Revista Intemperie

Un haitiano en Santiago

Por: Sebastián López
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Entre bailes y cantos, Sebastían Lopez se interna en el mundo de los haitianos en Santiago

 

Durante la tarde del 18 de mayo, frente al Cementerio General y hasta el metro Einstein, cientos de haitianos bailaron, cantaron en creole, y tocaron música haitiana intentando acortar los más de 6000 kilómetros que separan Port-au-Prince de Santiago. Los haitianos celebraban los 211 años desde que Jean-Jacques Dessalines –ex esclavo, revolucionario y primer emperador de la Haití descolonizada- mandó a izar la bandera nacional en reemplazo de la francesa.

En Avenida La Paz, las muchas banderas que cada participante traía se movían de mano en mano, eran besadas y bailaban o descansaban sobre las espaldas de algunos. Guaguas, niños, adultos, haitianos, ecuatorianos, chilenos, nos movíamos y bailábamos mientras las micros y los autos pasaban pegados al pequeño carnaval caribeño y ojos curiosos intentaban entender de dónde salía tanta gente con tanto orgullo nacional y alegría.

Una semana antes, me encontré con Odiel Dessin, presidente de la Organización Sociocultural de los Haitianos en Chile (OSHEC). He aquí lo que me contó sobre su experiencia, y la realidad y dificultades que enfrentan muchos haitianos en Chile.

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De los orígenes de mi familia es muy difícil saber, uf, muy complicado. Yo sólo sé que de parte de mi mamá tengo familia que viene de otro país porque mi mamá es de Bombardopolis, una ciudad chiquita en Haití, y en ese momento había hartos alemanes ahí y mi familia como que sale de ahí, entonces, yo sería como mestizo porque mi abuelo era blanco, sólo eso sé. Luego cuando me mudé a Port-au-Prince, viví ahí como cinco años y comencé mis estudios de telecomunicaciones que no pude terminar porque yo salí de Haití en 2009, me fui a vivir en Ecuador.

Viví un año ahí y de allá intenté venir a Chile pasando por Perú, pero me rechazaron en la frontera de Chacalluta porque no tenía suficiente dinero para poder quedarme acá, así que tuve que quedarme en Tacna nomás. Estuve allí como un año, trabajé en restaurantes y enseñé bailes. Logré tener una escuela grande de baile, tenía más de cincuenta alumnos y justo cuando estaba preparando un programa de televisión allá sobre el baile, unos amigos haitianos que estaban acá en Chile me dijeron, “Pero Odiel, ¿qué está haciendo en Perú? Venga acá a Chile, hay más trabajo” y dejé los proyectos y me vine a Chile. Crucé todo el norte en bus: Arica, Iquique, Antofagasta, el desierto, todo, y llegué a Santiago.

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Ser inmigrante no es algo fácil

Uno tiene que ser positivo en la vida y tener otra política: lo que viene, viene y siempre mirar pa’elante. Esa es la idea de ser inmigrante: afrontar la realidad, a lo que hay y acomodarse a la realidad.

Yo nunca me voy a arrepentir de mi pasado, solo estoy echando adelante nomás. Lo que me motiva es tener una mejor vida. Económicamente, para poder vivir. O sea, si hoy me levanto con diez mil pesos, tengo que trabajar para mañana tener veinte, para tener treinta, esa es la idea. Buscar algo mejor.

Yo te digo algo: la idea no es juntar plata, la idea es tener un conocimiento, aprender, buscar una profesión y volver a Haití porque allá puedo hacer plata también, con mis conocimientos, mis proyectos, mis ideas, pero yo busco perfeccionarme, aprender y volver porque, para un haitiano de verdad, dejar Haití no es algo fácil.

Dejar mi país es como haber cambiado algo en mí, dejar la cultura, pero trayéndola en mí mismo. Es duro, es fuerte, yo lo digo como un haitiano de verdad y uno extraña todo, la cultura, el país, la gente, el baile, las comidas, las playas, los lugares lindos, los lugares feos, todo, todo. O sea, si en este momento que estamos hablando, usted me pregunta, “¿Usted extraña mucho su país?”, yo le digo, “Mi mente está allá, mi cuerpo está acá en Chile”.

Lamentablemente aquí no se enseña la riqueza de mi país porque si le preguntas a un niño o a cualquier persona qué es realmente Haití, te va a solo decir, “ah, es el país más pobre del mundo”. Bueno, es así, pero no debería porque lo que no sabe la gente cuando habla de Haití o habla de la independencia en Latinoamérica, es que Haití es el primer país después de Estados Unidos que tiene su independencia en 1804 y después viene todo. De hecho, Haití ayudó a Estados Unidos en una batalla, la batalla de Sitio de Savannah para que ganaran su independencia, pero nadie reconoce eso. Y Haití ayudó a Ecuador, Bolivia, Venezuela también. Mi país siempre ha sido un pueblo muy luchador, revolucionario, de luchadores por la libertad.

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Actualmente en Santiago, la comunidad haitiana supera las tres mil personas, según la embajada de Haití. Antes de 2010, los caribeños en Santiago no eran más de 200, pero después del terremoto en Haití, comenzaron a llegar más frecuentemente, y grandes comunidades de haitianos ahora se encuentran en Quilicura, Estación Central, Independencia y Pedro Aguirre. A medida que iba creciendo el número, fueron creando sus propias organizaciones sociales, culturales y asistenciales para, en conjunto, crear comunidad y enfrentar problemas comunes.

Una de esos grupos es OSHEC (Organización Sociocultural de los Haitianos en Chile), creada el 6 de junio de 2010. Odiel Dessin, es el nuevo presidente de OSHEC, cuenta de sus orígenes:

Se creó en Estación Central con la idea era ayudar a la comunidad de haitianos en Estación Central que sufrían de abusos con los contratos de trabajo, y también promover la cultura y la tradición haitiana en un ámbito de intercambio cultural.

Hay empleadores que prefieren vender el contrato de trabajo para que los haitianos puedan regularizarse en el país, y en Chile eso es ilegal. Como los ven que vienen de otro país, de otra cultura, creen que se pueden aprovechar. Ahí Adenaud (el primer Presidente de la organización), decidió crear la OSHEC.

La organización funciona así: si un haitiano tiene problemas, nosotros nos juntamos y lo ayudamos. Por ejemplo, llega alguien con un problema en su trabajo y nosotros lo asistimos porque los directores de mi organización, nos graduamos el año pasado de un diplomado de la Universidad Católica en derecho laboral, así que tenemos ideas sobre temas laborales para poder acompañar a esas personas en sus juicios. Si yo no puedo, llamo al secretario para que vaya a acompañar a esa persona tal día, si él no puede, va el director de salud o de educación, así que estamos bien organizados y preparados.

Otro ejemplo: para los niños haitianos recién nacidos acá en Chile, nosotros tenemos convenio con Gota de Leche para que las madres tengan derecho a recibir consulta médica gratis, les den leche para sus guagüitas, y les dan otras cositas más, como remedios. En los consultorios antes las mujeres haitianas no podían pedir consultas con su pasaporte, por medio de OSHEC nos acercamos a los centros de salud para conversar con la persona encargada para las mujeres haitianas tengan la posibilidad de atenderse sin tener la cédula de identidad chilena.

Pero hay muchas cosas que están pésimo todavía en Chile. Una familia haitiana acá no vive bien. Viven en piezas y mucha gente en una pieza. Eso es lo que yo llamo esclavitud moderna porque es gente que viene de muy lejos, no sólo haitianos, ecuatorianos, colombianos, peruanos también y llegan a vivir en un lugar donde no hay baño, ni agua caliente, no hay nada y eso no es vida. O en sus trabajos les pagan muy poco y no les dan ni un vaso de agua. ¿Por qué una persona dejaría su país para llegar a vivir así a otro país? No hay razón. Por eso Chile necesita una ley migrante porque todavía faltan muchas condiciones para recibir al inmigrante, protegerlo de los abusos y así estas cosas no sucederían”.

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Orgullo haitiano

Siempre voy a estar agradecido de Chile porque he aprendido muchas cosas acá, me enseña a ser tolerante y a aceptar.

Toda mi vida en Chile he trabajado en Lo Valledor y cuando llegué yo no entendía muchas cosas. Me acuerdo que un día un amigo chileno, me vio y me dijo “Güeena, negro culiao” y me tocó el trasero, y yo, “¿qué te pasa, conche…?” y quería ponerme a pelear. Pero ahí él me dijo, “no, amigo, somos así, es un cariño”. Y así he aprendido, no es discriminación, es un cariño y los chilenos me enseñan a ser así, a meterme en la misma onda de ellos, en la parte humana.

Bueno, de repente pasa que llega algún cliente enojón y me dice “oye, negro, ven atenderme” y ahí yo los mando a la chucha no más, como dicen los chilenos. No me caliento la cabeza con esas situaciones porque ellos son los ignorantes. Cuando pasa, me da más fuerza para vivir porque yo no me siento inferior a nadie. O sea, si un blanco me discrimina, yo también lo puedo hacer de vuelta porque yo soy muy orgulloso de mi color y le puedo decir “¿qué te pasa, conche…?”. Ellos son los ignorantes, los que discriminan.

Le ha pasado a mis compatriotas y lo he visto y eso me indiga. Si veo a alguien molestando a uno de mi color –haitiano, colombiano, de donde sea- me da rabia porque siento que es mi hermano y a mi no me importa que me lleven detenido por defender a alguien de mi raza. Si es posible pegar a uno para salvar a un hermano mío, yo lo hago porque no me gusta ver cuando humillan a un compatriota mío y tampoco me gusta ver cuando cualquier persona es humillada por cualquier razón. Sea blanco, negro, chino, somos todos iguales.

Yo nunca voy a ser mal agradecido con Chile porque me dio un hijo lindo y una mujer maravillosa que es haitiana pero conocí acá en Santiago. Mi hijo se llama Estefano Lorenzetti Lindor Dessin y él siempre va a ser haitiano-chileno. Si él quiere ser chileno, es su vida, pero en cualquier país que él esté, yo siempre le voy a decir, “tú naciste en Chile y eres haitiano también. Toma, acá tienes libros de historia de Haití y de Chile para que aprendas de tu país y el de tus padres” y él verá. Hay padres haitianos que no quieren enseñar a sus hijos sobre Haití. Se avergüenzan, reniegan de su cultura. Es mejor no juzgar nadie, quizá qué problemas han pasado, pero yo siempre estoy orgulloso de dónde vengo.

Yo vivo pensando en volver a mi país y lo voy a hacer. En verdad, me gustaría volver para hacer política y ser un líder social. Reivindicar los derechos humanos y no sólo los de Haití, si no pensar con todo lo que he aprendido: la cultura de Chile, Perú, Ecuador, Venezuela, pensar en todos los líderes y revolucionarios de Latinoamérica y luchar por los derechos de las personas, del pueblo.

Yo le digo a mi señora, “primero, voy a ser alcalde y de ahí diputado” hasta ser presidente de Haití. Yo sé que va a ser un trabajo difícil, pero mi idea es meterme en el pueblo haitiano para ver la verdad. Yo salí del pueblo y hay que hablar con la gente, más participación ciudadana, un gobierno del pueblo de Haití y no de los ricos.

Yo creo que lo que nosotros necesitamos es una nueva revolución. Ser y hacer como Cuba, por ejemplo, porque Cuba es un país pobre también, pero ellos aceptan lo que tienen en su país. O sea, si ellos no pueden comer pan, Fidel Castro no llama a los norteamericanos y llora, no, ellos crean. Eso es lo que necesitamos los hatianos, tener un pensamiento más creativo, más político, de verdad. Y así cambiar la imagen negativa que tienen los otros países de Haití porque es una isla linda. Para cambiar, tiene que haber una revolución, una segunda revolución y mandar lejos a muchos sinvergüenzas que roban y no quieren que el país crezca. Así, Haití podrá ser el paraíso en la tierra.

 

Fotos: Rodrigo Marín

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