Revista Intemperie

Madrecitas de los pobres

Por: Natalia Berbelagua
marcelo escobar

 

Las llevaron a conocer la gruta de Lourdes, una especie de cueva por donde corría agua bendita. La primera pregunta que se le viene a la mente es si el párroco bendice el líquido o las botellas de vidrio que venden afuera por trescientos pesos para envasarla. Llevan una cinta naranja con una tarjeta de cartulina en el mismo color, hay tres imágenes para escoger: Juan Pablo II, Teresa de Calcuta o El Padre Hurtado. El paseo no la emociona demasiado, aunque esa virgen es su favorita. Han tratado de inculcarle el amor por la que viste un manto rosado con detalles bordados en oro, por la que lleva una corona con siete estrellas, la madre de Jesucristo más opulenta. Prefiere sin duda alguna a la de blanco y celeste, se ve más joven, es más sencilla, parece una niña, debe tener unos pocos años menos que ella. A la salida las llevan a un hogar de ancianos que se ubica cerca, una gran construcción de tres pisos que parece una clínica, en el frontis sobresalen las letras: “Madrecitas de los pobres”. La segunda pregunta del día es por qué habla de los pobres si el piso está íntegramente cubierto por cerámicas de primera calidad, las paredes están recién pintadas, las cuidadoras visten un impecable uniforme, la mayoría de las monjas están gordas y usan zapatos de buena marca.

Las guían al comedor. Unos cincuenta abuelos toman el té. Es la encargada de recitarles, eligió por recomendación de su abuela un poema de Amado Nervo, no sabe declamar, no puede mover los brazos como si estuviera nadando de espaldas, ese gesto ridículo que enseñan en los colegios no sería capaz de repetirlo. Al menos lee sin pausas, su voz es clara y se escucha más ronca que las de sus compañeras. Termina de decir por vigésima vez Era llena de gracia como el ave María y los ancianos aplauden con entusiasmo, se dedica a tomarles las manos en señal de agradecimiento. Le llama la atención que la mayoría se ve en buenas condiciones, pregunta dónde se encuentran los otros, los tullidos, los tísicos, los que padecen artrosis. Una religiosa enjuta, a la que le deben faltar unos cinco kilos menos para ser confundida con un esqueleto la lleva hasta un segundo piso. En él hay unas diez habitaciones con baño privado. Saluda al mismo número de ancianas con el pelo teñido de un lila perfecto, cada una ve televisión en su cama, prueban una taza de té y un pan con queso fresco. Sabe que no es todo, que debe haber otro piso, no puede ser que solo reciban a gente sana. La monja dice que son los últimos dormitorios, que en el tercer piso tienen sus habitaciones las hermanas. Lucía aprovecha que la monja es necesitada por una de las auxiliares para desobedecer y subir las escaleras. Encuentra lo que estaba buscando. Ancianas amarradas a los catres con trozos de género sucio y correas, con pozas de saliva en las almohadas, hacinadas, con lágrimas convertidas en costras. Al verla algunas gritan para que se acerque, piden que les den agua. Ella hace el gesto de poner el índice sobre la boca en señal de silencio. Una de las viejas, que parece ser la más cuerda, le dice que dentro del cajón del velador hay un número de teléfono, que llame a su hijo y le diga que vaya a buscarla, que lo está pasando muy mal allá adentro. Lucía hace lo que le pide, sale de la pieza y baja tratando de que no adviertan que sabe la realidad de ese asilo. Las estúpidas de sus compañeras lloran porque ya tienen que irse y sienten pena por los abuelos del primer piso. No tienen idea de lo que acaba de ver.

Llama al número que le entregó la anciana. Le contesta la voz de un tipo maduro. No sabe cómo explicarle lo que acaba de vivir sin que parezca una teleserie. Parte por decirle que se llama Lucía, que acaba de cumplir dieciocho años, que en una actividad escolar la llevaron hasta el asilo y vio en las condiciones que mantienen a Edith. Él le dice que no me meta en lo que no me importa y cuelga la llamada. En los días siguientes Lucía siente deseos de insistir sin embargo, se reprime, lo que no consigue es olvidar la cara de desesperación de la anciana pidiendo que se comunique con Raúl, su hijo. Pese a que casi están a fin de año y tiene una gran cantidad de trabajos y pruebas decide acercarse a la residencia. La reciben bien, se queda un tiempo con los del primer piso, que a esas horas están en la sala de juegos conversando, divirtiéndose con el naipe mientras las auxiliares ven las noticias de la tarde. Sube al segundo piso y no se detiene a ver a las ancianas del pelo teñido, sigue caminando hasta llegar a la pieza donde yace Edith. Los ojos de la mujer están cubiertos por una tela apenas perceptible. Al verla le pregunta si pudo hablar con su hijo. Lucía no le dice la verdad para no hacerla sufrir, inventa que Raúl se encuentra fuera de Santiago por motivos de trabajo, que en cuanto llegue prometió visitarla. Edith, que apenas puede mover los brazos bajo las amarras le da las gracias por tener ese gesto.

─No creo haber sido tan mala para sufrir tanto. Dice con la voz muy baja. Lucía levanta las sábanas y ve su avanzada desnutrición, ve que los pañales no han sido cambiados, si Edith es la que se ve en mejores condiciones no quiere saber cómo están las otras que ni siquiera pueden hablar, la mayoría de ellas duermen, es posible que les hayan dado una pastilla. Piensa por un minuto en increpar a la directora del establecimiento, pero no ganaría nada con eso, maquillarían la escena y en un par de semanas todo volvería a la normalidad. Telefonea por segunda vez a Raúl, necesita que se vean, tal vez explicándole todo con calma él se decida a sacar a Edith del asilo.

Quedan de juntarse a las tres de la tarde en la Plaza Brasil. Raúl llega de terno, Lucía viste de escolar. Algo ocurre con ellos en cuanto se ven. Él escucha calmadamente la historia que ella tiene para contarle. Esa actitud cortante que mostró en la primera llamada la cambia por una postura receptiva y algo triste. Son las cinco de la tarde cuando terminan de hablar. Quedan de ir juntos a ver a Edith, el hogar está relativamente cerca. Llegan a la construcción y el hombre pide ver a su madre. Le dicen que espere en el salón, él exige que lo lleven hasta su pieza. Las monjas, turbadas, le responden que a esa hora las ancianas duermen, pero Raúl insiste. Logra ver a su madre. Se emociona al comprobar que todo lo que dijo Lucía era cierto, y aunque no siente un gran amor por la mujer que le dio la vida, no puede hacer como que nada ha pasado. Se arma un gran alboroto en la residencia, amenaza con que denunciará a la institución. Le dice a su madre que va por el auto para llevarla a su casa mientras encuentran un lugar mejor, la anciana no deja de llorar y agradecer. Raúl y Lucía caminan con rumbo al estacionamiento. Edith se queda con la mirada fija en la puerta esperando el momento en que aparezcan. Raúl y Lucía no regresan ni ese día ni en los siguientes. Nunca más saben de Edith.

 

Ilustración: Marcelo Escobar

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