Revista Intemperie

Brasil, aparta de mi esta copa

Por: Chico Jarpo
el primer gol del pueblo chileno

Chico Jarpo se salta lo que considera la “imbecilidad del hincha”, para abordar la idea del fútbol como símbolo y discurso oficial del modelo dominante

 

1. El ajinomoto es un condimento curioso. Su gusto, es casi indetectable al paladar. La verdadera gracia de este aliño insípido consiste en potenciar los sabores del resto de los ingredientes del plato sobre el cual se espolvorea. Bajo su acción, las carnes sudan suculentas y secretas enjundias; las verduras, profusas pulpas, y el caldo recrudece sus pigmentos. Pues bien, parece ser que el fútbol, al igual que esa peculiar especia, exacerba la estupidez del público que lo consume. Ahí están los comentarios de Luis Dimas y la Cordero para comprobarlo. Sin embargo, no es mi intención discutir aquí ésta, ni ninguna otra de las tantas obviedades en torno al mundial. Así, por ejemplo, doy por descontado alcances sobre la enajenación idiota que padece el espectador promedio, ni acerca del despliegue poco sutil de pautas de trasnochada virilidad, ni mucho menos referencias al entusiasmo patético y chauvinista que genera en algunos fanáticos. No porque considere que carezcan de interés, sino que, tal como he señalado, creo erróneo endilgar sus causas al evento deportivo. Todas las expresiones de imbecilidad que desata el mundial no son más que síntomas de enfermedades crónicas que padecemos como sociedad hace ya bastante tiempo.

2. Y a pesar de todo lo dicho, conducir al paredón al hincha parece ser un acto de una sencillez elemental, tan básico e infame como el ejercicio de pasar por las armas a la figura del encapuchado en las protestas estudiantiles. En su lugar, me gustaría proponer ciertas ideas del fútbol en tanto símbolo y discurso funcional al modelo dominante. Para conseguir plasmar esta perspectiva, basta con observar el feliz matrimonio que mantiene la selección, el Estado y el mercado. Polígamo e impune, el idilio triangular entre el deporte, el gobierno y el área comercial se manifiesta con una cotidianidad inquietante. Durante todo el recorrido de la selección chilena, desde las eliminatorias hasta el mundial, Sampaoli ha sido el protagonista no de una, sino de dos campañas publicitarias para la banca privada. Pero quizás se trate de un amorío reciente. El Estado en cambio ha mantenido una prolongada y longeva relación con el fútbol. Aunque no exenta de algunas fricciones, proverbiales sin duda, como aquellas fintas hechas al saludo oficial, de Colo-Colo con el dictador primero, y de Bielsa con Piñera recientemente (a la historia le encanta mirarse al espejo), el vínculo entre el balompié y el ejecutivo, siempre ha tendido a un populismo ramplón. Si de un lado el mercado explota el discurso patriótico por medio de una puesta en escena que busca equiparar nación con consumo, la política se empeña en figurar junto al triunfo deportivo, como método para reforzar su imagen frente a un electorado esquivo. ¿Es necesario señalar que la representatividad de ambas instituciones respecto a algo que acaso pudiésemos llamar lo “chileno” siempre se encuentra articulada de espaldas a las necesidades reales del pueblo? Espero que no. Sin embargo, más allá de estas suspicacias, los mecanismos de cooptación levantados en torno al fútbol revelan no sólo su función ancilar respecto al poder, sino que además nos permiten observar una de las dinámicas medulares urdidas por el modelo dominante. De esta forma, lo privado y lo estatal expresan su solidaridad dentro de la lógica del neoliberalismo chileno (descartando así, de paso, su supuesto antagonismo). Es decir que no necesitamos ver a la máxima autoridad política junto a los auspiciadores de la selección para inferir sus intereses comunes. Pero ¿qué es lo que la política y el mercado fagocitan del fútbol?   

3. El sujeto popular, cierta concepción de él mejor dicho, es el principal recurso simbólico que capitaliza tanto el Estado como el sector privado a partir del fútbol. Ambos, como ya se indicó, actúan de manera convergente y hasta cierto punto, se podría afirmar que se trata de entidades consustanciales. No es de extrañar entonces que los bancos blanqueen su de por sí ya percudida imagen a través de las campañas publicitarias dedicadas a la selección. Ahora bien, cuando la administración pública gestiona su erario haciendo eco de estas representaciones comerciales de lo popular estamos frente a una perfecta alienación de los poderes al interior de la clase dominante. El fútbol, en tanto actividad no tan sólo consumida, sino que más importante aún, protagonizada, por sujetos que en su mayoría provienen de sectores marginales resulta ser así un inmejorable catalizador para elaborar discursos de unidad y armonía dentro de un país (y un continente) desgarrado por la injustica social. Este imaginario proyectado en conjunto por los capitales privados y públicos, consigue además, entre otras tantas pelotudeces, que el Estado invirtiera grandes sumas, (ciñéndose a las reglas asistencialistas del gasto focalizado) en la construcción de centros deportivos dentro de los barrios pobres. Llegado a este punto preciso el tecnócrata y el publicista se confunden irremediablemente. De cierta forma el deporte se sacraliza y adquiere una legitimidad inapelable. Ante la droga y la delincuencia, esos grandes flagelos que provoca la miseria (fenómenos espontáneos y autogenerados al parecer), el fútbol parece ser un antídoto plausible. Es así como, una vez más, y lo que es peor, con el consentimiento entusiasta de la población, se vuelve a ponderar las capacidades de los explotados en términos de su desempeño físico. De cierto modo, esta somatización, es el elemento tácito que desplaza al intelecto dentro de aquel espacio simbólico, tan espurio y dañino, en que conviven sin chistar la clase dominante y la dominada repartiendo con satisfacción sus roles. Y no es de extrañar: entre el libro y la pelota, solo esta última garantiza la docilidad y la aquiescencia de los sectores marginados.

4. Lejano, aunque no del todo perdido, está aquel mural que pintara Matta junto a la Ramona Parra en La Granja. En él se representaba una pichanga que alegorizaba tanto la lucha de clases como los proyectos y logros de la Unidad Popular. Su título: “El primer gol del pueblo chileno”.

 

Foto: mural El primer gol del pueblo chileno (La Granja, 1971) Matta/Brigada Ramona Parra /cvc.cervantes.es

Un comentario

  1. Pablo dice:

    Felicito al autor, de paso hubiese sido bueno contrastar la crítica mundialera con la relevancia social de los clubes de barrio, al menos los históricos como en Cerro Playa Ancha en Valparaíso, o General Velásquez en Estación Central, que invocan a un grupo de hinchas o colectivos vinculados con su espacio y territorio.

    La tele no muestra el único fútbol posible. Y bueno, el ajinomoto con exceso de academia lo mando con un sofrito a la olla…

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