Revista Intemperie

Rimbaud, el africano

Por: Mario Valdovinos
rimbaud

Mario Valdovinos recuerda al poeta maldito por excelencia, emigrado a África en busca de un futuro mejor, retornado en camilla, amputado, vuelto hacia los últimos ritos en su lecho de muerte en un hospital de Marseille

  

El “caso Rimbaud” corresponde al de un autor que auto-profetizó buena parte de los acontecimientos de una vida indisolublemente unida con la breve y fulgurante obra. De hecho, la edición canónica de sus Obras Completas, Gallimard, Bibliothéque de La Pléiade, París, 1972, son 1200 páginas, incluyendo correspondencia y obras atribuidas. Los sucesos que Rimbaud no vislumbró dejaron la puerta abierta para que se infiltrara la leyenda, que él no estimuló, justo es decirlo. Ya en vida del autor, mientras permanecía errante en África y otros lugares, el mito de su figura y de su propuesta literaria crecía y no ha terminado de hacerlo cuando el número de biógrafos y de investigaciones sobre el legado del poeta no ha cesado de aparecer.

Lo dijo en el poema ‘Mala sangre’ perteneciente a Una temporada en el infierno: “Mi jornada ha concluido. Me voy de Europa.” Había ahorrado el dinero para financiar esta obra inaugural. Bruselas, 1873, y la ansiedad por la evasión le corroía el cuerpo y la vida. Cuando se marchó al continente negro ya había ocurrido su escandaloso amor con Paul Verlaine, quien intentó asesinarlo por despecho y celos y fue a dar a prisión. También están en su pasado las fugas desde su casa en Charleville hasta París, sus biógrafos coinciden en que al ser sorprendido sin pagar en un tren fue víctima de abusos policiales; también detesta, por autoritaria, a su madre; el padre, un militar, desapareció y adora a su hermana Isabelle, más aún tras la muerte de Vitalie, en 1875. Los círculos intelectuales parisinos, simbolistas, decadentes, parnasianos, lo hastían y escupe sobre ellos; lo mismo sobre su efímera adhesión a las luchas revolucionarias de La Comuna; conoce todos los excesos que, según William Blake, conducen al palacio de la sabiduría; el sabor del absenta, el diablo verde, tercer ojo del artista, y de otras drogas; es bisexual, transgresor y peregrino, intuitivo y ambicioso. Pas de mots, no más palabras, es la consigna; adiós a la laberíntica alquimia del verbo. Se vuelve vidente tras el desarreglo tenaz y sistemático de todos los sentidos. El primer libro, Una temporada en el infierno, lo publicó el poeta por propia voluntad; el segundo, las Iluminaciones, lo dejó inédito tras la prisa por arrancar. Lo harán, ante la indiferencia del escritor, sus admiradores y discípulos, encabezados por su ex amante, Verlaine, que publica buena parte de los textos, en prosa, en la revista La Vogue, 1886. En el primer volumen de su afiebrada poesía se preguntó: ¿No tuve yo alguna vez una juventud amable, heroica, fabulosa, como para escribirla en hojas de oro?

El periplo que abarca el autoexilio es amplio y dura más de una década: París, Londres, Viena, Hamburgo, Batavia (Indonesia),  Alejandría (Egipto), Chipre, Adén (Yemen) Harar, Abisinia (hoy Etiopía), también los oficios desempeñados tras el oro y la fortuna: ventas de café, pieles, marfil, armas, caucho, plumas de avestruz. No consta que haya participado en el tráfico de mujeres y de esclavos. Rimbaud, el gran rebelde que anhelaba cambiar la vida con su poesía, se vuelve un traficante, otro de los  colonialistas que asolaban África y Asia, belgas,  holandeses, ingleses. Pero también un tránsfuga que ostenta en los negocios cierta ética, es escrupuloso y honesto en medio del pillaje y la rapiña. La poesía no es un camino de salvación, entre otros desfalcos de la personalidad, porque Je es un autre, yo es otro, se está siempre disociado y, en su caso particular, víctima eterna del spleen, del tedium vitae, del aburrimiento mortal. De allí la agobiadora movilidad del ex poeta. No vuelve a escribir poesía, solo cartas comerciales donde solicita  libros técnicos, de albañilería, construcción, cristales, minerales, topografía, y aun, a su madre, una máquina fotográfica. Ya no es un flaneur como lo fue en Europa. Ahora lo obsesiona ser empresario y regresar rico a Francia para darse la gran vida, forrarse en dinero, diamantes y oro. También casarse y tener descendencia, una familia burguesa como la de su amante Verlaine, que Rimbaud  despreció.

Sus aspiraciones fracasan. No es un gran negociante, apenas un empleado colonial, acosado por el tedio al que se suma la enfermedad que lo llevará a la tumba. Una antigua sífilis reaparece y se detiene en su rodilla derecha, bajo la forma de un cáncer. Rimbaud sufre horribles dolores. Decide regresar, en litera, insomne, menesteroso y envilecido. Lo aguarda en Marsella su hermana Isabelle. Le amputan la pierna en el Hospital de la Concepción, el 27 de mayo de 1891.  Sobrevive unos meses hasta que sucumbe. Muere en medio del delirio por regresar, ¿dónde?, ¿a Harar, a Adén?, el 10 de noviembre de 1891, no sin antes recibir los sacramentos.

¿Se convirtió al final, en el límite?

En su poema “Adiós”, de Una temporada en el infierno, había dicho: “Y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.”

 

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Un comentario

  1. Javier Campos dice:

    Bolaño, poesía , Rimbaud, en mi artículo que sigue, allí ver nota 3 sobre Rimbaud. A los interesados.

    http://garciamadero.blogspot.com/2007/12/el-primer-manifiesto-de-los.html?m=0

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