Revista Intemperie

A la caza de un nuevo canon para las lecturas de enseñanza media

Por: Andrés Olave
Victor Inzulza

Andrés Olave consulta a diversos escritores nacionales sobre cuales serían los libros y autores que podrían leerse en los colegios y mejorar así el canon actual

 

Desde un punto de vista literario, el colegio es un lugar extraño. Te dan a leer libros imposibles como el Cantar de Mio Cid cuando uno está en séptimo básico, o Marianela o la sufrida Doña Bárbara en octavo. Pero también te ofrecen libros increíbles como el Quijote de la Mancha que me hicieron leer en tercero medio. En mi curso también leímos a Cortazar, García Márquez y Homero lo que supongo está bien, pero también tuvimos que leer a Lafourcade lo que, creo, no está del todo bien.

Puede que los libros del colegio sean la última oportunidad de muchas personas para leer literatura. No digo que las malas elecciones de títulos terminen por apabullar su interés por la lectura (el problema es mucho más complejo), pero pareciera que la selección actual que hacen en los colegios no es la más acertada. Títulos añejos o, como respuesta a estos, títulos demasiado nuevos, suelen aparecer en las listas anuales: Harry Potter, Crepúsculo o Juegos del hambre. De nuevo, la duda es si se está eligiendo lo mejor que el universo literario tiene para ofrecer, o simplemente lo que dictan los manuales antiguos o lo que está más a mano.

En busca de un poco de orientación consulté a varios escritores nacionales, cuáles serían los libros que ellos recomendarían, o quizás, cuales serían los libros que ellos hubiesen querido leer en el colegio. He aquí sus preferencias:

 

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Natalia Berbelagua, autora de Valporno y La bella muerte

El gran cuaderno, de Agota Kristof: hay teóricos que señalan que la violencia es la actividad humana por excelencia. La crueldad como fuente inagotable de crítica social, de medir en onzas el daño que provocan los grandes conflictos. El gran cuaderno no es solo un libro que debiese estar por temática sino también por estructura. Es un libro que impacta desde el primer párrafo.

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole: Ignatius Reilly es un tipo imposible de comparar, está tan bien construido como personaje que puede ser una gran lección literaria y la ironía que cruza la obra de principio a fin, una poderosísima herramienta educativa. En un país donde no estamos acostumbrados a reír, incluir textos que estén vinculados con el humor es casi una necesidad vital.

Suite, de Yuri Pérez: la literatura chilena independiente está prácticamente excluida de los programas de estudio. Hace poco tiempo en un encuentro universitario una profesora señalaba que sus alumnos tenían la impresión de que todos los autores que les dan a leer en clases están muertos. Posibles causas: editoriales pequeñas que no dan abasto para ir a hacer promoción de su obra a los colegios como lo hace anualmente la gran industria y profesores que no se preocupan de saber cuáles son las voces emergentes. Por este motivo la educación media se está perdiendo la narrativa de Yuri Pérez, que es y seguirá siendo joven por ser ruda, extraña y muy visual.

Generación beat: los textos de los beats no solo son importantes por convertirse obras de culto para los adolescentes de todas las décadas, sino también porque sus páginas están cargadas de un espíritu de ruptura, de liberación y contracultura (los valores opuestos a lo que se enseñan en los colegios), y además porque los textos de Ginsberg, Bourrouhgs, Kerouac, entre otros, están profundamente ligados a la música, afición a la que uno suele aferrarse en los años juventud. No por nada influyeron a grandes como Dylan, Morrison, Waits y Patti Smith.

 

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Jorge Baradit, autor de Synco, Policía del Karma y Lluscuma

En la adolescencia se produce una diferenciación notable en los intereses y ya no deberían estar intentando introducir un canon a los estudiantes. Sería la raja ofrecerles un menú variado. Desde Claus y Lucas, de Agota Kristof, pasando por Los zarpazos del puma, de la Patricia Verdugo, La brújula dorada, de Philip Pullman, La ciudad ausente de Piglia, y hasta V de Vendetta, de Alan Moore. Que la lectura sea la extensión de intereses más allá de la literatura misma, el punto es que lean.

 

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Rodolfo Reyes, Magíster en Estudios Literarios y colaborador de Intemperie

Thomas Bernhard: recomendaría cualquiera de los relatos autobiográficos de aquel maravilloso enajenado que es Thomas Bernhard. Tal vez, por afinidad etárea, la novelita el El aliento, que es un artefacto pequeño y desaforado, donde el protagonista cae de una realidad completamente ruin a otra más detestable todavía. A manera de novela de aprendizaje, el narrador-Bernhard, nos confiesa por qué dejó el objeto de su pasión (la música) y el embrutecedor trabajo como ayudante en un comercio, para deambular a través del proceso de la enfermedad y el aislamiento.

El barón rampante, de Ítalo Calvino: como antídoto al delirio de Bernhard, recomendaría esta preciosa novela fantástica. Por medio de procedimientos más mesurados, allí se nos cuentan las aventuras de Cósimo Piovasco di Rondó, quien, en un gesto de rotunda negación a las coordenadas sociales, decide realizar su vida arriba de los árboles. Es, desde luego, una alegoría que aborda la distancia, el aprendizaje, el amor y la soledad del que pretende seguir hasta sus máximas consecuencias una condición que él mismo se ha fijado.

 

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Carlos Tromben, autor de La casa de Electra, y Karma, entre otros

Sería genial que les dieran a leer Matadero 5 de Vonnegut, o Fundación, de Asimov… Pero ¿por qué todo tiene que ser ficción, no? ¿Por qué no algo de Kapuscinski? ¿Por qué no los viajes de Darwin? Claro que ahí tendríamos el problema de la disciplina. Leer a Darwin sería atribuible a literatura, historia, ciencias naturales. En fin.

 

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María José Viera Gallo, autora de Verano robado y Memory Motel

Si tuviera que sugerir una lista sería la siguiente: Ruido de Álvaro Bisama, Adiós de Claudio Bertoni, Canciones punks para niñas autodestructivas de Daniel Hidalgo, Tránsitos de Alberto Fuguet, Bonsai de Alejandro Zambra, El diario de Ana Frank, Memorias prematuras de Rafael Gumucio, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, Franny y Zooey de JD Salinger, Las aventuras de Huckelberry Finn de Mark Twain, Frankestein de Mary Shelley, Los cuentos de los hermanos Grimm. Hago una mención especial de Mockingbird  de Kathryn Erskine (próximo a ser traducido. Inspirado en parte por “To Kill a Mockingbird” (Matar a un ruiseñor) y el tiroteo en la universidad de Virginia Tech en Estados Unidos, que gira en torno a una niña de 11 años con síndrome de Asperger). Otras novelas recomendadas son Coraline de Neil Gaiman, Tokyo Blues de Haruki Murakami, El buda de los suburbios de Hanif Kureishi y El libro de todas las cosas de Guus Kuijer.

 

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Mario Valdovinos, autor de Post-humo, Lihn, la muerte, y otros

La metamorfosis, de Franz Kafka. Un hombre transformado en insecto, Un hijo que se siente como tal en una familia aparentemente acogedora. Las pesadillas del propio autor, Kafka, frente al poder.

El extranjero, de Albert Camus. La filosofía escéptica del existencialismo puesta a funcionar, literariamente, en un relato del filósofo Albert Camus. El enfrentamiento con el vacío, la nada y el absurdo en la conducta del protagonista, Meursault, que mata a un árabe -Argelia es el escenario de la novela-, sin desear hacerlo.

El túnel, de Ernesto Sábato. El existencialismo aterrizado en Buenos Aires, en la conducta del neurótico pintor Juan Pablo Castel. El celópata que asesina a María Iribarne, el ser que más ama. Después de todo, según Wilde, todo hombre termina por destruir lo que más quiere.

 

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Diego Álamos, editor de Editorial Chancacazo

Pienso que no cabría desmerecer a Harry Potter o Pérez Galdós como literatura para la enseñanza; pero lo que están haciendo estas literaturas es ocultar el mundo y reprimir el interés por el descubrimiento de la actualidad. Proponer como espacio literario un espacio ajeno y distante que estaría dejando a los estudiantes al margen de toda vitalidad y negándoles la posibilidad de entender mejor nuestra sociedad. En este sentido, tanto frente a Harry Potter, que es un ineludible para las juventudes del mundo, un referente común; o Pérez Galdós, un exponente de la literatura castiza española, hay que levantar la vista y revisar las literaturas latinoamericanas, las nuevas literaturas, la variedad y la bibliodiversidad. Si no, estamos haciéndoles un flaco favor a nuestros estudiantes, mostrándole una literatura que no los interpela directamente y, quizás, por eso mismo, los aburre y desmotiva para toda lectura futura.

 

Foto: La Tercera

 

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3 Comentarios

  1. Este es un gran tema que podría discutirse, por favor, ojalá que sí. Hay tantos géneros, autores y obras que desde El Guardián en el Centeno (de 1951) podrían ser significativos para los lectores, pero que están frenados por temas de precio (MAUS o Persépolis, por ejemplo) o por falta de riesgo, por ser demasiado complejos (Pullman, o los mismos Juegos del Hambre). Lo ideal sería una mezcla entre clásicos contemporáneos (Adrian Mole, los libros de Christine Nostlinger, los de Anne Finne o los de Lois Lowry) y los nuevos títulos que resultan significativos para nuevos lectores.

  2. Manuel dice:

    No les parece más apropiado preguntarle a los profesores de enseñanza media mejor, ellos, en definitiva son los que tienen que tratar los textos y no lo escritores.

  3. Jimena Birgin dice:

    Por qué un canon obligatorio? Por qué no el docente que lee mucho y bueno, de lo nuevo y de lo viejo, y la mediación necesaria para que cada alumno construya su camino lector? Para eso es indispensable buenas, grandes y variadas bibliotecas.
    Mis alumnos de escuela pública del interior eligen entre 5 y 8 novelas para leer a lo largo del año. Y yo les propongo dos o tres para compartir en el aula entre todos. Qué leen ahí? depende el tema que los venga sensibilizando, depende los textos que me permitan a mí, que también soy lectora, hablar de ciertas cosas del mundo y, por supuesto, de la literatura.

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