Revista Intemperie

Algunos destellos en la obra de Philip K. Dick

Por: Andrés González
philip k dick

 

Cuando iba en segundo medio íbamos con un amigo a una galería en San Diego. En el segundo piso de esa galería había dos librerías prácticamente especializadas en ciencia ficción. Una de las primeras veces que fuimos agarré por azar La invasión divina. Me lo compré. Recuerdo que el vendedor –que era genial (de lo último que me habló, si no mal recuerdo, era de una ciudad voladora que recorría China desde tiempos inmemoriales)– me enseñó a mostrar un respeto y cariño especial a Dick cuando hablaba de él y que al mencionar su nombre miraba hacia arriba. Bueno, leí La invasión divina y quedé rayando. Philip K Dick es por lejos el escritor que más he leído en mi vida, el que más me ha contaminado, el que más me ha disparado, con el que más me he reído y literalmente a carcajadas. Soy sólo un lector de Philip K Dick. Mis novelas favoritas son las que escribía prácticamente de a tiradas en sesiones de whisky y anfetas, no sé si son las mejores, no lo creo (las mejores deben ser Valis/Sivainvi, El hombre en el castillo, Una mirada en la oscuridad –que no he leído – y Simulacra), pero me gustan precisamente eso, porque no son las mejores novelas, muchas veces son cuentos ampliados, en ocasiones sientes que ni él sabe adónde va la historia, etc. De las muchas novelas hay algunas cosas que me gustaría dar cuenta por el agradecimiento infinito a Dick, sin ningún orden específico, son sólo cosas que se me han ido quedando y puede que no signifiquen nada para nadie, pero no sé, son mi vida:

a. El ser arácnido en Gestarescala que le habla al protagonista del Fausto de Goethe.

b. La parte hacia el final de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, cuando el protagonista se baja en una estación gasolinera, le entrega a un desconocido, un hombre negro, un papel en el que ha dibujado un corazón partido y éste lo abraza.

c. Los neanderthales saliendo a bailar en una pantanosa y mutante California pues han recuperado al fin el mundo.

d. La escena de Confesiones de un artista de mierda en que la esposa manda al esposo a comprar tampones y éste, cuando llega a la casa, profundamente avergonzado y humillado por la labor encomendada, la golpea tan fuerte que la tira por toda la cocina.

e. La frase final de Gestarescala.

f. El final de los carritos concientes de Aguardando al año pasado, los carritos sobreviviendo en las duras calles de la Tijuana del futuro.

g. Los delirios de Perky Pat en Los tres estigmas de Palmer Eldritch.

h. El título ¡Cura a mi hija, mutante!.

i. El Abraham Lincoln melancólico que aparece en Podemos construirlo por usted (que debe ser la novela más extraña de Dick).

j. El inventor de juguetes en La pistola de rayos (y de pasada, el estilo decorativo neo-incáico que se menciona en la novela).

k. El mundo teocéntrico de El ojo en el cielo (los ángeles soplando las respuestas).

l. La parte de Dr. Bloodmoney en que Stuart McConchie debe abandonar su caballo para luego encontrar que lo han devorado completo excepto por la cabeza.

m. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? cuando los Nexus 6 comienzan a arrancar las patas de una araña y John Isidore experimenta la entropía, la total carencia de empatía, el derrumbe de todo.

n. La visión que las masas pensantes de Ganímedes tienen de los humanos en Torneo mortal.

Gracias, Philip K. Dick: es momento de volver a leerte.

 

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