Revista Intemperie

Nuevo documental: “Propaganda” y la decadencia política

Por: Tomás Henríquez
propaganda

Tomás Henríquez analiza el documental de Christopher Murray, que destripa el proceso electoral, con sus discursos construidos e imposturas

 

Decir que toda la política se reduce a una disputa por el control de las imágenes podría sonar desilusionante. No tanto porque tengamos una fe ciega en la disputa política como práctica emancipadora, sino porque dicha premisa pone en el centro de la discusión quién, cómo, y para qué objetivo utiliza dichas imágenes. El poder, entonces estará en manos de quién de mejor forma saque rendimiento a los insumos simbólicos que suministra la imagen, y asimismo, la imagen será por sí misma la que le otorgue ecuménica autoridad al poder de turno. De alguna manera, las mejores imágenes son siempre las que más material nos dan para discutir, pues a partir de ellas menos certezas y más polémicas obtenemos, y de paso podemos dar por refrendado aquel adagio popular de que una buena imagen vale más que mil palabras.

Pero, ¿cuáles son las fuerzas que sostienen el archivo de la comunidad? ¿Cómo se puede construir visualmente una comunidad? Le robo las preguntas a Carlos Ossa, quien en su publicación editorial más reciente (El ojo mecánico. Cine Político y comunidad en América Latina, Santiago, 2014, Ed. FCE) reflexiona en torno a las distancias siempre fluctuantes entre el cine documental militante y sus múltiples vanguardias de avanzada durante el siglo XX. Lo cito porque, a través de su análisis, podemos comprender, entre otras tantas cosas, cómo incluso bajo regímenes autoritarios de prácticas y discursos coercitivos, desde su invención, el cine documental, en tanto instrumento de registro de aconteceres visibles, ha sido capaz de producir un cúmulo de materiales sobre los cuales se ensaya un modo específico de entender el propio momento histórico y las relaciones particulares entre poder e imagen.

De las producciones locales recientes llama la atención Propaganda (MAFI, 2014). Se trata de un documental inteligente, cargado de humor negro, que se infiltra con soltura entre medio de las coyunturas de la micropolítica barrial y se desplaza sin pudor hasta las altas esferas de rancia curia militante. Donde sea que se inserta la cámara permanece siempre estática, invariable pero de regia impostura pictórica. Inmortaliza una serie de momentos autónomos que sabemos no le pertenecen, pero que contempla con cierta engañosa desafección, convirtiendo así su registro, premeditada y obsesivamente en testigo silencioso, tanto de momentos públicos como privados. De esta forma el documental sabe muy bien cómo dejar en evidencia, mediante una sencillez fotográfica y un elaborado trabajo de montaje, la decadencia de la clase política chilena: la impostura cadavérica de sus blondos decorados monárquicos. El emprendimiento populista de sus horribles chambelanes, y en la que quizás destaca, como solitario contrapunto, la siempre radical dignidad en la performance política de Roxana Miranda.

Pero, ¿Cuál es la comunidad que se construye visualmente en Propaganda? ¿Qué tipo de fuerzas políticas sostienen el imaginario discursivo de la película? Se trata de un ensayo documental plagado de imágenes que saben reconocer cómo se manifiesta el pulso existencial de una comunidad que desconfía, una comunidad que sospecha de los procedimientos tradicionales de la política y sus múltiples transacciones de imágenes. Así, podemos aventurarnos y sin asco decir que en la película se explican, entre otras tantas cosas, las razones de la alta tasa de deserción votante en los últimos comicios presidenciales, donde el único ganador invariable, donde el único consenso mayoritario fue la abstención electoral.

Roberto Espósito (también citado por Ossa) dice que “la comunidad (la communitas) es el conjunto de personas a las que une, no una propiedad, sino justamente un deber o una deuda.” Diremos también una responsabilidad. Así, el cine documental, en sus múltiples intentos autorales, podría entenderse como una oportunidad de imaginar micro-estrategias de desobediencia civil. De dar registro de los acontecimientos que componen ese abecedario imposible de proyectos imaginables para con la comunidad que uno desearía habitar. De alguna forma el cine es siempre una utopía. Un lugar que no existe. Que se construye a retazos de imágenes recogidas en el deambular ocioso de caminatas sin rumbo. El cine es el lugar en el que uno desea mirarse y por fin sentirse acogido en las posibilidades de un porvenir colectivo.

Sin embargo, la estrategia utilizada en el filme es no solo compleja sino de alto riesgo. La que es quizás su mayor virtud es también su mayor defecto. Es ahí donde uno mira Propaganda con desconfianza. Hablamos de un documental que se dispone de imágenes técnicamente muy bien construidas, pero que explican tanto que podrían, paradójicamente, terminar no explicando nada, o peor aún, imágenes ante las cuales se pueda llegar a decir cualquier cosa. Falta, dirá el militante, tomar posición y asumir con claridad un lugar desde donde se habla. ¿Puede ser únicamente la sospecha, esa agencia policial que desconfía de todo lo que se te cruza, lo que movilice el sentido de una producción de imágenes como esta? Es obvio que sí. El asunto es que ante semejante rompecabezas de montaje solo nos queda la ingrata sensación de estar parados en medio de una comunidad sin proyectos, una comunidad perdida.

Distancias aparte, la emergencia del material siempre nos exige nuevos modos de lectura. Lo interesante en Propaganda, no solo desde su exploración temática, aparece cuando se hurga en la artesanía de sus estrategias de producción. Si bien es Christopher Murray el que aparece como director del documental, existen en el equipo de MAFI (Mapa Fílmico de un país) distintos realizadores los que cámara en mano, dieron pie a largas sesiones de ociosa grabación del proceso electoral. En tanto vemos el documental, vemos también, lo que no se ve de un largo proceso de discusiones colectivas en torno a los ejes del relato. Lo que vemos en pantalla no es otra cosa que el resultado de un largo mapeo de preguntas en torno a esos imaginarios que se desea proyectar. Porque no hay devenir colectivo sin un conflicto político. Quizás sea esa una de las pocas certezas que nos entrega el documental.

 

Foto: Propaganda (afiche), Christopher Murray

Un comentario

  1. ivan pinto dice:

    Tomás, me ha gustado mucho el texto, es una de las mejores lecturas que se han hecho sobre el documental, sin dudas, y va mucho más allá del cliché generalizado que dice que este filme es una parodia socarrona. Me gusta el vínculo que haces con la cuestión de la comunidad, desde Ossa y Esposito, y también la lectura desde el imaginario. Sin embargo, hay una dimensión material y performativa tanto de la imagen como los cuerpos, así como la aparición permanente de los medios como producción significante, que creo le dan cuerpo al proceso social, esto junto a un tratamiento discursivo de la imagen ideológico-conceptual, tanto en la composición visual como en las relaciones con el montaje- no es un “mero suceder”, si no q hay una articulación discursiva entre las partes, un discurso significado. Otro punto más de fondo el que apuntas en tu comentario para mí tiene que ver con el tema del nihilismo. Esto es importante pensarlo de acuerdo a lo siguiente ¿es un filme político? ¿donde se sitúa? Eso, como para abrir el diálogo…saludos

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