Revista Intemperie

Los dilemas de Wes Anderson

Por: Marco Antonio Allende
wes anderson

Marco Antonio Allende sospecha de lo más parecido que tiene el cine contemporáneo al “director de moda”: intensidad desmesurada y recurso a la ingenuidad de la infancia, pero deja con gusto a poco

 

Curioso personaje Wes Anderson. De un lado del amplio espectro que gira alrededor del cine (teóricos, críticos, cinéfilos, aficionados de fin de semana, una extensa fauna) están los que se refieren a él como un pródigo creador de imágenes vivaces y únicas, películas que retratan una imaginación desbordante, singular, excéntrica. Del otro lado están los que lo consideran un director sobrevalorado, repetitivo, superficial.

Más allá de quien tenga la razón a la hora de valorar el real alcance de su obra, no resulta impertinente percibir que algo de toda la polémica que rodea a Anderson ya lo habíamos vivido antes, pero con otros nombres. ¿No resulta semejante a los reproches y alabanzas, asperezas y elogios, sin términos medios, que en su día provocaron películas como Amélie, Delicatessen o La ciudad de los niños perdidos? Si uno hace el juego de eliminar las líneas temporales que separan a todas estas películas, reproduciríamos la vieja pero no menos vigente polémica sobre la validez de ciertos materiales que utiliza el artista para reproducir la realidad.

A riesgo de parecer árido y abstracto, valga este esbozo de declaración de principios: nadie puede garantizar que un determinado género, estética o temática sea más legítima que otra al momento de realizar una película. Sin embargo, eso no implica que cualquier forma artística me fascine con la misma intensidad o agrado. En esto hay que ser claros: cada cineasta es dueño de elegir los modelos y estrategias más afines a su modo de representar un mundo. A su vez, esto no me obliga como espectador a comulgar con su manera de expresar  su universo fílmico.

Puedo entender, valorar  la destreza y la habilidad de la puesta en escena, incluso ser cómplice del ethos particular del director; pero, a fin de cuentas, el cine se trata de seducir, de producir cierto arrebato que exija mantener mis ojos atentos a una pantalla durante un par de horas. Y esa voluntad que nace del espectador se nutre de la visión de un artista que insiste en, palabras de Sontag, “manipular lo inefable” con una intensidad que nos domina porque nos impone un horizonte en el cual salimos al encuentro con el mundo. ¿Qué es, en definitiva, lo que hacemos al ver un film? Vamos al encuentro incierto, a veces frustrante, del íntimo milagro de hallar una revelación genuina o, al menos, el presagio de una eventual germinación inédita y privada.

Y es ahí el problema que me impide congeniar o sentirme “arrebatado” por la intensidad desmesurada que Anderson despliega en sus películas. Al apoyarse en una visión de la realidad que colinda cada vez más en lo fantástico, en una mirada tan cándida de la existencia, desbordada de personajes sin densidad ni relieve, el cine de Anderson exige una suerte de acuerdo tácito en donde me dejo transportar por una serie de peripecias y situaciones extremas, rocambolescas, colindantes en la caricatura, dejándome invadir por el despliegue de trucos y prestidigitaciones que, a la larga, terminan por agotarme. No hay nada de malo en la forma que Wes Anderson transmite su particular estilo. Su cámara se traslada por los objetos casi acariciándolos, transmutándolos en entidades extravagantes y leves, originando nudos narrativos que van sucediéndose uno detrás de otro, como si estuviéramos en un escaparate observando una multitud de fragmentos incesantes que proliferan de un aparato creador de meta-relatos perfectamente aceitado y eficiente. Y con todo, Wes Anderson no me convence, no logro habitar en sus simulacros de realidad.

Pero tal vez todos mis reparos se originan en que su cine requiere de una mirada inocente, libre de la angustia y el cinismo que alberga nuestra realidad social. Si es así, una pregunta se hace inevitable: ¿es posible aún observar las cosas que conforman el mundo desde la ingenuidad que define la mirada prístina de la infancia?, ¿desde la perspectiva natural y propia de la niñez? Esa mirada sería la genuina cordura de no reconocer malas intenciones en nadie, la cándida lucidez de alguien que al mirar al cielo no sufre la angustia pascaliana de la insignificancia humana sino que contempla ese cielo como un sano misterio que alimenta su imaginación y fantasía.

De ahí que El gran hotel Budapest, al igual que sus últimas películas, realice una pregunta y una invitación que en la superficie demanda aceptar un manierismo excesivo y exuberante, pero que más profundamente nos exhorta a un compromiso moral: ¿puedes, tú, adulto, que llevas las pesadas mochilas del desencanto, ingresar a este reino habitado por seres desprovistos de maldad sin perder con ello una cuota sana de ironía y distancia? El mismo Anderson respondió esa pregunta en su obra maestra Rushmore (1998): sí era posible transitar entre la mordacidad del sin sentido y, al mismo tiempo, convivir con la ternura auténtica, no impostada. También logró contagiar parte de esa degeneración soterrada pero no menos urgente en Los excéntricos Tenenbaum (Gene Hackman, ¡te echamos de menos!). Sin embargo, son films cada vez más lejanos en el tiempo y aparecen como excepciones de un director que se envició en su propia alucinante imaginación.

En fin, creo que en el actual Wes Anderson la forma erosiona las ideas de sus películas y que la fábula moral que subyace en las imágenes, nunca desborda del todo la belleza artificial de la puesta en escena. Al contrario, el manierismo de las imágenes inunda la pantalla de una forma tan rotunda que el espectador se siente obligado a una decisión definitiva: o se ingresa a ese mundo fascinante y asombroso, o te sientes expulsado de esa fiesta de colores, formas y criterios insólitos y ajenos a la vida real de los espectadores. Depende de la decisión que cada persona realice frente a su cine el que determine el nivel de alegría, indiferencia o fastidio que se podrá experimentar frente a su particular estilo.

 

Foto: 3news

5 Comentarios

  1. matías correa dice:

    Más que el lindismo insustancial de sus películas/ejercicios de dirección de arte, lo que me jode de WA es cómo su estética lo permea todo de manera invasiva. Desde la literatura hasta la publicidad, pasando por la pintura y la música (indistintamente, sus bandas sonoras pueden servir incluso para vender celulares y tampones), el imaginario WA parece estar viralizándolo todo. Su influencia es tan cancerígena como cándida, todo lo endulcora e infantiliza. Puede ser pura paranoia, pero de veras me aterra vivir en un mundo wesandersoniano.

  2. aida dice:

    Estoy de acuerdo contigo. Las ultimas películas de Anderson son preciosas visualmente pero entrañan un mensaje ético y ontológico bastante dañino y pueril.

  3. xan dice:

    lo que mas me agota de W. A. en esta peli es lo relamido del recurso estetico, que justamente corre en direccion opuesta a la belleza y lo transforma en decorado comestico, buen articulo.

  4. Felipe dice:

    Si bien sus últimas películas han exacerbado esta preponderancia hacia el preciosismo estético por sobre personajes multidimensionales complejos “adultos”, creo que es exagerado catalogar toda su obra bajo esta óptica. Pienso en Rushmore, El viaje a Darjelling y sobretodo en Los Excéntricos Tenenbaums, que debe ser una de las comedias con mejor desarrollo psicológico de personajes. No hay ingeniudad, ni mirada prístina de la infancia en estas películas. Si por lo demás en sus siguientes apuestas, se ha inclinado por cierto barroquismo estético, uno sabe a lo que va cuando va a ver una película dirigida por él y asiste con el ánimo de entrar en esa lógica. Existe una mirada de autor, que es algo que se agradece en los tiempos actuales.

    • marco dice:

      Respuesta atrasada: queda claro en el artículo que lo mejor de Anderson son sus primeras películas, incluidas Rushmore y los Tenembaums. Que ahora sea un director de culto no me molesta. Pero es algo paradójico que lo sea por sus obras más débiles. Saludos.

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