Revista Intemperie

Foucault inagotable

Por: Elisa Cárdenas Ortega
michel foucault

A 30 años de su muerte, Elisa Cárdenas indaga en el legado del audaz y seductor pensador francés, los riesgos de la simplificación de su obra, y sus conceptos más fértiles para el análisis de la sociedad actual

 

En junio de 1984 murió a causa del SIDA el pensador francés Michel Foucault. Tenía 57 años y había planteado ideas desconcertantes para la intelectualidad de su época. Estudió la locura, el placer, la sexualidad, la delincuencia, y estableció una teoría sobre las relaciones de poder que rigen al mundo. Al día de hoy, es uno de los autores contemporáneos más citados en las aulas universitarias y más allá, en campos tan diversos como el derecho, la medicina, la teología, la psiquiatría o las comunicaciones. Michel Foucault dejó un halo inextinguible tras su muerte, un 25 de junio de 1984. Sus conceptos se reflejan en la sociedad y siguen arrojando otras capas de lecturas, exploradas y difundidas por nuevas oleadas de intelectuales.

Han pasado treinta años, en los que sus estudios -que pusieron en sospecha al sistema de las instituciones sociales- siguen teniendo validez y generando nuevas y más atentas lecturas. No le gustaba autodenominarse filósofo, pero examinó su presente de la mano de los antiguos pensadores griegos y aprendió de Nietzsche la desconfianza frente a las verdades absolutas.

Audaz en sus planteamientos y poco comprendido por la intelectualidad de su época, elaboró algunas de sus ideas más influyentes a partir de un estudio acucioso de la estructura histórica de sanatorios y cárceles, así como de los relatos sobre locura, criminalidad o vida sexual. Siempre le interesaron esos bordes, lo que no era dicho, buscando ahondar en lo que llamó heterotopías, o espacios otros, pero evitando hablar por otros, algo que le hubiera parecido un indignante acto de dominación.

Después de su muerte, muchas de sus clases en Estados Unidos, Suecia, Polonia, Alemania y su Francia natal comenzaron a ser publicadas, complementando los alcances de sus libros más reconocidos, como Historia de la locura en la época clásica (1961), Las palabras y las cosas (1966), La arqueología del saber (1969), o Vigilar y castigar (1975), todos convertidos hace mucho en superventas.

Varias de aquellas ponencias magistrales eran parte de su cátedra en el Colegio de Francia, la institución docente más prestigiosa de ese país, que recluta para cargos vitalicios sólo a los más influyentes académicos. Foucault llegó allí tras la muerte de Jean Hyppolite quien alguna vez denominó Las palabras y las cosas, un “libro trágico, y que comporta un pensamiento trágico”.

Algo de tragedia tiene en realidad su examen de la racionalidad dominante en el mundo desde el siglo XVII y XVIII en adelante, y sus teorías sobre las relaciones de poder allí ejercidas. Pero no todo era tragedia, no todo era dominio y sometimiento; él mismo hablaba de un “hiperactivismo pesimista” que, junto a algunos expertos foucaltianos, intentamos desentrañar en este artículo.

Filosofía de la contingencia

Juan Pablo Arancibia es docente de la Universidad de Chile y ARCIS, y autor de varias investigaciones enmarcadas en la dimensión biopolítica de Foucault. Él piensa que con la llegada de sus textos a Chile, hecho ligado al retorno de algunos profesores exiliados, se abre un campo pero a la vez se producen lecturas muy ligeras y reduccionistas del autor francés; así nacen slogans, como que “ante el poder nada se puede”, o aberraciones similares.

“Verlo como el pesimista que cierra la relación con el poder y ante eso sólo cabe la obediencia, es un error. Al contrario, uno de sus vectores es poner en suspenso las relaciones de poder; siempre cabría una posibilidad de establecer relaciones de fuerza y resistencia. Se dice que Foucault es muy simple, pero lo que es simple y fácil es la lectura que se ejercita. Creo que lo importante son las preguntas y problemas que nos presentó para pensar un presente. Cuando decimos Foucault, no es Foucault, es una constelación de preguntas, fuerzas, plexos y relaciones”, dice Arancibia.

De paso por nuestro país para participar en la “Cátedra Foucault”, que organiza la Universidad de Chile y la Embajada de Francia, el filósofo y académico francés Guillaume Le Blanc, autor del libro El pensamiento de Foucault (2009) también considera necesario despejar malas lecturas:

“Todo en el sujeto no pasa solamente en el sometimiento, podemos subjetivarnos e inventarnos en las relaciones de poder. Aunque siempre esté ubicado en un dispositivo disciplinario, puedo modificarme al interior mismo del sometimiento que me constituye como sujeto. El sujeto es una zona de contingencia irreductible; es régimen de dominación y régimen de invención. Creo que el gran tema filosófico de Foucault es la contingencia”.

Michel Foucault traía a la actualidad principios y categorías de la filosofía griega clásica, como la epimeleia (preocupación o cuidado por uno mismo), para ahondar en aquella capacidad transformadora del propio sujeto. Todos sus estudios, además, están atravesados por la idea de parresía (aptitud del sujeto para decir la verdad), otro concepto clásico al que le dio una nueva vigencia. Su ruptura con las verdades fijas y su invitación a pensar de otro modo en filosofía, lo hacen un intelectual cautivante y siempre vital.

También entre los que están pensando a Foucault en la academia, el Doctor en Filosofía de la Universidad Católica de Valparaíso, Tuillang Yiung, destaca: “En Foucault no hay recetas ni dictámenes, sino ensayos por remover las evidencias de su propio entorno. Su obra ha permitido que, en distintos contextos, la gente se haya atrevido a preguntarse por la historia de lo que hace y poner en evidencia que las verdades de todos los días -aquello que decimos, pensamos y hacemos- tienen una fecha de nacimiento y, por tanto, bien pueden tener una fecha de defunción”.

La zona fronteriza

Tuillang Yiung pone de manifiesto la resistencia de Foucault a ser encasillado en una disciplina: “Siempre ha planteado dificultades a la academia. Hay un deliberado desorden y una laboriosa indisciplina en Foucault, que es precisamente lo que rinde frutos. Su trabajo es siempre fronterizo y a la vez incómodo, sin identidad declarada ni filiación unívoca. Muchas veces los filósofos se arrogan la autoría de las ideas y su influjo, pero por ejemplo a Chile, sus textos llegaron también por el ámbito de los salubristas, con Gustavo Molina (pionero de la medicina social, quien trabajó con Salvador Allende), y  también por los historiadores, como Rolando Mellafe, quién lo mencionaba en sus clases a comienzos de los ’80”.

Esa impronta foucaultiana, instalada en la intelectualidad chilena hace por lo menos 30 años, ha penetrado las ciencias humanas y sociales. Ámbitos como el trabajo, la política, la psicología o la creación han recibido su radical incidencia. Está en el teatro, en las letras y en las artes chilenas; sus cuestionamientos han sido, de alguna manera, transmitidos en los escritos de Nelly Richards y Diamela Eltit o en las fotografías de Paz Errázuriz. Se trata de un campo abierto e inagotable que ha dejado este historiador de las problematizaciones; quizás un adelantado a su tiempo, que predijo muchos aspectos de la actual sociedad, entre ellos el panóptico como sistema de vigilancia, o el impacto del islam como fuerza política, siendo el único filósofo destacado que en 1978-79 prestó atención a la revolución iraní y habló de Orientalismo.

Homosexual y defensor confeso de las sensaciones corporales al límite, como el sadomasoquismo, Foucault, sin embargo, nunca lideró reivindicaciones ni participó en movimientos de género, como sí lo hizo del movimiento de mayo del 68. La revolución estudiantil lo sorprendió instalado en Túnez junto a su pareja, Daniel Defert, quién tras su muerte, se convirtió en uno de los principales activistas de la lucha contra el SIDA en el mundo. Regresaron, y Michel Foucault dictó cátedra en el Colegio de Francia hasta su deceso, hace justo treinta años.

En Chile y el mundo se han organizado diversas instancias de conmemoración; afortunadamente éstas no han concluido, y en septiembre nos esperan en Santiago las “Jornadas sobre gubernamentalidad” de las facultades de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Chile. A partir del concepto foucaulteano de biopolítica -que los entendidos consideran bastante “manoseado”- invitan a preguntarnos, iluminados por Michel Foucault y las derivaciones de sus lecturas, ¿Por qué debemos ser gobernados?

 

Foto:  Marc Garanger/Gallimard

Un comentario

  1. Carlos dice:

    “prestó atención a la revolución iraní” es un bello eufemismo para decir que simpatizó con el Ayatollah Khomeini. Tal como lo atestiguó Edward Said, Foucault se fascinó y se dejó querer por el poder. Tony Judt también lo repasó dejando en evidencia que el “biopolitólogo” le daba la espalda a delitos flagrantes en su propio país en pos de un relativismo moral tan fascinante como injustificable.

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