Revista Intemperie

Intercambio de miradas en Plaza de Armas

Por: Andrés Montero
plaza de armas

Andrés Montero indaga en el mundo de la prostitución en Plaza de Armas, a través de una extraña “investigación social” que lleva hace unos años un joven estudiante de cine

 

Lo llamaremos “el estudiante”.

Es viernes, y ya ha caído la noche sobre Santiago de Chile. El estudiante viaja en micro desde su casa en Vitacura hasta un edificio del barrio El Golf. Va muy nervioso, pero nadie podría adivinar por qué. Agradece que sea fin de semana largo: no hay mucha gente en la calle. El conserje del edificio lo trata con total naturalidad. Le indica a qué piso debe ir. El estudiante toma el ascensor y luego toca a la puerta. Lo recibe un hombre de unos cuarenta años. El estudiante lo encuentra “encachado”, buena pinta, pero eso no lo hace sentirse más tranquilo. El hombre le pregunta si quiere tomar algo. El estudiante está nervioso y dice que no; luego rectifica:

-Un vasito de agua.

Mientras el hombre va a la cocina, el estudiante observa todo: es un departamento cuico, por todos lados hay fotos del hombre con su mujer y sus hijos, pareciera ser una familia feliz.

-Están en la playa –le explica el hombre al encontrar al estudiante viendo las fotos.

Le pasa el vaso de agua y se sientan en el sillón. El hombre le pasa una mano por el hombro. El estudiante no sabe qué hacer, no sabe cómo se empieza. El hombre le pregunta si está todo bien, en su voz parece haber cierta impaciencia. El estudiante comprende que ha llegado la hora, que debería bajar sus pantalones. Pero en vez de eso, le dice al hombre que lo disculpe, que no se atreve, que lo intentó.

Un poco al vuelo, el hombre confirma lo que ya había sospechado vía chat. Conversan unos minutos, le dice que no se preocupe, luego lo va a dejar a la puerta y el estudiante sale del departamento sin cobrar los $15.000 en que habían acordado el sexo oral de diez minutos.

Porque el estudiante no es, en realidad, un prostituto.

*

El estudiante tiene 24 años y está terminando la carrera de Cine en una universidad privada de Santiago. Hace pocos años asumió lo que siempre había sabido: que era homosexual. Entre otras cosas, gusta de tomar fotos con su cámara análoga. Revela las fotos cerca de la Plaza de Armas. Mientras se revelan las fotos, se va a dar una vuelta a la plaza: se sienta en un banco, se fuma un cigarro o dos, observa todo. Un día descubrió que, además, lo observaban a él: en general, hombres de entre cuarenta y setenta años que se daban vueltas y buscaban su mirada, que arqueaban las cejas. El estudiante miraba para otro lado, pero en su cabeza de cineasta ya empezaban a tejerse cosas.

-¿Una película? –le pregunto, mientras tomamos una cerveza en una esquina de la Plaza de Armas y él me va mostrando todo in situ.

-Yo le llamo investigación social. Todo lo que yo hago con la cámara es una investigación social. Da lo mismo en qué formato. Eso lo veré después.

-¿Después cuándo?

-No sé. Cuando tenga las lucas para poder filmar.

Los jóvenes prostitutos de la Plaza de Armas no tardaron en sospechar de él y de lanzarle miradas asesinas: nadie quería un puto nuevo, menos uno con esa pinta tan decente. Descubrió que no sería fácil acercarse a ellos. Por eso probó acercarse primero a los clientes.

-Iba una vez a la semana a sentarme a un banco, pero ya no bajaba la mirada sino que intentaba sostenerla. Acá todo es por la mirada. Así saben si querís hueveo o no querís hueveo. Me costó. Recién a la cuarta vez que fui logré enganchar con un viejo. Se me acercó, me ofreció un cigarro, comentó algo del clima. Pero la cagué: me puse nervioso y le dije que era estudiante de Cine y le expliqué en lo que andaba. El hueón salió corriendo. Obvio.

Tuvo un par de situaciones parecidas, hasta que finalmente hubo un cliente que se interesó.

-Se llamaba Eduardo, aunque no sé si era su nombre real. Estuvimos mirándonos como media hora, hasta que se sentó a mi lado. La cosa siempre es lenta, siempre es con los ojos. Creo que es así un poco por inseguridad y otro poco porque lo hace más atractivo. De nuevo me puse nervioso y le dije que era estudiante, aunque ya había entendido que así los espantaba. Pero Eduardo se interesó y quiso colaborar. Tuve cueva. Eduardo tenía casi 50 años, había sido milico en la dictadura, era facho, tenía a sus hijos en algún colegio gringo, supongo que medio Opus Dei: es decir, todo lo que detesto. Pero nos llevamos bien. Nos juntamos cinco o seis veces. Me invitaba a almorzar y siempre pagaba él. Al principio creo que lo hacía porque todavía tenía esperanzas conmigo, pero luego lo hacía para ayudarme con la investigación.

-¿Y no tenía miedo de que fueras a abrir la boca, que se enterara su familia o algo así?

-No, su mujer ya sabe que es gay. Hace siete años que no se acuestan.

-¿Y por qué siguen casados?

-Lo mismo le pregunté. Me dijo que a ninguno de los dos les convenía separarse. Perderían su status. Cuando tuvimos más confianza le dije que entonces él debía ser un hueón muy solo. Él lo pensó un poco y me dijo: “Sí pos, soy un hueón muy solo. ¿Por qué creís que te cuento todo esto?” En el fondo, Eduardo necesitaba hablar con alguien. Era un viejo encantador.

Eduardo le hizo al estudiante el mapa de la prostitución homosexual que él necesitaba. Juntos visitaron los cines porno, los baños públicos, los cíber.

-Estos no son lugares de prostitución, sino de hueveo – me explicaba el estudiante-. Son lugares sórdidos. Sórdidos y atractivos: lugares que parecen de ficción. Donde sí hay prostitución, además de la Plaza de Armas y otras esquinas, es en el barrio alto: los cabros se paran cerca del Costanera Center, en Lo Castillo de Vitacura… y bueno, lo que más pega hoy día es el chat.

-¿Y por qué Eduardo no buscaba cabros por chat?

-Dice que es mucho más seguro para él venir a la Plaza de Armas. Aquí no corre riesgo de que lo pillen. Además, acá él puede ver al prostituto, puede coquetear con él, sabe a quién se está llevando a la cama. Bueno, una vez me confesó que en realidad le gustan los pendejos flaites. Eso es lo que lo excita. Casi todos los viejos cuicos les piden a los putos que vayan lo más flaites que puedan a sus encuentros.

Un día, Eduardo llamó a un prostituto que deambulaba por la plaza, le contó en qué andaba con el estudiante y lo invitó a almorzar para que conversaran los tres. El chico accedió. Se llamaba Diego y tenía veintiséis años y una hija. Sus papás y su pareja creen que él sale de noche porque es guardia.

-Pero yo a mi mina la adoro –le dijo al estudiante-. Yo le cumplo siempre.

Diego le contó de los fetiches más típicos de los clientes.

-Hay de todo y depende del cliente. A muchos les gusta vestirse de mujer y gritar y gemir como mujer. Otros quieren que les cagues o les mees en la cara. Hay uno que te contrata sólo para sentarse a tus pies. Una hora sentado a tus pies. No pide nada más. También hay otros que te piden que te vistas de escolar y hagas como que eres su hijo, que les digas papá.

Eduardo, Diego y el estudiante fueron juntos a ver a don Gabriel, un caballero que arrienda piezas en un edificio que estaba justo arriba del local donde compartíamos nuestra cerveza, a metros de la Plaza de Armas. El estudiante me indicó cuál era el departamento.

-Los putos y los clientes se acuestan en la misma cama de don Gabriel. Lo respetan más que la cresta: a él nunca le va a pasar nada. Además, los ayuda, les da comida, los protege. Eduardo, Diego y yo tomamos té con él y las parejas entraban y salían como si nada. Todos se saludaban.

El estudiante miró hacia el departamento desde la calle y luego murmuró:

-Era casi un mundo alegre.

*

El estudiante no sabe todavía qué hacer con todo el material que ha ido recopilando durante más de un año. Insiste en decir que es una investigación social. Yo le digo que podría hacer una película desde el punto de vista del cliente. Él dice que sí, pero que también le interesa hacerlo desde el punto de vista del prostituto.

-Claro que eso es más difícil. Ellos no pierden su tiempo: te cobran diez o quince lucas la hora aunque sea para conversar. Además, tienen mucho miedo. Eso es común en muchos de los que yo he entrevistado. Pero lo más común de todo, lo único que me parece que los identifica a todos, es el arribismo.

Me cuenta que se ha contactado con chicos de todas partes, especialmente por chat. Ellos dicen que ir a la Plaza de Armas es rasca. Que el chat es más elegante.

El estudiante no tiene claro si elegirá al cliente o al puto para su película o su documental, pero descarta hacerlo de ambos. Tiene claro que para él, que viene del barrio alto, le sería más fácil y más creíble hacerlo desde el cliente. Pero no se resigna. Comprende entonces que debe saber qué siente un prostituto, que debe ser un prostituto alguna vez. Por chat conoce a un hombre que vive en el barrio El Golf y decide prostituirse. Le dice que él sólo recibe sexo oral, y nada más. Al hombre le parece bien, acuerdan el precio y el estudiante va a su departamento.

Es viernes, y ya ha caído la noche sobre Santiago de Chile.

 

Foto: Pajarito Liwen

Un comentario

  1. Excelente crónica, además es interesante cómo se fue abordando la investigación… Felicitaciones desde México :)

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