Revista Intemperie

El discípulo: mundo de simulacros

Por: Sebastián Concha Villanueva
el discipulo sergio missana

Sebastián Concha revisó lo último de Sergio Missana, y alaba la capacidad del autor de ir derrumbando las certezas del relato y de los grandes discursos asociados

 

Jamás por los intersticios, sino más bien por las vías habituales y amparado por los gigantes editoriales Planeta, FCE y Seix Barral, Sergio Missana (1966) se ha instalado como una de las voces más prominentes de nuestro continente en los últimos tiempos. No gratuitamente su novela Las muertes paralelas (2010) fue incluida por Carlos Fuentes dentro de su canon personal de las mejores novelas latinoamericanas del siglo XXI. Luego de haber estudiado periodismo en la Universidad de Chile, de haber obtenido una maestría y un doctorado en literatura española y latinoamericana en la Universidad de Stanford, y de haber publicado 5 novelas, escribe El discípulo (2014), editada por Seix Barral en su colección Biblioteca Breve.

Una pequeña anécdota inspira la novela: Morton Smith, un profesor de la Universidad de Columbia, descubre en 1958 un evangelio apócrifo atribuido a San Marcos. En la actualidad, debido a que no existe el documento original, abundan las dudas sobre la veracidad del hallazgo.

Gracias a esta confusa disputa, las musas susurran al oído de Missana para que su pluma despliegue una escurridiza historia. Todo comienza con el funeral de Oliver Ryan, un prestigioso académico de Estudios Religiosos de una universidad californiana, al que asiste su ex yerno, Sebastián Torres, el protagonista, un periodista chileno que se encuentra en Estados Unidos cursando una maestría en literatura. Ahí también están su antigua pareja, Gwen, y la hermana de ésta, Hayden, con quien mantiene una inconveniente complicidad sexual. Finalmente, nos encontramos con el chileno Max Infante, el ayudante de Ryan que reclama la autoría de un trabajo de su maestro. Las acciones de éste por lograr su objetivo son el motor de la novela.

La primera parte es el bosquejo de un ambiente, que por lo demás no es nada diferente de lo que se ha conocido hasta hoy, pues todos los personajes están imbuidos en el aletargamiento de sus propias personalidades: son individuos enfrascados en el mundo académico, ninguneando lo que hacen o intentado ascender a toda costa, como Sebastián y Max, respectivamente, o son individuos que adoptan extravagancias que esconden la inquietud de un desasosiego existencial, como Hayden. En el fondo, todo es disconformidad y simulacro. Hasta el momento, las acciones se constituyen como la secuencia de lo que ya es una tradición y, al mismo tiempo, un síntoma: la “bolañesca” tendencia de crear personajes expertos en literatura, que andan a la deriva de la vida y que intentan, de alguna manera, encontrar alguna certeza.

Lo interesante de la narración comienza cuando ésta adopta el tono de una novela policial. Max Infante, en su afán por lograr una buena posición en el mundo académico, pretende hacerse cargo del legado del maestro, a quien hasta ahora ha imitado ridículamente. En tal intento se adjudica el honor de haber escrito La secta de los nazarenos, obra erudita que comenta una epístola apócrifa de San Pablo, el gran hallazgo secreto de Oliver Ryan. Frente a esto, Gwen emprende una batalla jurídica por los derechos de la obra y acusa a Infante de haber robado información. Sebastián Torres se verá enfrascado en la ardua tarea de desenmascarar al supuesto impostor o comprobar si lo que dice es verdad.

Se emprende una árida indagación intelectual, en la que la figura de San Pablo se vuelve fundamental, ya que es proyectada en el enigmático acusado: ambos entran en el supuesto juego de utilizar la noble y desinteresada obra del maestro, sin embargo, al final, son estos los utilizados, pues fueron simples piezas de un engranaje mayor. Desde esta premisa, la novela se interna en significativos embrollos que se traducen en inestables y efímeros accesos a una verdad; el caso parece siempre estar resuelto, pero jamás lo está. Al parecer, todos los sacrificios son vanos.

La maestría de Sergio Missana radica en su capacidad de ir derrumbando constantemente las certezas del relato, por lo que el lector queda abandonado en un abismo de fructífera soledad. Esa es la fórmula para que el pensamiento cobre un rol fundamental y se vislumbre la polisemia de El discípulo: la crítica simultánea al cristianismo, a la academia y al utilitarismo monetario.

 

El discípulo 

Sergio Missana
Seix Barral, 2014, 263 páginas.

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