Revista Intemperie

Crónica ganadora Concurso Crónica de Viajes Revista Intemperie 2014

Por: Intemperie
into the wild

Como Revista Intemperie nos es grato comunicar los resultados del Concurso Crónica de Viajes Revista Intemperie 2014

 

Con fecha 25 de Mayo de 2014, y después de analizar las casi 100 crónicas recibidas como parte del Concurso de Crónica de Viajes organizado por Revista Intemperie, y tras ardua deliberación, el jurado, compuesto por Pablo Torche, Rodrigo Marín, Natalia Ramos, Andrés Olave y Felipe González, ha decidido premiar, por mayoría, la crónica “Manzanas crónicas” del autor Andrés Montero.

El jurado destaca de la crónica ganadora la capacidad de construir una reflexión interesante y original, a partir de una anécdota mínima. El hambre como leit motiv, y la meditación frente al robo, son apreciados como un punto de vista lucido y escéptico de la realidad del viajero, al tiempo que se encuentran distantes de los clásicos motivos de las crónicas de viaje.

El jurado deliberó sobre la naturaleza eminentemente narrativa de esta crónica, valorando el ritmo, la ironía, y la capacidad de ajustarse a un formato reducido para consolidar una historia que se abre y se cierra con un eco grandilocuente de Walt Whitman.

El jurado felicita calurosamente al ganador, Andrés Montero.
Atte.
Comite Editorial Intemperie.

 

Manzanas crónicas

 

¿Me contradigo, acaso?
Muy bien, me contradigo.
¡Soy inmenso, contengo multitudes!

Walt Whitman

 

Probablemente el dueño del puesto de manzanas andaba por ahí, pero no se veía por ninguna parte. A lo mejor había ido a mear.

Viajaba hace meses por Argentina y tenía hambre. Tenía hambre porque no tenía plata: me habían robado hacía siete días el monedero en el que juntaba los magros pesos que ganaba tocando guitarra y contando cuentos en plazas, restoranes y otros lugares. Donde fuera, en realidad. Tampoco tenía dónde dormir esa noche. Los amigos que hice en el Valle Grande, a las afueras de San Rafael, me habían recomendado cierto hostal bueno, bonito y barato.

Por alguna maravillosa casualidad, di con el hostal después de vagar unos pocos minutos, recién llegado del Valle Grande. Era todo lo que buscaba. Había músicos, gente fumando tranquila, tipos jugando ajedrez, otros mateando. Mujeres lindas. Le pregunté al tipo que me recibió si podía pagarle más tarde, que tenía que ir a buscar una plata a una parte, que le juraba que le pagaba.

– Todo tranquilo, no te desesperés. Pagáme en un rato más y todo bien.

Era un buen tipo, ese. Debía tener un par de años más que yo. Dejé mis cosas en la pieza y me fui a recorrer San Rafael para ver si había restoranes abiertos donde pudiera tocar guitarra. Pero no había calculado que ya eran las tres de la tarde, y todo el mundo sabe que, en verano, los argentinos no existen entre las dos y las seis de la tarde. El calor obliga a todo el mundo a quedarse en su casa y dormir la siesta. Pero yo no podía dormir la siesta. Necesitaba plata. Y estaba muerto de hambre. Me había tomado un mate en la mañana, y eso era todo.

Mientras más veía las tiendas y los restoranes cerrados, más me desesperaba. ¿Y si el tipo del hostal me echaba de ahí por no tener cómo pagarle? ¿Me dejarían trabajar en algo a modo de pago? Pasé por fuera del Casino. Con lo que me gusta a mí jugarme unos pesos en la ruleta. Quise entrar a mirar, pero me detuvieron en la entrada diciéndome que no podía ingresar “con esa facha”. No alegué y me fui, pateando piedras por la calle. Me rugía el estómago de hambre, pero sobre todo sentía la necesidad imperiosa de fumar, y el tabaco y los papelillos se habían terminado en las largas fogatas del Valle Grande. Un tipo pasó y me pidió un cigarro.

– No tengo ni pa’ mí – le respondí con acidez.

Recordé que mi viejo me había enseñado desde chico que esa frase es horrible, y que la correcta debería ser “no tengo ni para ti”. Pero en ese momento me salió del alma, y además mi viejo lindo estaba tan lejos, probablemente fumándose aquel bendito cigarro de después de almuerzo familiar. ¿O era día de semana? Me sorprendí de darme cuenta de que no tenía idea de qué día era y de qué tampoco me interesaba. Lo único que realmente me interesaba era ese puesto de manzanas sin custodia.

Mi estómago me quiso obligar a que tomara una, una sola, una bien roja. Recordé entonces la escena en que Alexander Supertramp, el héroe de Into the Wild, se come una manzana y la mira y le dice, con la pasión de los muertos de hambre: You’re really good, you’re a thousand times better than any apple that I ever had. I’m not Superman, I’m Supertramp, and you’re super Apple… so tasted, so organic, so natural. Y el jodido hijo de puta se la comía tan feliz, y ambos en situaciones tan parecidas, y entonces me enfrenté por primera vez al dilema al que sabía que me iba a enfrentar en algún momento del viaje. ¿Robar o no robar? Porque yo nunca había robado en mi vida, pero también era cierto que nunca había tenido la más mínima necesidad de hacerlo. ¿No robaba porque era mi moral y mi ética ciudadana? ¿O no robaba porque no tenía necesidad?

Muchas cuadras más allá, sentado en una plaza, mientras me comía esa manzana que era mil veces mejor que cualquier manzana que me hubiera comido antes, que era tan orgánica, tan natural, tan, pero tan rica, tan SuperManzana, descubrí que era capaz de robar por hambre.

Porque finalmente, son las manzanas las que cambian la historia. La de Eva nos dio el pecado, pero también la sabiduría. La famosa manzana de la discordia hizo pelearse a Hera, Afrodita y Atenea y produjo la Guerra de Troya. La de Newton nos regaló aquel concepto tan útil – ¿cómo lo hacía la gente antes de Newton – de la gravedad de la Tierra; René Magritte revolucionó el arte y la filosofía con su famosa manzana que no es una manzana (Ceci n’est pas une pomme). La de Nueva York domina al mundo, y la de Alexander Supertramp le dio una bella lección: la manzana es una hueá muy rica que comemos poco porque tiene mucha competencia.

Y a mí me hizo sentirme feliz al comerla, tirado en una plaza en la que nadie me veía, después de haberla robado en la calle porque tenía hambre. Mascada a mascada, me iba enterando de que soy inmenso como el mundo y que contengo multitudes.

 

Foto: Into the Wild (2007), Sean Penn.

 

Temas relacionados:

• Resultados Concurso Crónica de Viajes Revista Intemperie 2014

• Crónica destacada Concurso Crónica de Viajes: Una visita al Corazón de los Zapatistas, por María Paz Sagredo

• Crónica destacada Concurso Crónica de Viajes: Caníbales, de Alejandro Burgos

• Crónica destacada Concurso Crónica de Viajes: Estación Abaroa, los hijos de la frontera, por Mauricio Rodríguez Medrano

Un comentario

  1. soledad dice:

    Muy buena la crónica ¿Cuántos han vivido la misma situación?
    pecar por hambre y justo pecar con una manzana

    Felicitaciones

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.