Revista Intemperie

Cahili-Huta: viaje al impiadoso país de los fantasmas

Por: Andrés Olave
cahili huta

Andrés Olave revisa la primera novela de Diego Alamos: Cahili-Huta, una historia de fantasmas poblada de tedio, soledad y desamparo

 

Las palabras comunican la profundidad, dice Heidegger, pero también, si se les da la oportunidad pueden comunicar la levedad y lo incorpóreo. Imponer un estado de ánimo, un sentido distinto al cotidiano, a nuestro mundo acelerado y terriblemente concreto, donde sólo unos cuantos elementos, como el dinero o la diversión, se encumbran en las más altas jerarquías, y donde el resto del orden queda entonces desplazado, hundido bajo esa alargada sombra.

Creo que novelas como Cahili-Huta, nos sirven para pensar esos otros espacios, los que podemos llamar los territorios olvidados, y que a pesar del abandono que sufren, siguen ahí todo el tiempo. El momento para pensar en nuestra fugacidad, y como muchas veces el resto de las personas, –lo que los teóricos suelen llamar el otro–, desaparece producto de nuestro ensimismamiento, de nuestra obsesión para con nosotros mismos, con nuestro pasado y nuestro destino.

Cahili-Huta es una novela de fantasmas, un género al que podíamos no estar del todo habituados, pero donde encontramos novelas tan interesantes como lo es Otra vuelta de tuerca de Henry James, o el oscura y magnifico Pedro Páramo de Rulfo. La novela de Diego Álamos explora y se pierde en los meandros de vidas fantasmales, seres que viven atados a sus obsesiones y temores, a esperanzas ignotas o diversos fetichismos: un collar, una pulsera, adornos y materialidad que los distinga y, por supuesto, los separe del resto y les de sentido a su vida de sombras.

Los fantasmas conversan continuamente. Consigo mismos la mayor parte del tiempo, y también con interlocutores hastiados, que más que escuchar, se limitan asentir mientras esperan su turno para hablar. Mientras más conversan, más ahondan en su soledad. Los discursos que dictan son una elegía a su propio vacío.

Avanzar por Cahili-Huta es como moverse entre la niebla. Como esa escena de la película Los otros donde una confundida y urgida Nicole Kidman se atreve a salir de los dominios de su casa a la vía principal y de inmediato es cubierta por una bruma espectral que ya no le permite ver más allá de unos pasos, el momento donde todo se convierte en lo inmediato, y donde la única persona de la que tenemos noción es de uno mismo.

Los personajes en la novela van y vienen continuamente, en tránsitos que no vienen mucho a cuento y cuyo sentido se nos escapa a los lectores, pero también, puede que se les escape a ellos mismos. Es un estado donde el tránsito, el mero deambular ha sido elevado a una rutina deslumbrante y autoritaria, que ya no tiene sentido ni objeto cuestionar. Es inercia pura, movimiento en honor al movimiento, vagabundeo de aquellos sin vida que, sin embargo, todavía añoran la vida.

Cahili-Huta ahonda en la noción, tan presente en estos días, de jamás abandonar este mundo. De encontrar algún medio para siempre regresar, (llamémosle reencarnación, o quizás, mito del eterno retorno), de que nuestro hogar, pese a la corrupción y el paso de los años, nos siga perteneciendo. De forma ingenua queremos vivir para siempre, pero sólo a través de la visión de lo que significa esa vida, del horror y el tedio que contiene, es que podemos deshacernos de ese mal sueño, o franca pesadilla mejor dicho, y que como Swinburne nos recuerda en uno de sus poemas, es una bendición que la vida no dure para siempre, y que todos los ríos vayan finalmente a dar al mar.

Si uno se lo piensa bien, lo que ofrece a la novela es una visión de un abismo, en este caso, del abismo de lo que viene después de nuestra supuesta muerte: la repetición de los gestos y pensamientos, de nuestra esencia, bajo un mundo que ya no existe. Gestos que están dando vueltas en el vacío, inocentes y desgarradores al mismo tiempo, repeticiones de otros gestos que ya han sido olvidados. Perversión y degradación, podría pensarse, o mejor dicho: fantasmas que solo por el éxtasis de seguir siendo, acceden a ser cualquier cosa que les sirva de recuerdo o prueba que alguna vez estuvieron realmente vivos.

 

Cahili-Huta

Diego Álamos
Chancacazo Publicaciones
193 paginas

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