Revista Intemperie

Preguntas sobre la ucronía

Por: Tomás Henríquez
yo mate a pinochet

Tomás Henríquez se interna por la ucronía que presenta esta obra montada en el Teatro de la Universidad de Chile, para discutir algunas de las paradojas y heridas abiertas de nuestra historia

 

Yo maté a Pinochet, obra escrita, protagonizada y co-dirigida por Cristián Flores es un monólogo que, en algo más de una hora, nos permite ingresar en el imaginario militante de Manolo, un humilde poblador que nos narra cómo en medio de una escena pavorosa le ha dado muerte al dictador.

La fuerza testimonial del uni-personal matiza momentos de alta intensidad dramática y de fina sensibilidad para caracterizar episodios de su vida y la organización política barrial que le ha permitido sobrevivir a la prepotencia de la época. Así, logra inscribir el relato dentro de esas memorias obstinadas de quienes no transaron y se resistieron a los silencios cómplices de una civilidad que actuó no sólo conforme con el régimen impuesto, sino hasta dispuesta a colaborar con diligencia de los dudosos procesos de negociación democrática, y que justamente hoy, gozan con impunidad de las plusvalías no solo simbólicas que la transición permitió.

Partimos de una anécdota que retro-atrae el relato colectivo y es capaz de interrogarnos a partir de una ficción -compuesta a su vez de muchas ficciones- respecto de cuáles hubieran sido escenarios eventuales posteriores a dicha situación. De esta manera, la ucronía, aparece en Yo maté a Pinochet como un fantasma. Si bien la obra no la asume como tema, ni la profundiza como oportunidad narrativa, sí subyace latente como pregunta en tanto pone en el centro de la escena un relato vivido por Manolo, que a la luz de los libros de historia resulta imposible. Digamos que el relato de la ucronía es aquel que parte de un episodio nunca acontecido. La ucronía por definición es ese tiempo que no existe. A diferencia de la utopía (que es aquel lugar que no existe), la ucronía imagina hechos que se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos pues co-xisten en la ficción dentro de algo así, como un tiempo paralelo.

Siguiendo esta idea cabría imaginar, ¿Con qué grados de violencia y represión hubiese actuado la dictadura, si el tirano hubiere caído muerto por un ataque terrorista como el que se ficciona en la obra, o bien, el protagonizado por miembros del FPMR en Cajón del Maipo en septiembre de 1986? ¿Qué tipo de vuelco histórico habría dado lugar en el desarrollo de las convergencias democráticas y los pactos circunstanciales entre las fuerzas políticas opositoras, si un hecho violento de tal magnitud hubiera decapitado un régimen tan fuertemente personalista? ¿Qué estrategias hubiese puesto en marcha la cultura derechista para justificar en el escenario internacional la situación de derechos humanos, que a todas luces hace rato parecía ya injustificable? Si el final de la dictadura se debió, como algunos polémicamente lo señalan, no tanto al triunfo épico de una mayoría soberana que conquista el poder, sino al progresivo debilitamiento y vejez de la maquinaria dictatorial, entonces, ¿Qué hubiese sucedido si el aparato militar, ya a fines de los 80` hubiese vuelto reactiva la violencia de estado, la persecución política, el exilio a rajetabla, amparado en la imagen fantasma del terrorismo de izquierda y ese “enemigo interno” que hubo de dar muerte al dictador?

Resulta quizás imposible responder. La historia se hace, no se intuye ni se especula.

Puede sonar exagerado, pero creo entender esta obra no como parte de los innumerables -y a ratos bastante agotadores- ejercicios de construcción de memoria que el boom de los 40 años del golpe nos dejó. Creo que hay algo más. Algo que tiene que ver con los cuerpos. Porque a mi juicio, -y haciendo quizás una lectura algo forzada- el gran problema de la obra es un problema de orden arquitéctonico. Digamos, un problema de escala. La escala, aquella relación de habitabilidad de un espacio que se establece entre el ciudadano, sus prácticas productivas u ociosas, y la urbanidad sensible que toda arquitectura, su inmanencia y reminiscencia, produce. Es a fin de cuentas, un problema sobre las dimensiones de la violencia con la que los cuerpos se enfrentan en el orden de lo sensible.

De alguna forma, el despliegue de la puesta en escena en Yo maté a Pinochet nos permite pensar que en medio de ese vacío escenográfico, solo hendido por el cuerpo del actor y una bicicleta obrera en vías de repararse, se pueda vislumbrar toda la arquitectura imaginaria de ese Chile de que vivía en blanco y negro. De ese Chile que vivía en el más profundo y triste vacío de sentido.

Leo a la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui cuando dice que, “la condición de pequeñez social, y la actitud de ‘abajar el lomo’, resumen el trasfondo moral de la penuria colonial”, e inmediatamente pienso que uno de los efectos sensibles de mayor trascendencia en el tiempo que tiene una dictadura son efectos estrictamente materiales. Efectos que permanecen como hálitos corporales reminiscentes de alta significación, incluso allí cuando no se los percibe. Porque hoy como ayer, los cuerpos reaccionan. Son producto de las disciplinas que los norman. Y asimismo, son textos que se dejan leer. Pude haber nacido en “democracia” -y de hecho así fue- y no obstante cargo en mi cuerpo con las inscripciones de un periodo que marcó a mis padres y a mis abuelos.

Podría decir antojadizamente, que llevo la discusión a estas esferas del discurso puesto que Cristián Flores es un actor pequeño. Pero, ¿Pequeño en relación a qué? ¿En relación a mí que me lo enfrento como objeto de análisis? ¿Pequeño en relación a la sala donde actúa? ¿En relación al tema que se propone poner en escena? ¿Pequeño frente a la épica testimonial de los relatos y experiencias que emergen de su dramaturgia? ¿O será que tal vez no podemos ser sino  tremendamente pequeños frente a los inabarcables desafíos que los relatos de una ucronía no consumada se nos impone como materialmente ciertos?

Yo maté a Pinochet es sin duda, una pequeña gran obra cuya dramaturgia escénica esboza memorias de resistencia que intenta devolvernos aquella dolorosa y esquiva palabra que la dictadura nos quitó.

 

Yo maté a Pinochet

Dirección y dramaturgia: Alfredo Basaure y Cristian Flores
Elenco: Cristian Flores
Producción: José Luís Cifuentes
Diseño integral: Ricardo Romero
Universo sonoro: Juan Manuel Herrera
Diseñador gráfico: Alejandro Délano

Desde el 8 al 24 de mayo, jueves a sábado 20 hrs.
Entrada general 4000, estudiante y tercera edad 2000

Sala Agustín Siré
Morandé 750

Foto: santiagoamil.cl

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