Revista Intemperie

Felipe Berríos y los medios

Por: Intemperie
felipe berrios

 

Felipe Berríos volvió de África y en menos de dos semanas dio un par de entrevistas en televisión que causaron furor en las redes sociales. Pero ¿entre quiénes? ¿Católicos deseosos de un discurso un poco más abierto y “cercano a la gente”? ¿Progresistas de izquierda siempre ansiosos de avanzar en la conciencia social del pueblo chileno? ¿Marxistas –redimidos o no–, que ven en el cura la última resucitación de sus anhelos sociales?

Berríos se ha hecho famoso entre la opinión pública por su trabajo en sectores vulnerables a través del Techo para Chile e INFOCAP (esto es normal en todo caso), y por columnas y opiniones frecuentes contra el clasismo, la injusticia social y la necesidad de que la política aborde de manera más directa los problemas de desigualdad (esto también es bastante normal).  A través de sus columnas que publicaba en La Revista del Sábado, y sus conexiones personales con la elite chilena, ha sido un azote permanente para el público de clase alta, que al parecer se deja latigar gustosamente por sus críticas.

Ahora, remeció a la opinión pública en primer lugar con una valoración positiva de la reforma educacional, al menos en su intento de poner fin a la segregación (a diferencia del cardenal Ezzati, que ha sido mucho más crítico de la reforma). A continuación prosiguió con una crítica al consuetudinario clasismo nacional: “Los chilenos somos iguales a los perros cuando nos juntamos, nos olemos el trasero. ¿Dónde estudiaste?, ¿de dónde eres?, para ubicarnos socialmente y encajonarte”. Luego, los palos a la elite de la jerarquía eclesiástica, que son el sello de su mensaje:  “Yo le pido a la Iglesia Católica, que tiene el 7% de los colegios de elite, hacer un esfuerzo. Si esos colegios no abren sus puertas para mezclarse con el resto de la sociedad, esto va a fracasar (….) Lo que tiene que cambiar es que los colegios pagados privados dejen de discriminar a los alumnos.” Como guinda, un discurso mucho más abierto en relación con la homosexualidad, que hasta ahora no había esbozado: “Quiero decirlo claramente: los homosexuales y las lesbianas son hijos de Dios y están llamados a la santidad como todos nosotros. No son ciudadanos de segunda clase ni están en pecado. Es una condición distinta y nos ayudan a ampliar nuestro concepto de sexualidad”. A continuación, para mayor claridad: “¿Cuál es el problema del matrimonio homosexual? Los homosexuales son hijos de Dios. Él los creó homosexuales y lesbianas, y Dios está orgulloso de que lo sean. El problema está en nosotros, que no lo entendemos. No en ellos”.

Estas opiniones, expresadas de manera casi consecutiva en dos programas de televisión, encendieron el debate sobre el tema y suscitaron amplias reacciones de apoyo. Pero ¿son realmente novedosas y relevantes, o constituyen simplemente lugares comunes de la sensibilidad contemporánea, que ya todos debieran compartir?

En cierta forma, lo que dice Berríos es lo que ya todo el mundo sabe, son “lugares comunes” del discurso nacional, pero que, sólo por el hecho de que los diga un cura, y tengan acceso a un público de elite y conservador, adquieren particular importancia y generan un amplio revuelo. En este sentido, son como las opiniones que vierte Carlos Peña domingo a domingo en el  Mercurio: fin al clasismo, al tráfico de influencia y a los privilegios; priorización de la meritocracia y la igualdad de oportunidades. Ideas, a estas alturas, de sentido común, casi obviedades, pero que adquieren relevancia fundamentalmente porque se realizan desde la tribuna “oficial” del Mercurio y están por tanto dirigidas al público conservador y reaccionario de este país, que no deja de escandalizarse semana a semana con estas propuestas casi revolucionarias.

En este sentido, el aporte de Berríos puede ser que su opinión efectivamente acceda a este grupo monolítico y conservador, el de la curia eclesial, y la elite socioeconómica de Chile, que hasta ahora han resistido estas ideas respaldadas por gran parte de la sociedad chilena. Su voz también adquiere importancia porque marca una fisura en el discurso tradicional de la Iglesia, al menos en lo referente a la gestión de los colegios católicos y a la posición frente a la homosexualidad.

Pero hay otros que se preguntan por qué la opinión de Berríos adquiere tanto peso si hay muchos otros que vienen diciendo lo mismo hace años, décadas, sin que en sus voces sean escuchadas o recibidas con tanta atención. Por qué Chile necesita que sea un cura el que lo diga, se pregunta por ejemplo Óscar Contardo en su columna del día de ayer en La Tercera.

Según Contardo, Berríos encarna “el rostro comprensivo de un clericalismo colonial de raíces centenarias”. Constituye una fuente de oxígeno para sectores católicos ansiosos de una mirada más abierta, pero también ejerce fascinación en sectores laicos o seculares, que abogan por un “Estado laico cuando un sacerdote conservador habla, pero celebran cada vez que Berríos hace declaraciones desde una tribuna privilegiada”. “Un discurso que se aplaude” prosigue Contardo “no por su originalidad, sino porque lo dice un sacerdote cercano a la elite, que es a la vez el grupo que critica y acusa”.

Tomando en cuenta la perspectiva que plantea Contardo, sería válido preguntarse si el gran impacto que generan siempre las declaraciones de Berríos son signo de una sociedad que por fin empieza a despertarse y remecerse de sus ataduras conservadoras o, por el contrario, son un síntoma más del problema: una sociedad que no reconoce sus falencias a menos que estas sean sancionadas por una figura de autoridad y de elite: un sacerdote que le habla a la clase alta.

 

Foto: 24horas.cl

 

*Artículo publicado originalmente el 01/07/2014

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