Revista Intemperie

Ese oscuro objeto de deseo

Por: Mario Valdovinos
pablo neruda

 

Josie Bliss, la pantera birmana como el poeta la designa en Confieso que he vivido, sus memorias: ¿era secretaria en un almacén inglés de mercancías ultramarinas? ¿Scort, call girl, chica con nombre europeo que hacía la calle? ¿Vagabunda, solitaria, melancólica sombra detenida en las orillas del río Irrawaddy?

Josie Bliss es la protagonista de varios descollantes poemas de Residencia en la tierra: Juntos nosotros, La noche del soldado, Diurno doliente, El joven monarca, Josie Bliss, Tango del viudo, según las solventes notas de Hernán Loyola, ínclito erudito nerudiano, en la edición crítica que preparó en 2000 para el sello editorial Cátedra, el canon de las publicaciones en lengua castellana. Dentro de ellos el más difundido y celebrado es Tango del viudo, patética elegía al amor extinguido, pero que significa huellas, marcas, nostalgias, imágenes. Está claro que la nativa dejó muchos más ecos que su primera esposa, María Antonieta Hageenar, madre de su única hija, Malva Marina. De hecho, fuera del cúmulo de poemas que inspiró en el volumen residenciario, cuando llegó la hora de publicar su autobiografía poética, Memorial de Isla Negra, en 1964, le inspiró a Neruda, en ese momento de sesenta años, dos poemas más. Aparecen en la sección El fuego cruel, bajo el nombre de Amores: Josie Bliss I y Amores: Josie Bliss II. Son dos textos extraordinarios, escritos como si no hubiesen pasado ya más de tres décadas. Vale decir, su recuerdo fue tenaz, perseverante y resistió el paso del tiempo. No está en el Memorial, por ejemplo, un poema de homenaje retrospectivo a su primera esposa y a su hija, para blanquear un aspecto oscuro de la biografía del poeta, su paternidad no asumida, telepática, su ausencia en la muerte, ocurrida en Holanda, de la niña enferma de hidrocefalia. A Malva Marina le dedicó el poema Enfermedades en mi casa, una que otra referencia a su nombre y alusiones a su condición en cartas personales. Y por una sonrisa que no crece, por una boca dulce,  por unos dedos que el rosal quisiera, escribo este poema que es solo un lamento, solamente un lamento, concluye la elegía a su infortunada hija. Fue un mal padre, huidizo, culposo. De la época de cónsul recuerda a su amante furiosa, la que se paseaba frenética alrededor del mosquitero, blandiendo un  cuchillo de cocina, castrador e inapelable, sin atreverse a matarlo. El metal brillaba en el aire del cuarto, enrarecido por el miedo del cónsul de ser asesinado; una habitación densa por el calor, la humedad, los mosquitos.

Es él quien decide dejarla y se arranca del consulado chileno situado en un bungalow que compartían, en Rangoon, Birmania, hoy Myanmar, durmiendo los dos en un catre de campaña, rodeados de libros en inglés y español, discos de Paul Robeson que escuchaban en un gramófono. Se marcha a Ceylan, hoy Sri Lanka. ¡Yo me fugué de la deshabitada!, dirá. Logró salvar los manuscritos del libro que pensaba editar en España, Residencia en la tierra lo titulará, las cartas de Albertina Azócar, a quien estimulaba para que viajara al exótico país de Asia y se casaran; el revelador epistolario que sostiene con Héctor Eandi, escritor argentino, el primero en publicar, en un país extranjero, una elogiosa nota crítica sobre Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Los celos devoradores de Josie lo atormentan y angustian, le teme y la ama. No asume, claro está, sus propias infidelidades. Devaneos y encuentros eróticos torrenciales con nativas y con complacientes chicas inglesas, azucenas carnales dispuestas a probar todo. Acude a los fumaderos de opio, sale embriagado y decidido a quedarse con ella, porque lo enternecen su soledad, su aislamiento, sus pies desnudos con los tobillos rodeados de ajorcas. Se entienden en inglés, mal hablado por ambos. Lo demás, un aterrador día detenido, horizontal y eterno, agujereado por el trópico, caudales de horas desesperanzadas e inútiles, fundiéndose con la lluvia de los monzones. Comprueba cómo pierde el cabello y contrae infecciones intestinales; la fiebre devoradora le produce sangramiento de nariz. Delira, sueña ser un jabalí sanguinario que persigue a su madre y desata el nudo de una soga en el cuello de su padre. Escribe cartas de ahogado, que tardan semanas y semanas en ser respondidas, en ellas pide a gritos lo saquen del atolladero, que lo trasladen a Europa, ya pagó una especie de penitencia, un castigo, sobrevivió al purgatorio. Salvado. Ahora se merece Europa y, sobre todo, la publicación de sus poemas de tono ritual, escritos al estilo de los viejos vates, como le confiesa a su amigo epistolar Héctor Eandi. Consume sus días en paseos por la playa, sesiones de sexo con Josie Bliss, se intercambian, tal vez sin quererlo, tatuajes en la piel, cada uno es la marca del otro, él ordena la cabellera de medusa de la infortunada mujer, se embriagan e insultan a gritos a las autoridades coloniales, los espantosos ingleses que odia todavía, como lo dice en Tango del viudo. Pero también la añora en sus actos más privados e íntimos: Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada.

Josie Bliss, la insepulta, el cónsul nunca pudo enterrarla. Su fantasma, cuchillo en mano, se quedó enredado en la habitación que ocupaban, rondando en torno del mosquitero vacío. Alrededor del catre de campaña, manchado por la lluvia, hay granos de arroz, mojados por las goteras. A lo lejos se oye un oxidado tema de Jazz.

Furiosa mía, paloma de la hoguera…

 

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