Revista Intemperie

Crónica destacada Concurso Crónica de Viajes: Caníbales

Por: Alejandro Burgos
stones korowais

Destacada por el jurado del Concurso de Crónica de Viajes organizado por Revista Intemperie, se presenta aquí la historia ampliada de Alejandro Burgos a la búsqueda de una tribu de caníbales en Papúa Occidental

 

Los Stones Korowais o Korowai Batu (Piedra en Bahasa Indonés), son tribus  que oficialmente practican el canibalismo hasta nuestros días, giran su vida en base a creencias y ritos asociados a suanguis o brujos, viviendo sólo de lo que la divinidad les designó. Créanme, suena fácil y lindo, pero es duro, impactante, a veces aterrador.

Se ubican en las remotas tierras bajas del sur de Irian Jaya, no existen mapas, rutas o algo que haga en algún minuto sentirse a salvo. Había que organizarse, con tiempo.

Así, comencé mi búsqueda, incluyendo redes sociales. Llegué a Bob Palege, el mayor experto en expediciones en toda la región. A él lo conocí por documentales de televisión que obtuve durante el último año, era la puerta de entrada a lo que estaba por venir. Le conté mi desafío. Un tipo entrañable.

Luego de meses de coordinación, el día llegó. Estaba tenso, lo que había preparado por tanto tiempo, se erguía frente a mí y me desafiaba a enfrentarlo. Luego de 35 horas de vuelo (y 15 de escalas), llegué a las tierras de Irían Jaya en Papúa Occidental, hoy perteneciente a la República de Indonesia. Destino de partida, Jayapura, capital de la provincia de Nueva Guinea, situada en la bahía de Yos Sudarso. Acá la humedad ya nos da el primer aviso de lo que se viene, sin embargo lo más fuerte es la convicción de que ya no hay vuelta atrás, la sensación de lejanía y soledad. Probablemente estamos en uno de los lugares más lejanos y remotos del planeta. Siento calor, cansancio.

Recuerdo a Rambo, que fue y será mi película favorita. Siempre lo vi como el héroe solitario que se convertía a la realidad, que era capaz de vivir en las peores condiciones, enfrentarse a los más temibles sujetos, y finalizar siempre con la tranquilidad de la misión cumplida. Cuando pequeño alguna vez me creí él. Hoy, más que nunca.

Bajando del avión se concreta el esperado encuentro con Bob, la experiencia se nota en su semblante, los años también. La primera pregunta es directa.

–       ¿Sabes el peligro de la zona?

–       Sí –contesté con voz firme y segura–. ¿Tú la conoces bien?

–       Estuve allí hace muchos años, creo que ha cambiado el acceso.

Partimos. Bob saluda a todos, todos lo saludan. Me da confianza.

La organización, pieza clave de esta travesía, sufre su primer traspié, el vuelo a Dekai, primer punto base en la zona central, ha sufrido retraso, y ya no saldremos hoy. Así es  Papúa, descoordinación y cambios sin aviso son su carta de presentación, la vida fluye al natural, sin horarios. Esa noche me conseguí un celular y llamé a mi esposa, pregunté por su pancita y mi hijo que estaba por venir, era el último contacto por los próximos 10 días. Sentí tranquilidad y traté de transmitir lo mismo.

La siguiente mañana partimos. Bob pasó temprano a retirar mi bolso al hostal y a confirmar el despegue a lo desconocido. Mientras camino por el pueblo, observo, no hay turistas, no vienen, no llegan.

El papuense es muy singular, su timidez lo hace mirar el suelo, da la sensación de que han sufrido, sus ojos denotan transparencia, eso me gusta.

En el  aeropuerto, la humedad asfixia y la sensación de soledad es fuerte. Trato de no pensar. Rambo hubiese resistido.

Llegamos a Dekai, vuelo de 1 hora a la zona central de la región, allí las avionetas a turbinas, y la entrega de equipaje en medio de la pista de aterrizaje, hacen sentir la distancia a nuestra tan querida, pero a veces monótona, civilización. Lo primero es conseguir el Surat Jalan o permiso, en una oficina regional de bajo presupuesto en las afueras. El Surat Jalan es un especie de certificado de defunción en donde lo que firmas, en resumen, es que asumes toda la responsabilidad en las zonas de la selva que decides visitar.

Primera gran sorpresa, soy el primer chileno en visitar la región por esa entrada. Firmo, sonrío y me acerco a Bob.

–       ¿Qué pasa si nos perdemos, nos salen a rescatar?

–       ¿Rescate?, la  policía no conoce las rutas -contesta fríamente.

Confieso que mi sonrisa desaparece automáticamente.

Esa tarde llegamos a Logpon, asentamiento dónde se nos uniría Tinus y Lucas, porter y cocinero respectivamente, y por último Mus, acompañante regular de expediciones de Bob. Compramos las últimas provisiones antes de partir, el menú lo componen sacos de arroz, te, soya y café. Sólo me interesa el agua. Bob me dice que llevamos 3 cajas. Justo antes de partir veo a lo lejos sardinas en tomate.

–         ¿Podemos llevar algunas? -pregunto.

–         Llevamos 5.

Se me hizo agua la boca, me imaginé salmón, era más fácil así.

Comenzamos. Travesía encanoa a motor por 6 horas en las turbias aguas del Río Brassa. Era el inicio. Luego sabría que fue en ese lugar donde en 1961 naufragó y desapareció Michael Rockefeller, hijo del multimillonario americano. La historia dice que los desconocidos, hasta ese momento caníbales Asmat lo encontraron moribundo, lo rescataron y se lo comieron. Jamás se encontró su cadáver. Este acontecimiento comenzó por hacer más conocida la región en el mundo.

Después de varias anécdotas, incluyendo apagón de motor en la mitad de la noche, llegamos a Swator, segundo asentamiento base de la ruta para llegar a la selva. Ahí por fin descansaríamos, al menos eso creía. Un ratón en mi ombligo a plena madrugada, fue el despertador que nadie quiere. El sonido del agua al costado del río, al  menos, permitía vivir la noche de un modo más tranquilo.

Al día siguiente comenzamos temprano. Luego de 8 horas a canoa llegamos a Mabul, puñado de chozas de 15 familias. Si en Swator no había nada, acá ya era desesperante, un grupo de niños bañándose en ríos infectados de malaria, me mostraba que hay siempre formas de ser feliz con menos o nada. Respiraba profundo, eso me aseguraba vivir cada momento al máximo.

La misión aquí era lograr convencer a un tal Joseph de que nos acompañara a nuestra inmersión por la selva. Manejaba el dialecto de los Stone Korowai y eso, no era poco. Por videos y lecturas, sabía que el primer contacto no siempre es cálido, arcos y flechas son parte de la bienvenida. Ellos se hacen respetar, era nuestro riesgo. Comunicarles el motivo de mi visita era esencial.

–       ¿Qué pasa si no nos aceptan? ¿Nos comen? – pregunté, como imaginándome esas antiguas imágenes de cacerolas y huesos en la cabeza salidas de cómics.

–       Sólo baja la cabeza y no te muevas – respondió.

Y sí, porque si hay algo que no se debe hacer cuándo un caníbal se molesta es mirarlo a los ojos, la reverencia por parte del extraño debe ser absoluta y si esta va acompañada de un paquete de tabaco como regalo, el apetito disminuye. Si no cumplíamos, estábamos fritos, o cocidos, literalmente hablando.

Con todas las recomendaciones, partimos la mañana siguiente. Un par de oraciones antes de comenzar, me hicieron sentir más seguro. Acá comenzó el infierno, los mosquitos, humedad del 75% y temperatura promedio de 33 grados, no son para cualquiera. Si bien recién había comenzado la temporada seca en la zona, los rezagos de barro y pantano aún permanecían, lo que dificultaba aún más el caminar.

Rápidamente me di cuenta que, más que ser valiente o temerario, lo que valía acá era tener la cabeza clara y fría, el arrepentimiento está a la vuelta de la esquina y esa ruta no era mía.

Caminamos por más de 7 horas, divididas en 3 etapas. Acá se logra dimensionar lo alejadas y remotas que están estas tribus. Sin ayuda es imposible encontrarlos, claro está, si antes no te encuentran ellos.

Los enemigos más fuertes son la deshidratación y la fragilidad mental. Se aprende a saciar la sed con una tapa de agua y a valorar un simple té frío como hidratante y no como simple acompañante de tostadas. Se disfruta. Con respecto a lo segundo, no había dudas, había que llegar. Los héroes siempre terminan su misión.

La ropa hitech que tanto busqué y elegí para la ocasión, ya pasaba a ser una anécdota, la transpiración y humedad es infernal, falta la respiración y los insectos y moscas de malaria son tu mejor partner de viaje. Clases de biologías se me vinieron a la mente, el hombre esta 80% hecho de agua.

Entrada la noche, llegamos a una especie de aldea. No había nadie. Luego supe que esa era la hora en que las tribus vuelven de sus labores de recolección, construcción y caza. Se venía lo mejor.

Mientras esperábamos, la verdad, no se siente hambre, tu cuerpo está a mil y sólo pide agua y concentración.

De pronto, gritos despavoridos, dialectos desconocidos, y la sensación personal de encontrarse sin escapatoria de ningún tipo, nos avisan de la llegada del chief Korowai. La oscuridad de la noche al menos servía para ocultarse de la mirada directa y desafiante del caníbal, sólo eso, escaparse, imposible. Joseph era el único capaz de explicarles el motivo de mi visita, lo que era difícil. Que había cruzado el mundo por más de 40 horas, que hace un año que los estaba estudiando y que tenía videos de su vida, conociendo sus gustos y creencias. La explicación ni siquiera la tenía yo.

Las molestias de Nate Oni (Padre Central, en dialecto korowai) eran varias: haber osado pisar sus terrenos cuando ellos no estaban, andar vestidos raramente como civilizados, y no desnudos con un hoja tapándonos nuestros genitales, como en la Edad de Piedra en que ellos viven. Es raro mirarlos y enfrentarlos por primera vez, me trajo a la memoria nuestro origen simple, inocente, desnudo.

La idea original era quedarnos a dormir esa noche y a la mañana siguiente llegar a otra aldea como punto final, para ahí quedarnos una semana:

–       O se quedan acá la semana entera o se retiran en este mismo instante – me tradujeron desde Oni.

–       ¿Qué hacemos? ¿Por qué?  ¡Pregúntale por qué! – le dije a Joseph,

Luego sabríamos que la siguiente aldea era enemiga acérrima de la familia de Oni, desde que Oni no accedió a comprometer a su hija con el hijo del jefe del otro clan. Todo terminó con su hija asesinada y la guerra declarada hasta hoy. No quedaba más que aceptar la “cordial invitación”.

Los siguientes siete días fueron de vivencia pura. Lo primero que impacta son sus construcciones en altura, que pueden llegar a más de 80 metros.

En los orígenes, la necesidad de protegerse de la abundante fauna selvática y de ataques de tribus enemigas (como los Kombai, en este caso), los hicieron construir sobre altura y en diversas ubicaciones. Hoy es parte de su cultura, y si bien el ataque de fauna es menor, las guerras siguen y la altura permite adelantarse al oponente con una privilegiada ubicación, detectando y acribillando al enemigo desde varias posiciones. La base de estas construcciones es la madera proveniente de la palmera Sago, tipo de árbol con propiedades de resistencia inigualables.

Existen dos tipos de construcciones: las que está edificadas con apuntalamientos en suelo, a alturas de 20-30 metros, y las más imponentes, construidas en las copas de los árboles a 80 metros. Tuve la suerte de ser parte de una construcción de las más bajas y que además nos mostrarán, con lluvia torrencial y canto a los dioses incluidos, la logística y coordinación de las más altas.

En una palabras: impresionante.

Los días siguientes fueron un festín de experiencias únicas e irrepetibles: participar en el proceso del Sago, su alimento principal, extrayendo la pulpa del árbol, para luego dejar podrir los residuos y consumir los gusanos que de allí se generan. No se vive dos veces. Proteína pura.

Si bien su forma actual de vida, basada en autosuficiencia e inteligencia, es un atractivo en sí mismo, no se puede negar que la atracción principal era conocer y entender, “de su propia boca”, como viven al día de hoy el canibalismo. La intención era generar el momento adecuado para realizarle una entrevista al más longevo del clan, el viejo Loufareg.

Me encontraba nervioso, no quería incomodarlos con preguntas, pero lo necesitaba. La reunión fue fijada en nuestra choza para el último día de la expedición.

Requería de dos personas adicionales para convertir mi inglés en su dialecto: Bob fue mi traductor al Bahasa y Joseph traducía, finalmente, al dialecto Korowai. A la cita, se unió Oni, quién quiso estar presente, casi como cautelador de cualquier pregunta que pudiese alterar a Loufareg o despertar algún apetito escondido.

Comencé mostrándole un mapa del mundo, direccionado su dedo sobre Chile y señalándole el trayecto hasta su propia  selva. Un agudo y sincero “uhhhhh” junto con una mueca de risa,salió de Loufareg, reafirmando aún más la sensación de lejanía en que nos encontrábamos.

Jamás había visto un mapa del planeta y menos sabía cómo se formaba geográficamente el lugar donde alguna vez nació, para no salir jamás:

–       ¿Sabes cuantos años tienes? – pregunté.

–       No, pero he visto crecer y morir a mucha gente, así percibo el tiempo.

–       ¿Conoces lo definido cómo civilización? ¿Te interesaría vivirlo alguna vez? –continúe.

–       Para mí esto ha sido toda mi vida, no conozco más ni lo necesito, acá tengo todo: frutas, peces, agua.

–       ¿Sabes que en el mundo ustedes son reconocidos por ser los últimos caníbales existentes?

–       No conozco las formas de vida del resto, nosotros actuamos de acuerdo a creencias y el sentido que le damos a nuestras acciones.

Esa era la respuesta que necesitaba para hacer el enlac!, así que interrumpí.

–       ¿Puedo saber cuáles son esas  formas y sentidos?–. La pregunta la hice en voz baja, casi con miedo, asumiendo quizás la negativa del entrevistado.

–       Sí – respondió.

Lo que vino después fue imborrable.

La primera y más intrigante forma de canibalismo tiene origen en la creencia y existencia de suanguis o brujos malditos quienes, por encargo, son indicados para embrujar o hacer el mal a quien sea señalado. Esta brujería, literalmente, va matando y destruyendo al objetivo en un par de días: sensaciones de malestar, visiones, histeria, etc. dan lugar a la consumación del embrujo. El afectado siente que se va muriendo de a poco, va perdiendo sentidos y adquiere sensación de vació interior.

Me impactaba Loufareg, sus respuestas eran precisas y claras, no dejaban nada a la imaginación. La adrenalina se me salía por las venas.

Oni interrumpió para dar más detalles. Contaba que los más fuertes alcanzan a distinguir quién es el “brujo”, y antes de morir relatan a su más cercano su nombre, luego, la revancha es la última escena de este thriller de ficción: familiares más cercanos dan caza al suangui, y éste es preparado por al menos una semana en mantención física y alimentación; ¿el motivo?, una especie de último deseo antes de ser acribillado como en la mejor película del oeste. Interiores y corazón son la entrada del banquete, el corte de extremidades le sigue en forma inmediata de plato de fondo, desde donde extraen las vísceras  para consumir in situ y directo del enemigo.

–       ¿Qué pasa con la cabeza o el cráneo?

–       Sirve de almohada por los siguientes días. Motivo, humillación pura.

–       ¿Alguna historia personal que contar?  – le susurré a Bob.

–       Sí, dos veces fui testigo del proceso de abrir los cadavéres de Korowais atacados por suanguis, y comprobar que faltaban órganos y corazón, como si la creencia que los suanguis te comen vivo cobrara valor más que nunca.

Ya no podía más, el escuchar esto me daba la sensación de estar en un mundo distinto, lejano, venido de otra creación. Es difícil describirlo, la experiencia no es transferible, espero lo entiendan.

La segunda forma de canibalismo, se produce en épocas de guerra, y acá el modus operandi es el siguiente: una vez derrotado el enemigo, se corta con un tajo vertical el cuerpo de los líderes de la tribu, se bebe su sangre en rito a la victoria, para derramar el resto sobre las chozas o casas en alturas, con el objeto de impregnarlas de la valentía y fortaleza de los mejores. O sea, te mato, te como y luego te rindo honores. Único.

La charla siguió con presentaciones de fotografías de mi familia y algunos recuerdos de mi investigación previa al viaje. De repente Loufareg interrumpe y  le dice algo al oído a Joseph, el susurro llegó a Bob.

–       Loufareg pregunta ¿por qué viniste de tan lejos a vivir esto?

Quedé mudo. No tenía respuesta. No estaba preparado para ser el entrevistado.

Lo que vino ahí fue fuerte, el sentir que toda esta experiencia me llenaba de manera única sin un porqué previo, me hacía feliz, el vivir la libertad y simplicidad de cada segundo, sin ser parte de la cotidianeidad, me hacía sentir  diferente, libre, y me mostraba en mi mejor versión.

Finalmente, no pude contener las lágrimas y con voz entrecortada les dije: “Aún no sé  por qué vine ni por qué estoy acá, sólo sé que de ahora en adelante ustedes forman parte de una de las experiencias más fuertes y valiosas que tendré. Gracias por haberme recibido y enseñado, que Dios los bendiga.”

Loufareg llevó sus manos a sus ojos y cómo última palabra, señaló: si tú estás triste nosotros también, si algún día vuelves serás recibido como un hijo más, esta es tu casa y tú uno de los nuestros.

Esta expedición sin lugar a dudas quedará grabada cómo una de las vivencias más potentes e irrepetibles en mi vida, el sólo hecho de sentirse parte de la Edad de Piedra con su actores más graduados, es una oportunidad única y vale la pena ser parte de ella. Tal como mis héroes de infancia lo hubiesen hecho. Aunque pensándolo mejor, después de lo que les he contado, no estoy tan seguro que Rambo se hubiese atrevido.

 

Foto: Alejandro Burgos

 

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