Revista Intemperie

Georges Trakl: Y siempre demasiado poco amor

Por: Mario Valdovinos
georg trakl

 

Los hermanos se han ido lejos
donde blancos ancianos.

Georg Trakl

 

Hastiado de no encontrar rutas de escape a los amontonados días de Salzburgo, donde nace y vive como un recluso, en la etapa que sus biógrafos denominan “su entrega a los grandes excesos dionisíacos”: aspira cloroformo e inhala cocaína, cuyos efectos conoce porque acaba de concluir, con desgano, la carrera de farmacéutico.

Acicateado por la presión familiar para alejarlo de aquellos desvaríos, que incluían un inquietante amor por su hermana Margarete, ingresa en el Ministerio del Trabajo de Viena, donde, tras cumplir solo dos horas de tormento como burócrata, considera finalizado su período laboral y apto para la jubilación, de acuerdo a la lógica inoculada por los estupefacientes: lo eterno suele asilarse en un par de momentos.

Mientras tanto, Margarete fue enviada a Berlín para realizar estudios en el Conservatorio. Elige el piano y ensaya hasta la extenuación para proporcionar la atmósfera musical requerida por la nostalgia de su hermano Georg, quien escribe en una carta, “Y siempre demasiado poco amor”, refiriéndose más bien al todo que a sus partes.

Las ansias contenidas mucho tiempo lo llevan a Berlín en busca de su hermana. La encuentra inconsciente sobre el piano en el altillo desde el que contempla la ciudad. El viento que hiela las casas se cuela a través de un vidrio quebrado y coagula la sangre de un aborto reciente en que encharca sus pies. La escena se aloja en su alma y, al ser enrolado durante la guerra del 14 como inspector sanitario, los cadáveres sobre el barro de las trincheras le recuerdan los pies cubiertos de sangre seca de su hermana, la tarde de su visita a Berlín.

En esos días, combina su oficio médico con arengas a los reclutas en torno al inequívoco triunfo de la muerte. Estos advierten la consecuencia de sus palabras al sorprenderlo en el instante mismo en que había decidido arrancarse la vida. De allí en adelante sus manos temblorosas ante los cuerpos despedazados de los heridos, demostrarán que estaba lejos de agradecer el impedimento. De hecho, un año antes del comienzo de la guerra, escribe desde Salzburgo una epístola a su amigo Ludwig von Ficker: “Aquí cada día es más frío y triste que el otro y llueve ininterrumpidamente”; así, en una tarde de lluvia berlinesa, el 21 de noviembre de 1917, Margarete logra suicidarse de un balazo en el corazón, en la misma pieza donde había abortado en forma espontánea mientras tocaba el piano y recordaba a Georg, muerto a su vez a causa de una sobredosis de cocaína ingerida la tarde del 3 de noviembre de 1914.

En definitiva, sus arengas a la soldadesca respecto del triunfo de la muerte resultaron acertadas; también atinó en lo referente al frío, a la tristeza de los días y a la lluvia que los moja incesantemente, para no mencionar su más aciago convencimiento: Y siempre demasiado poco amor.

Adviértase además lo devastadora que resultó, a la postre, la hora del atardecer en su vida.

 

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