Revista Intemperie

Apostillas a la escritura de “Historia del teatro en Chile. 1941-1990″ (II): rescatar la pluralidad del arte escénico

Por: Juan Andrés Piña
margarita xirgu

En esta segunda entrega de la serie de apostillas en torno a su libro, Juan Andrés Piña reflexiona sobre nuestra desnutrida realidad en materia de investigación y de edición referidas a la historia del teatro en Chile

 

Hay un texto del año 2009 del ya citado investigador argentino Jorge Dubatti, donde se lamenta de la escasez de estudios respecto del pasado escénico en su país. “La Argentina tiene una historia teatral muy rica”, escribe. “Sin embargo, no existe aún una producción ensayística abundante que registre y analice minuciosamente sus periodos, protagonistas, poéticas y hechos relevantes. El teatro, especialmente el fenómeno escénico, sigue siendo la Cenicienta en el campo de las humanidades. Es cierto que en los últimos quince años ha aumentado considerablemente la publicación de libros y artículos sobre dramaturgos, directores, actores, grupos y tendencias, pero aún no se ha llegado a cubrir mínimamente la existencia histórica de un corpus tan vasto y complejo”.

Habría que anotar, en todo caso, que la queja de Dubatti se produce en el país de habla hispana donde probablemente exista la mayor cantidad de publicaciones e investigaciones referidas a este tema. Solo hay que pensar en el ambicioso proyecto iniciado hace dos décadas por el Getea (Grupo de Estudios de Teatro Argentino e Hispanoamericano, perteneciente a la Universidad de Buenos Aires), encabezado por el profesor Osvaldo Pellettieri. A esta fecha, sus libros –editados bajo el sello Galerna– suman decenas. Entre lo más destacable de su producción está la edición –todavía incompleta– de varios voluminosos tomos titulados Historia del teatro argentino, que se inician en 1720 y concluyen en 1998.

En comparación con esas publicaciones de largo alcance y de proyecciones tan dilatadas, nuestra realidad parece aún más desnutrida. Las explicaciones –y justificaciones– respecto de las causas de dicha pobreza en materia de investigación y de edición referidas a la historia del teatro en Chile pueden ser variadas y, probablemente, todas atendibles y razonables. Sin embargo, existe una cuya incidencia no es menor: la investigación del pasado escénico involucra una extensa cantidad de variables que se deben tomar en cuenta a la hora de construir su relato, variables que son muchas más que las existentes en otras disciplinas, lo que hace más difícil y extenuante esa labor. Porque quienes en el último tiempo se han propuesto indagar en estos asuntos, de manera consciente han entendido que no podían seguir haciendo una historia del teatro que únicamente fuera una historia de la dramaturgia.

Y es que así ha sido hasta hace algunos años. Al revisar los libros sobre el tema, lo habitual es encontrarse con una reseña cronológica de los autores más significativos y la clasificación y subdivisión de sus obras, de acuerdo al criterio elegido (estético, sicológico, sociológico, ideológico, etcétera). Mucho más arduo es, en cambio, asumir la vasta pluralidad del acontecimiento escénico, uno de cuyos componentes esenciales, lógicamente, es el texto. Es por ello que quizá sean más escasas las historias del teatro que las historias de la literatura, del cine o de la plástica, por ejemplo, donde los protagonistas que allí participan son menos.

Indagar en la herencia escénica de un país supone incluir a todos sus integrantes directos (actores, dramaturgos, directores, escenógrafos, iluminadores, vestuaristas, espectadores y críticos), a sus variados espacios de representación, a las diversas modalidades de montajes y sus procesos a través del tiempo, a las entidades generadoras de aquellas compañías y de sus puestas en escena, a las poéticas de cada periodo, a las influencias recibidas y proyectadas e, inevitablemente, a la historia política, económica y cultural donde este arte nace y se desarrolla, ya que nunca funcionó en el vacío. Integrar dicha multiplicidad en un relato que permanentemente considere estos factores es el desafío planteado.

En ese sentido, no es casual que el nombre de mi trabajo sea Historia del teatro en Chile y no Historia del teatro chileno. Hay un matiz de diferencia: está la pretensión de incluir, también, a los grupos extranjeros que nos visitaron durante los 50 años que abarca este libro y cuya incidencia fue determinante en la formulación de nuestras renovadoras propuestas. Con ese título se puede examinar en detalle y libremente, por ejemplo, uno de los casos más decisivos y apasionantes en nuestro pasado cultural: las temporadas que efectuó en nuestro país la actriz y directora española Margarita Xirgu (en 1937, 1939 y 1942), que sellaron el destino de algunos jóvenes universitarios. A partir de esas representaciones que tanto los conmovieron, varios de ellos decidieron dedicar su futuro a transformar drásticamente el alicaído panorama de la escena de esos años.

Última cita de Dubatti, que sintetiza todo lo anterior: “Al estudiar el drama no nos referimos solo a la literatura dramática conservada, sino a una composición integral, más amplia, que subsume lo literario a una concepción heteroestructurada del acontecimiento donde son determinantes lo corporal, lo escénico, lo convivial y lo territorial por sobre lo literario”.

De eso se trata todo esto.

 

Foto: la actriz española Margarita Xirgu representando a Elektra (1932).

 

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