Revista Intemperie

Adiós a la selección de mis amores 

Por: Andrés Olave
chile en sudafrica 2010

A propósito del último partido amistoso de la selección chilena, Andrés Olave repasa los alcances y riesgos del fanatismo que produce la Roja de todos

 

Espacio temporal: miércoles de la semana pasada, un poco después de las ocho de la noche. Lugar: un bar de cervezas en San Pedro de Atacama. Motivo: partido amistoso Chile-Irlanda del Norte, en Valparaíso, despedida de la selección de mis amores antes de marcharse al Mundial. Crítica: partido mediocre y trabado, nada memorable. Problema: los ánimos de los hinchas del bar se han ido caldeando a medida que los jugadores de la Roja se estrellaban repetidamente contra los espigados defensas norirlandeses, lanzaban centros sin destino o calculaban mal el último pase gol. Los parroquianos, impacientes, golpean las mesas, gritan, exigen que un jugador a 50 metros del arco dispare como si esto fuera el Real Madrid del 92 y Roberto Carlos llevara la pelota. El clima se enrarece. Recopilo algunas frases oídas al azar: “estoy ansioso”, “¿¡cómo chucha se le ocurre a Sampaoli meter a Vidal?!”, “esto está mal”, “tengo ganas de romper cosas”. Malas vibraciones. De hecho, si no entra Alexis Sánchez y arregla el tinglado creo que la muchachada no hubiera tenido problema en prenderle fuego al bar (conmigo adentro).

Hasta ahora yo creía tener una clara conciencia de los alcances de la pasión futbolera y de la necesidad de las masas de hacer catarsis a través del triunfo y los goles del combinado nacional, pero, en serio, no me hallaba preparado para enfrentar esa ira tan prematura y desmesurada –y recuerden por Dios que era un simple e intrascendente partido amistoso. No había para qué ponerse tan dramáticos.

Si miramos el ranking de la Fifa encontraremos a Chile en el puesto 13°, una ubicación levemente injusta pues nuestra selección probablemente deba estar entre los diez mejores equipos del mundo, aunque claro en la parte de abajo (8°, 9°, 10°). Esto, claro, es un motivo para sentirse orgulloso. Aunque uno no haya puesto un pie en una cancha en años y en aquella ultima ocasión uno haya pisado la pelota y se haya caído de forma vergonzosa. De cualquier forma, tenemos una buena selección que por cierta fatalidad (¿la mala suerte del chileno?) le tocó en este Mundial el ominoso grupo de la muerte, es decir, jugarse la clasificación con España y Holanda, dos de los pocos equipos que, la mayor parte del tiempo, sí son mejores que Chile.

Por supuesto, los empresarios han tratado de animarnos: una conocida marca de cerveza nos ha explicado que Chile mete miedo en el extranjero, que los holandeses despiertan gritando en mitad de la noche ante las presencias espectrales de Gary Medel o Arturo Vidal. Que españoles y australianos, como si esto fuera el Apocalipsis, caen en el llanto y el rechinar de dientes por tener que vérselas con el mago Valdivia. Exageraciones, obviamente, pero que nos dan pistas del notable etnocentrismo que, desde tiempos inmemoriales, ha sufrido nuestra nación. Que dan cuenta de esa herida abierta producida por el aislamiento y el ostracismo producto de vivir en uno de los últimos rincones del globo; la tristeza de un destino de país chico, remoto e incomprendido. Pero supongo que no hay mayor problema si uno entiende esto. ¿Pero qué pasa si no lo entiende? ¿Si uno se toma el comercial de cerveza Cristal en serio? ¿Qué pasa cuando, a nivel futbolístico, nos empezamos a creer el pueblo elegido? ¿No nos pondría nervioso cada amago de derrota? ¿No nos inundaría la desesperación al notar que en la cancha la selección no es claramente la mejor?

Algo de eso ha estado sucediéndonos los últimos 20 años, desde la clasificación de la Roja al Mundial de Francia. Puede que un fenómeno similar también esté ocurriendo en otros países: la exacerbación del sentimiento patriótico y la obsesión chauvinista por medio del pathos selección de fútbol. Como ese otro spot de una casa comercial donde se robaban sin escrúpulos el tema Todos Juntos de Los Jaivas y congregaban una multitud en la Plaza de Armas. ¿Juntos para qué? ¿Y es necesario recordar que en un Mundial siempre hay 31 equipos vencidos y un solo vencedor?  Qué si no somos ese vencedor no somos más que otro equipo que tarde o temprano morderá el polvo de la derrota. Y si hemos cifrado nuestras esperanzas, sueños y hasta nuestra salud mental en la selección… ¿No es toda esta parafernalia un juego egocéntrico mal planteado donde al final del largo día solo lograremos aumentar nuestros niveles de ansiedad y nervios fuera de cualquier protocolo racional y nos darán hasta ganas de prenderle fuego a cualquier bar de provincia por un mal partido amistoso de la selección de nuestros amores?

 

Foto: Mundial de Sudáfrica 2010. La última victoria de Chile en una copa del mundo había sido el 16 de junio, en el Mundial de 1962, gracias a un remate de Eladio Rojas. 48 años después, en Sudáfrica 2010, “La roja” cambiaba la historia con gol de Jean Beausejour sobre Honduras, en el estadio Mbombela de Nelspruit, cerca de la frontera con Mozambique. / Rodrigo Marín Matamoros

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