Revista Intemperie

Cartas para una metamorfosis mineral

Por: Rodolfo Reyes Macaya
ferdinand cheval

 

La historia de Ferdinand Cheval corresponde a la de un hombre aparentemente sencillo que  se desempeñó buena parte de su vida como cartero en el campo. Casi todos los días caminaba más de 30 kilómetros, entre pueblo y pueblo, entre carta y carta. “¿Qué otra cosa puede hacer un hombre –escribió– mientras camina una y otra vez por el mismo paisaje [entre pueblo y pueblo, entre carta y carta] excepto soñar?” El itinerario de Ferdinand Cheval estaba cruzado de piedras, plantas, animales, insectos. Poco importan las innumerables historias que no le pertenecían pero que iba tejiendo con la entrega de sus cartas. La imaginación de un campesino no es menos monstruosa ni cabal que la imaginación de un habitante de la ciudad. Tal vez, cuando empezó depositar piedras a un costado del camino para poblar el tiempo, no tenía idea que estaba iniciando la construcción de un edificio desconcertante en medio de la nada.

Al cabo de treinta y tres años de inquebrantable labor, sin ayuda de nadie, en el más provinciano anonimato, nuestro cartero dio casi por concluido su Palacio Ideal, “una maravillosa construcción –dice André Breton–a la que todavía no se ha podido dar utilidad ni destino, en la que quiso que no hubiera un solo rincón habitable, y cuyo único lugar útil era el destinado a guardar la carretilla con la que transportaba los materiales.” Sin embargo, Cheval sí quiso darle una utilidad a su construcción. Tenía la esperanza de que, como las pirámides albergan los restos de los faraones, algún día su cuerpo se borraría progresivamente entre aquellas rocas. Ilusión que, dicho sea de paso, no logró concretar, pues las autoridades civiles se lo prohibieron tajantemente. Entonces, Ferdinand Cheval con lo poco que le quedaba de fuerzas, se construyó durante ocho años su propia cripta en el cementerio de Hauterives.

Ahora, mientras escribo esto al lado de la estufa, veo una fotografía en blanco y negro que retrata a un Ferdinand Cheval ya anciano, vestido con su uniforme de cartero, empuñando un bastón. A su espalda se alzan las múltiples piedras que recolectó durante sus caminatas. En tanto que una piedra nunca es sólo una piedra y, además, una piedra es siempre diferente a otra, quisiera aventurar los innumerables mundos cerrados sobre sí que conviven en una sola construcción. En lugar de eso, sólo puedo observar el contraste que hay entre este hombrecillo frágil, casi a punto de desaparecer, y el silencio milenario de la roca. Puedo imaginarlo recogiendo fósiles, conchas, arenisca, piedras calizas, amontonándolas en un lugar alejado de todo, dándoles forma pacientemente, esculpiendo el tiempo que contiene la metamorfosis mineral.

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Cientos de años antes del cartero Cheval, un grupo de monjes budistas habían ido tallando durante generaciones la roca de los acantilados que dominan el valle de Baniyam, en Afganistán, para dar forma a dos budas gigantescos. Labor paciente que les permitió sortear los inextricables laberintos de la mente, que no van hacia ningún lado, mientras la rueda del samsara gira interminable y el dolor engendra dolor. Estos budas ahora ya no existen. Las guerras religiosas se sirvieron del invento de Alfred Nobel: la dinamita, e incluso de disparos de tanques para destruirlos. También algún día el Palacio Ideal desaparecerá; los minerales ya están familiarizados con la erosión y la catástrofe.

Hace un par de décadas, el escritor John Berger, quien había dejado la ciudad para vivir en las montañas, quiso ver en esta construcción la expresión directa de la experiencia del campesino. Pensó que su modelo no era un palacio sino un bosque. El Palacio es un templo de la naturaleza; aquella misma naturaleza que hoy se cotiza en alza debido a su creciente desaparición. “En el centro del palacio –dice Berger – hay una cripta, rodeada de esculturas de animales; sólo hacia los animales muestra Cheval su capacidad de ternura. Entre los animales figuran moluscos, piedras con ojos ocultos y, conectado todo, el tejido de la primera hoja”.

Intentando aprehender algo de vida, veo otra vez la fotografía en blanco y negro que retrata a Cheval. Los ojillos casi cerrados del anciano que ha repartido innumerables cartas tratan de enfocar la mirada de la cámara, en tanto a su izquierda, un hombre de perfil, se halla absorto en la contemplación del Palacio. Mis ojos se entrecierran; una fotografía nunca es suficiente excepto cuando se refiere a sí misma; un bosque, digan lo que digan, sólo es comprensible desde su interior, ni si quiera. Alguien podrá viajar y visitar el Palacio como se visita un museo y, sin embargo, nunca estará más lejos de aquello que perdió y que es posible encontrar en cualquier playa en la arena, que es roca erosionada por trillones de olas, tras una larga caminata.

 

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