Revista Intemperie

Nunca habrá justicia en tierra

Por: Vidia Gutiérrez
cronica de un comite

Vidia Gutiérrez se interroga a fondo a partir del documental ganador de la competencia nacional del FIDOCS, que relata la dramática lucha y evolución personal de quienes lucharon por justicia tras la muerte de Manuel Gutiérrez

 

Cuando los integrantes del Comité por la Justicia Manuel Gutiérrez leyeron, en el sitio web de FIDOCS 2014, la reseña del documental Crónica de un comité, se sintieron molestos y ofendidos. Probablemente también un poco traicionados, dado que el material de la película había sido registrado en gran parte por ellos mismos, de acuerdo a la propuesta de los realizadores José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola.

La reseña presentaba la película como un “caótico seguimiento a un comité solidario-político por la muerte de Manuel Gutiérrez (un chico de 16 años que murió por el disparo de un carabinero, al lado de Gerson, su hermano minusválido, durante una noche de protesta) se refleja el extravío de un grupo que no sabe ni lo que es ni lo que busca más que un grado casi intangible: quieren justicia. Y así como la familia se deja seducir por la visita de un par de capellanes evangélicos de Carabineros, el comité convierte a Manuel en mártir simbólico de las luchas de estudiantes y mapuches, Gerson empieza a tomarle el gusto a la “fama”.

En efecto, el texto tiene un tono ofensivo que podemos suponer involuntario. Además presenta una lectura superficial de un documental excelente, que a la postre ganaría el primer premio en la competencia nacional del festival.

El documental muestra desde dentro a una organización ciudadana igual a muchas otras y que incluso podría verse como un reflejo de todo el movimiento social que ha surgido en Chile en los últimos años. Pero la película no se centra en la historia del comité y su lucha por la justicia, sino en las personas que lo componen, su mundo interno y su evolución personal en torno a esta causa a lo largo de un par de años.

Se pueden distinguir al menos tres formas distintas de enfrentar la tragedia. En primer lugar, la familia de la víctima y sus esfuerzos iniciales por conseguir que se juzgara a los responsables de la muerte de Manuel, pero que poco a poco se va replegando y termina refugiándose en el consuelo que les ofrece la religión. Por más que parezca una evasión de la realidad, es todo lo contrario. La madre hace un balance tan simple como descarnado: nunca tendrán justicia en la tierra. La justicia divina, en cambio, se les ofrece como una posibilidad abierta a toda persona, independientemente de su posición social. No se trata de una claudicación, sino de ser realistas.

En el otro extremo está Miguel, vecino de la población y fundador del comité. Su compromiso a toda prueba no sólo es profundo, sino extendido: Miguel defiende con igual ardor otras causas, estudiantiles, gremiales, medioambientales, todo al mismo tiempo. Esto parece ir diluyendo la demanda original y hace surgir la interrogante sobre cuánto de su quehacer está motivado por consignas vacías de contenido, pese a todo el trabajo que pone en ello. Una interrogante que parece imprescindible hacerse en estos días sobre otros movimientos sociales.

El puente entre estos dos mundos es Gerson, el hermano de Manuel. Tras su muerte, lo vemos encabezando marchas, compartiendo escenario con dirigentes famosos, entrevistado por los medios, ejerciendo un obligado protagonismo que parece deslumbrarlo. Pero la distancia y la ironía con las que él se observa a sí mismo obligan a preguntarse, ¿cuántas de las puertas que se han abierto para Gerson dejarían pasar a un joven discapacitado y proveniente de una familia pobre? Fama, becas de estudio, un futuro: cosas que quisiera compartir con su hermano, pero que no tendría si su hermano no hubiera muerto. Una amarga reflexión que Gerson comparte varias veces durante la película.

A través de la evolución de los personajes se puede percibir su tremenda lucidez. La crueldad con que están retratados no es fruto de un punto de vista antojadizo por parte de los realizadores del documental, sino de la realidad en la que están inmersas esas personas. Sólo quien desconoce esa realidad puede tener la impresión de que son caricaturas. Y solo quien los ve como caricaturas puede considerarlos un grupo de fracasados.

 

Foto: La Tercera

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