salada, algún matorral calcinado por el sol. «Alguien debe cuidar el fin del mundo», dice el aduanero. «Aquí aún soy boliviano». Cambia de dial y se oye una morenada que trata de la pérdida del mar.

Los operadores de la soledad

Demetrio Nina de Dios, 88 años, ex operador de rieles.

«Aquí se pierde la vergüenza pero no el miedo, también hay soledad. Pero te hablaré del miedo. Mi padre era carbonero. Nació en Huari. Llegó aquí con los ferrocarriles cuando aún había ferrocarriles a carbón. Trabajó 25 años en esta estación. Metía carbón, sacaba carbón. Su rostro tenía manchas negras. Los ferrocarriles botaban un vapor oscuro que se perdía en el cielo. Fueron días que no volverán. El pasado siempre fue mejor. Mi padre trabajó hasta que el miedo llegó. El Decreto Supremo 21060 se puso en vigencia. Fue en 1985. Se anularon los derechos laborales. Lo despidieron. Lo relocalizaron. Mi padre se suicidó en la vivienda donde vivo.»

Vicente Eguino Salas, 78 años, ex guardagujas.     

«Te diré lo que quieras si me compras una cerveza. Hasta te puedo hablar en inglés. Beer. I need a Beer Paceña. Quiero una beer Paceña. Nada de beer chilenas. Las beer chilenas saben a kerosene. También compras unos vasos desechables. Si compras una caja de cerveza hasta podría recuperar el mar. Pero sólo quiero una cerveza. Hoy no tengo ganas de recuperar el mar. Hoy estoy triste. Mañana también estaré triste. Pasado mañana prometo sonreír. Aunque el tiempo no importa en este lugar».

Mario Acarapi Gómez, 75 años, ex ferroviario.

«Todos perdieron la esperanza pero yo aún la mantengo. Mi nieta se llama Esperanza, mi hija debió llamarse Esperanza. Tuve un hijo al que no pusimos nombre porque murió a los dos días de nacido. Mi esposa se llamaba Julia, que en paz descanse. No hablaré de ella, no viene al caso. Hablaré de la esperanza que aún mantengo. Hablaré del pasado que se mantiene en estas fotografías. Hablaré de mis días y mis noches en esta estación. Mejor no. Hablaré, si me lo permites, del mar que aún nos pertenece. La historia del mar es mi historia».

Demetrio Nina de Dios, 88 años, ex operador de rieles.

«Mi padre esperaba el ferrocarril, cubriéndose del sol, debajo del techo de la oficina central. Preparaba el carbón acomodándolo en montones pequeños. Día por medio pasaban hasta cuatro ferrocarriles de pasajeros. En la actualidad ningún ferrocarril se detiene. Otros ferrocarriles llegaban de la mina de San Cristóbal. Los vagones estaban cargados de esfalerita, galena y argentita. En San Cristóbal las zonas mineralizadas son Jayula, Tesorera y Ánimas. Mi padre también trabajó de minero. Cuando se decretó el 21060 ya vivíamos más de 25 años aquí. Fue una tarde, lo recuerdo, a la hora de la merienda. Mi padre no llegó. Mi madre me mandó a buscarlo. Lo encontré bebiendo en la cantina que ahora no existe. Me miró aterrado. Nos han jodido, me dijo. Yo apenas era un muchacho cuando oí eso. No sabía qué era estar jodido. Ahora lo sé».

Vicente Eguino Salas, 78 años, ex guardagujas.

«Nunca chupo solo. Te sirves o no te diré nada. Todo lo que diga puedes usarlo en mi contra. Siempre quise decir eso. Lo vi de niño en alguna película. También vi toneles con cerveza. Así debe ser el paraíso. El altiplano es el infierno. El altiplano se soporta con morenada y cerveza. Los chilenos envidian nuestra cerveza. Los alemanes disfrutan nuestra cerveza. Cuando pasa un turista alemán le pido que compre una Paceña. No saben pronunciar pero saben chupar. Bier le llaman. Bier. Bier Paceña. Yo chupo en castellano. Nunca chupé en otro idioma. ¿Cómo se dice chupar en inglés? No importa. Mi tristeza también es en castellano. Mi tristeza es por una mujer».

Mario Acarapi Gómez, 75 años, ex ferroviario.

«La Empresa Nacional de Ferrocarriles del Estado fue capitalizada entre 1995 y 1996. La empresa Cruz Blanca de Chile se adjudicó todos los rieles de Bolivia. Todos fuimos despedidos. Cada día llegaba un memorando de despido. Varios de mis compañeros fueron a La Paz a reclamar. Llevaron dinamitas. Jamás regresaron. Uno de ellos me dijo que Cruz Blanca desmantelaría los rieles. Nada pasó. Yo accedí a la jubilación. Hice todos mis trámites en Potosí. Decidí volver. Aquí está mi tierra, mi casa, mis muertos. Aquí enterré a mi esposa. Pero nadie pudo enterrar mi esperanza».

Demetrio Nina de Dios, 88 años, ex operador de rieles.

«Mi padre enfermó luego de la relocalización. Fue cuando los trenes dejaron de llegar por un tiempo. Hubo problemas en las minas. Varios heridos, varios muertos. Nadie recuerda eso. Mi madre tuvo que ir a Oruro a buscar trabajo. Trabajó de ama de casa. Trabajó de lavandera. Trabajó de vendedora de dulces. Un tiempo después no supe más de ella. No puedo juzgarla. Yo también hubiese escapado pero me quedé junto a mi padre. Sus amigos nos ayudaron. Durante mucho tiempo vivimos de la caridad. Luego busqué trabajo de peón en una hacienda de Auncanquilcha. Todos los días debía caminar como veinte kilómetros de ida y vuelta. Una noche, al regresar, encontré a mi padre colgado con su cinturón a una viga del techo».

Vicente Eguino Salas, 78 años, ex guardagujas.

«Mi mujer se llamaba Jacinta. Yo la llamaba Claudina. Se enojaba pero era mi mujer. La conocí cuando yo trabajaba en la mina de San José, en Oruro. Vine por ella a trabajar a esta frontera. Escapamos. Las desgracias de mi vida fueron por chupar. Pero a mí nadie me obliga dejar de chupar. Ella escapó de su esposo que la golpeaba. Yo escapé de mi esposa, de mis dos hijos, también de muchas deudas que contraje por chupar. Jacinta escapó cuando empecé a golpearla. Se fue a Ollagüe. Ahora vive en Calama. Yo pienso morir aquí».

Mario Acarapi Gómez, 75 años, ex ferroviario.

«Esta frontera es la más cercana al mar. Todo lo que perdimos está allá adelante. Calama, Mejillones, Tocopilla, Taltal. Ollagüe, Quebrada Amarga. Pero aún nos pertenece. Por eso sigo aquí. Estación Abaroa es una población casi muerta. Cada día miro pasar algún paisano al lado chileno. Cargan su vida en carretas. Estamos poblando Chile. Estamos regresando al mar. Mi hija vive en Tocopilla. Mi nieta, así lo espero, se baña todos los días en las aguas del Pacífico».

Demetrio Nina de Dios, 88 años, ex operador de rieles.

«Enterramos a mi padre donde ahora es el cementerio de trenes. Hubo pésames. Varios cachorros de dinamita reventaron en contra del gobierno. Maldito decreto supremo. Quise llorar pero no pude hacerlo. Dos días después los ferroviarios hicieron una reunión. Determinaron hacer los trámites de jubilación para mi padre. Cambiaron mi nombre, mi certificado de nacimiento, mi cédula de identidad. Desde entonces cobro el dinero de jubilación de mi padre. No me llamo Demetrio Nina de Dios. Se hizo justicia. Soy uno de los sobrevivientes del 21060».

Tierra de nadie

26 de mayo del 2013, hito 67.

Feria internacional Estación Abaroa-Ollagüe.

10.00

Menos cuatro grados centígrados.

Viento a 30 kilómetros por hora.

Ingresa Lorena Muñoz, gobernadora chilena, delante de una comitiva de Ollagüe.

Franja de puestos instalados en el suelo: frazadas rectangulares, nilones azules. Cielo despejado, polvo y piedras. El sol quema el cuello, las espaldas de las vendedoras de la frontera. Varios camiones, taxis de Ollagüe con carga en las parrillas están estacionados alrededor.

Cumbia chicha de fondo. Amerikan Sound: Haciendo el amor, haciendo el amor, toda la noche.

—No llegaron los de San Pedro de Quémez.

—Está haciendo frío, mamita.

—En la década del 30 trabajaron muchos bolivianos en la azufrera de Ollagüe. Pero cerró.

—Cómprame esta frazada.

—La frontera la colocan los hombres.

—Refrigerador Haier, radio Akita, linternas Hans.

—Los chilenos acogen muy bien nuestra cultura.

—Me duelen los pies, mamita.

—Somos hermanos.

Parlantes a todo volumen conectados a una camioneta. Amerikan Sound: Estoy loco, loco por ti.

—La feria inició el 2004. Éramos diez personas. Ahora somos doscientos.

—No siento mis pies, mamita.

—¿En pesos chilenos o en bolivianos?

—En el centro de la feria hay un montículo de piedras para la ch’alla.

—Ya llegaron los de Colcha-K.

—En 1990 se paró la azufrera. La gente tuvo que migrar. Los bolivianos a sus tierras, los chilenos a Calama.

Parlantes a todo volumen conectados a una camioneta. Amerikan Sound: Déjame verte mi amor, porque estoy loco, loco por ti.

—¿Cuánto es 100 bolivianos en pesos chilenos?

—Chairo paceño, Sajta, Chicharrón.

—Desde la primera vez izamos la whipala.

—Me duelen las manos, mamita.

—Los buses de los turistas llegaron.

—Bernardo Flores y Humberto Flores son los organizadores de la feria.

Parlantes a todo volumen conectados a una camioneta. Gran eclipse musical: Sólo te pido un momento, un minuto y nada más. Tal vez todo sea cierto.

—La feria se realiza cada último domingo de cada mes.

—Quiero irme, mamita.

—Deja de quejarte, mierda.

—También llegan de Chiguana, Pelcoya, Pajancha, Dieguillo, San Juan.

—Los bolivianos y los chilenos somos iguales.

  Parlantes a todo volumen conectados a una camioneta. G de la noche: Dime, dime, dime cómo te olvido. Dime, dime, dime cómo te olvido.

—Después del desierto está el mar.

—Guantes para el frío.

—Los alemanes sacan fotografías.

—El ritual empieza con un baile andino.

—La gobernadora está hablando.

—Gorras.

—Las guerras no quitan el derecho.

Los hijos de la frontera

«No seas cojudo», dice Marco Aurelio Condori acercándose con lentitud. «El mar está del otro lado». Delante de ellos, a lo lejos, se distingue el volcán Ollagüe con su eterna humareda de cenizas. «Estoy seguro de que el mar está allá», dice Gregorio Colque. Escala hacia el techo de un vagón en desuso. Marco Aurelio Condori se recuesta en un promontorio de tierra. Mira el cielo. Es manco y tiene ocho años. Nació sin la mano derecha. «Eres un cojudo», dice. «El mar está allá». Gregorio Colque no presta atención. Escupe, se frota los ojos, mira un camión que se acerca por el norte. «Es El Diablo», dice mientras desciende por el otro extremo del vagón. «Vamos a recibirlo».

Bajo la sombra de los cóndores

El Diablo es un hombre descomunal. Sus espaldas cuadradas apenas caben por la puerta del camión. Tiene un tatuaje con letras góticas en el brazo derecho. Dice: «Esto es mierda». Tiene un diente de oro que es visible cuando suelta carcajadas estrepitosas. Tiene la piel curtida por el sol y el viento, el pelo corto cubierto con una gorra, hoyuelos de viruela por todo el rostro y la mirada triste. Tiene una polera sin mangas con la imagen del álbum Master of Puppets de la banda Metallica, botas de cuero con espuelas y las puntas desgastadas.

«¿Maymanta jamunki, may tukuyta purimunki? Mierda. Nuestros muertos están enterrados en el altiplano, nuestros muertos cuidan la frontera. En las noches puedes oír el disparo de los fusiles de la Guerra del Pacífico, los caballos sin jinetes que desaparecen en el ventarrón. Te lo juro por el Tata Bombori. Yactay puyus katatachkan. ¡Ama katataychu, llaki, kunturpa sombranmi hamuykuchkan! Miré los caballos desde mi camión, también una tropa de soldados colorados perdidos a las orillas de la laguna Verde. Sus pies sangraban. Hijos de puta sin rostro. Ellos protegen estas tierras. Es un tropel que desaparece al amanecer. Cuando miro a los soldados rezo al Tata Bombori. Manchakunin, taytay.

»Soy contrabandista. Soy dueño de estas carreteras olvidadas. Intiqa kañanmi, uywuakunata, kausayta. Respiro polvo, transpiro mierda. En algunos pueblos me dicen bienaventurado. Tengo muchos nombres. Moisés. Josué. Judas. Barrabás. Ananías. Nabuconodosor. Los que no me conocen me preguntan: Aukikunapa sutinpichu icha Jesus yawarninpa kamachisganchu. Manchakunin, taytallay. Les respondo que vengo en el nombre del diablo. La puta que los parió. Todos los hombres que habitan mis tierras beben del agua de mi camión cisterna.

»Rezo para que nada me falte. Me hinco para rezar: Tata Jesús de Machaca. Tata de Calamarca. Tata Santiago de Machaca. Tata Bombori. Virgen del Carmen. Virgen de la Asunta. Virgen María Auxiliadora. Virgen Inmaculada. Virgen de la Candelaria. San Judas Tadeo. San Eusebio Jerónimo de Estridón. Santo Apolonio. Tata Aquilino. Tata Argimiro. Virgen de Letanía. Virgen Alodia. Virgen de Irmina. Tata Basilio de Ancira. San Barsimeo.

»Mi abuela me decía: Yuyaychay. Al carajo mi abuela. Sólo me hinco ante mis santos de yeso. Sobreviví a las sequías, a todos los gobiernos. Recorro cada pueblo persignándome. Charjra Orkho. Cementerio de las Vicuñas. San Agustín. Calcha. Villa Martín. Atulcha. Laguna Negra. San Pedro de Quémez. Pampa Luxsar. En la mayoría de los pueblos sólo viven viejos que se secan al sol. ¡Ama katataychu, llaki! El Tata Bombori me protege. También soy un soldado que cuida la frontera».

La tentación del profesor

Elías Mamani Eguino (Catavi, 1957) se levanta inquieto por una alucinación repetida: un pelotón de soldados de la dictadura del general Bánzer disparan a matar. Pero, poco a poco, se da cuenta de la realidad de paredes blancas de la vivienda donde vive hace más de veinte años. Escapó de la dictadura hacia la frontera. Sus papás tuvieron otra suerte: aún están desaparecidos.

Reportero. Vivir en la frontera debe ser difícil.

Elías. Sigue siendo Bolivia.

R. Vivir escapando debe ser difícil.

E. Lo difícil fue la dictadura. Los militares no tenían decencia.

R. Pero parece que nosotros no tenemos memoria. Lo digo porque Bánzer también fue elegido presidente en la democracia.

E. Es fácil convertir a un tirano en héroe. Sólo necesitas años de diferencia.

R. ¿Eres un héroe?

E. Soy profesor.

R. ¿Por qué vivir en Estación Abaroa?

E. Mis siete niños me necesitan.

R. ¿Qué se enseñaen la frontera?

E. Estar en pie a pesar de todo. Algunos lo llaman civismo, yo le llamo valor.

R. ¿El valor de ver el altiplano sabiendo que allá adelante está el mar?

E. Eso no es valor, es deseo.

R. Es que la pérdida del mar aún es una herida abierta en nosotros.

E. El valor está en seguir de pie después de la derrota pero sin exagerar. La cumbia lo hace soportable.

R. ¿Amerikan Sound?

E. También Alaska.

R. ¿Maroyu?

E. Prefiero a Nohermas.

R. Tus niños también oyen cumbia cuando escapan de la escuela.

E. Pero regresan, no tienen adónde ir.

R. ¿Es el único problema?

E. El menor. Hace tiempo los mineros de San Cristóbal bloquearon la frontera. ¡Imagínate! Se apropiaron de 150 toneladas de nitrato de amonio.

R. Iba a ser un festejo a lo grande.

E. ¡Je, je, je! Con unas cuantas dinamitas hacían desaparecer este pueblo.

R. ¿Por qué razón fue el bloqueo?

E. Migraciónde contratos en el marco de la Nueva Constitución del Estado.

R. ¿Cuesta el cambio?

E. A veces no se entiende.

R. Desde los dos bandos.

E. Es una eterna lucha: cada quien quiere hacer prevalecer sus razones.

R. ¿Entonces el mar nos pertenece? 

E. Estoy tentado para decirte que sí.

R. No es tan simple.

E. Tendríamos que cambiar el himno a Abaroa.

R. ¿Entonces nos rendimos?

E. ¡Que se rindan sus abuelas!

Los hijos de la frontera

Gregorio Colque atraviesa los rieles, dobla a la derecha hacia la parada de camiones. «No me baño hace una semana», dice. «Papá Gualberto no se baña hace dos semanas». Marco Aurelio Condori lo sigue por detrás. Daniela Quispe Ticona los saluda con un golpe. «Pasó todo», dice. «Sin rebote, sin nada». Luego corre en dirección contraria. Marco Aurelio Condori se frota la pierna. «Es una cojuda», dice. Gregorio Colque mira el cielo frotándose los ojos, luego el riel que se alarga en línea recta hasta el horizonte. «Allí está el mar», dice. «Allí está mamá».

 

Foto: FCAB, Salar de Ascotán, Chile / David Gubler

 

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