Revista Intemperie

Muestra Nacional de Dramaturgia: La partida de las naves (Parte I)

Por: Marco Antonio de la Parra
muestra de dramaturgia nacional

Marco Antonio de la Parra inicia un diario de viaje acerca del ya clásico laboratorio del teatro chileno y aquí publica la “partida de las naves”

 

Cuesta juntar a los teatristas chilenos y Manuela Infante lo sabe. Con esto en mente, inició la recolección de nombres de directores, diseñadores y músicos para poner en escena las cinco obras seleccionadas de la Muestra de Dramaturgia Nacional. A mí me reclutó en un café de calle Lastarria hablándome de la necesidad de revitalizar y replantear la Muestra como el gran encuentro nacional de teatro. Me encargó esta bitácora que hoy comienzo. Asistir a las reuniones, los ensayos y las funciones y dar cuenta de lo que iba sucediendo. Un escriba, un mirón, un curioso profesional.

Las primeras cinco reuniones fueron simbólicamente en el Museo de la Memoria, el eje de la locación de todas las actividades de la Muestra, los ensayos en Quinta Normal, los debates en la Biblioteca de Santiago, para rematar al final en Matucana 100.

Nos sorprendió de partida convocando solo cuatro directores para cinco obras lo que ya anunciaba que las cosas no serían previsibles. Se habló de que todos podrían hacer de todo. Dirigir, diseñar, actuar. Incluso el suscrito se pasó por la mente la idea de ser protagonista de uno de los textos interpretando un veterano autor decrépito y amargado, pero para su desilusión, no pasó de ser una broma.

Manuela Infante reiteró su arenga. La Muestra debía ser más que nunca una Muestra total. Habría que romper ese archipiélago endogámico sin diálogo interno que es el teatro chileno, la creación debía ser investigación, la praxis como un lugar crítico y cada proceso un acto de profundización y pensamiento.

Manuela confesó que no habría querido dirigir la Muestra, que sentía un barco al garete si acaso no se hacían cambios radicales.

Convocó una tropa de creadores e investigadores de los cuales anoto los directores en principio. Cristián Plana, Aliocha de la Sotta, Alexandra von Hümmel (su insistencia en la equis fue reiterada) y Los Contadores Auditores quienes hasta ahora despiertan la sospecha que son siameses separados al nacer. Pero incorporó muchos más. Eli Rodríguez, coreógrafa, Claudia Yolin, Daniela Fresard, Rocío Hernández, en el diseño, Andrés Grunman y María de la Luz Hurtado, como teóricos, Fernando Milagros y Diego Noguera como músicos y Javier Plañella como diseñador gráfico. Todos, pero lo que se dice, todos, con sus opiniones propias.

El debate surgió de inmediato. Alexandra confesó que el choque y la dificultad la estimulaban. Aliocha dijo por su parte que trabajaba a partir del diálogo profundo sobre el tema de la obra, Cristián Plana que le gustaba meterse en los textos, pervertirlos y que detestaba el uso de las síntesis de la obra que se habían usado en Muestras anteriores (las primeras, sobre todo en los años 90). Los Contadores Auditores, siempre amables y sonrientes hablaron de como cruzaban diseño y dirección. Hablaron todos y no transcribo todas las notas porque sería interminable.

El teatro fue declarado el lugar de reflexión por excelencia. Los textos material a ser interrogado. La palabra una base, un sueño, un boceto, la piedra viva, el material en bruto.

Comenzó la discusión de los textos seleccionados a partir de La flor del lirilay. Texto boceteado, borroso, atractivo justamente por lo inacabado. Se habló de la poesía, la jerarquía de la palabra, el exceso de escenas, las acotaciones poéticas imposibles, el pudor del autor. La sensación de un proyecto subjetivo del escritor, una especie de escritura nómade, un acto sacrificial, un dejo de poética popular, una estética de lo verde en el sentido de lo inmaduro.

Se habló mucho más y no todo lo entendí. Incluso alguien habló de que era la obra que más convocaba lo chileno costumbrista.

En esa primera sesión la tensión y el conflicto habían sido puestas desde el comienzo. Los textos debían ser respetados dijo Lucía de la Maza, recordemos que la Muestra parte con un Concurso de Dramaturgia. Los textos van a ser trabajo y material dijeron todos. Parten con la dramaturgia pero terminan muy lejos.

Reflexión sobre la reflexión, la Muestra fue una y otra vez puesta en tela de juicio. ¿Por qué había sido un hito en los 90? ¿Por qué había perdido su gravitación en los primeros años de este siglo? ¿Cómo rescatarla?

Se revisó Ceremonia de premiacion, una obra discutida y discutible, una obra que podría suceder durante la Muestra misma, una obra sobre un concurso de dramaturgia que acusaba e interpelaba a la misma muestra, hablando del teatro, el éxito, el poder. Alguno confesó haberse reído toda la lectura a mandíbula batiente. Otros la encontraron de un formato muy tradicional comparado con el resto de los materiales (digo materiales, no obras, ya me contagié).

Se revisó Hilda Peña, se le consideró una obra con múltiples entradas, un lugar de paso, una animita. Un texto muy triste y muy chileno, sumamente femenino, con un lenguaje parco para temas muy sensibles. Bien armada, bien construida, despertó el apetito del equipo.

La chica activó dudas ¿Confunde los hablantes? Se siente el hacinamiento, los niños secuestrados, los niños suicidas, la tercera persona no narrativa, la escena de la crueldad del profesor con los alumnos. La conversación se atropellaba ante la estructura textual. ¿Alude al pasado o al presente? ¿Es un texto político o un texto íntimo y doloroso, siempre doloroso?

La tercera sesión sentí que la Muestra había comenzado. Que de aquí no se salía con nada convencional. Hasta se me vinieron ideas. Yo que no tenía derecho ni a voz ni a voto.

Gastos de representación abrió el debate. Un texto circular, angustiante y angustioso, multimedial, donde lo humano desaparece y la compra de hijos se convierte en un espectáculo de voces, cerrado. Una obra pesada, enigmática, con múltiples resonancias, mucho eco, desafiante. A ratos poco asible. Como un Koltés resucitado pero con puntos de fuga, con una poesía desconcertante, inasible. El propio título, el desgaste de la representación. Lo humano desaparece.

Se supo que la obra se entregó prematura, que el autor quiso corregirla luego, un texto que se separa mucho del resto comprobando que cada texto llamaba a su propio formato. La pregunta fuerte era ¿cómo se montaba?

La revisión del material dramatúrgico activó un entusiasmo enorme, más que nunca la convicción del cruce, del riesgo y de la resistencia, de armar un tejido con los distintos roles. Convertir la Muestra en un gran laboratorio, con un discreto nivel de caos, explotar la contaminación, la práctica, ir más allá del mero diálogo. Celebración carnavalesca de la incertidumbre.

La Muestra muestra un deseo, muestra lo que carecemos.

Tocó hablar con los autores y fue inútil en primera instancia comunicarse con Alejandro Moreno por problemas tecnológicos.

Cristóbal Valenzuela relató su decepcionante experiencia de la anterior Muestra en que clasificó y que por ello escribió Ceremonia con rabia, Sebastián Chandía habló de la Muestra como un espacio crítico y que escribió La flor pensando que nunca se iba a montar. Karen Bauer calificó directamente su obra, La chica, como un “material” y rechazó la síntesis.

El entusiasmo del grupo convocó a la contaminación absoluta.

Karen Bauer comentó su obra como algo bien personal, una visión desde la infancia al mundo adulto construía con retazos de recuerdos, sin ilación lógica.

Sebastián Chandía habló de su abuelo y del relato de su abuelo como eje de su obra.

Cristóbal Valenzuela insistió en su profunda frustración anterior, su rabia, y su vitalidad derivada de esa misma rabia se hacía notoria.

Se terminó hablando de las muchas posibilidades de la Muestra. Hacer una red de montajes, de traspasos, de duplas de directores, de traspasos de funciones.

El entusiasmo cundía y la imaginación parecía campear.

Pero la sesión siguiente nos pudimos comunicar con Alejandro Moreno, autor de Gastos de representación y estaba Isidora Stevenson, la autora de Hilda Peña. Ambos habían escuchado grabada la sesión anterior con los otros tres dramaturgos y Alejandro estaba inquieto, molesto, angustiado. Sentía que esto iba a ser un engendro, un desconcierto, que la convocatoria no estaba preparada para esta inexactitud. Criticó lo que sentía el choque entre los deseos de las obras y los del grupo de creadores convocados. Se confesó angustiado por sus personajes, por lo que le había costado construir esas voces. Isidora Stevenson fue más cauta, suponía y entendía la propuesta de la Muestra, no veía una puesta en escena particular, lo llamó “los 4 cantos” y los reunió en la pieza. Alejandro Moreno reiteró su angustia ante la fragmentación y lo aleatorio. Nada de “tortas creativas” ni mezclas de autores.

La agitación del grupo fue enorme. Un texto de voces como Gastos de representación, que había abierto el apetito a la indagación y la experimentación, se convirtió en una piedra de tope.

Alexandra reculó violentamente y dijo que prefería hacer una obra y un solo montaje, lo más convencional que se pudiera. Despidiéndose de los dramaturgos, al desconectarse la video conferencia, quedó la sensación de que Alejandro Moreno había sido un tornado que había destrozado la inventiva abierta y quizás dislocada y dislocante.

Sin embargo la última sesión, que fue la sexta, la sesión extra, la coda, el final, fue clara y definitiva. Manuela Infante hizo los cruces, tomó matices de la quinta sesión y subrayó el deseo de interlocución y la necesidad de trasladar de rol a los creadores creando un modelo tejido, un ecosistema teatral convirtiendo la sede de Balmaceda en la Quinta Normal en una suerte de invernadero creativo, un sitio artificial, con diálogos forzosos donde la estructura es impuesta, un entramado quizás no tan exigente pero que abre otros espacios, otras materialidades.

El resto es historia. Manuela Infante, haciendo acopio de una capacidad de comprensión y contención admirable, mostró el tejido de la propuesta que organizaba doce montajes distintos para las cinco obras cruzando puestas completas y previsibles, con experimentación pura. Uno de los autores rechazó su versión y quedaron once para zarpar.

El entusiasmo se mezcló con el respeto por los textos. Quizás más respetuoso que nunca en tanto que buscar lo mejor para cada uno de ellos en varias miradas. Y se nos abrió (se me abrió) el apetito. Esta Muestra promete.

 

Foto: Muestra de Dramaturgia Nacional

 

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