Revista Intemperie

El arte que preferiría no ser

Por: Rodolfo Reyes Macaya
david hockney

 

Durante diez años (de 1925 a 1935) se inicia en la acuarela. Después, a lo largo veinte años (de 1935 a 1955) recorre el mundo pintando una marina cada quince días. El resultado: trescientas acuarelas que representan distintos puertos de mar, las que entretanto hace llegar a un artesano que, a través de complejos métodos, convierte en puzles de setecientas cincuenta piezas. Durante otros veinte años (de 1955 a 1975), de vuelta en su ciudad, se encarga de resolver estos puzles para luego transportarlos al lugar donde fueron pintados y allí proceder a su destrucción.

El personaje en cuestión se llama Percival Bartlebooth, y es acaso el protagonista de la monumental novela de Georges Perec La vida instrucciones de uso. Su parábola, tiendo a pensar, habla de la inutilidad, del anonimato, de la disolución, “Partiendo de nada –dice el narrador– Bartlebooth llegaría a nada, a través de transformaciones precisas de objetos acabados”. Pero también habla de ciertas curiosas características o pretensiones del arte contemporáneo: la desmaterialización del objeto artístico y el desplazamiento de los cuerpos en un espacio que no es propiamente un escenario o un museo sino la dimensión múltiple de la vida cotidiana.

Es de notar que tal pormenorizado proyecto tuvo serias complicaciones durante las fases más avanzadas de su desarrollo: la aparición Charles–Albert Beyssandre, el aclamado crítico a quien todos los artistas quieren impresionar, a quien los galeristas persiguen sin tregua y de quien los marchantes esperan con ansia febril cada línea de su última crítica semanal. En todo caso, el éxito de Beyssandre se debe menos a la lucidez de su prosa que a circunstancias exteriores e institucionales o, digamos, pecuniarias. Cierto consorcio hotelero, sin otra finalidad que la de evadir impuestos, le ha encargado conformar una multimillonaria colección de arte. Y Beyssandre ha aceptado el mandato como quien recibe honores largo tiempo esperados, seguro de merecerlos, sólo para comprobar que la gloria es ingrata.

En efecto, “Beyssandre era un hombre sincero, amigo de la pintura y de los pintores, atento, escrupuloso y abierto, y feliz cuando, después de pasar varias horas en un estudio o en una galería, lograba dejarse invadir silenciosamente por la presencia inalterable de un cuadro, por su existencia tenue y serena, por su evidencia compacta que se imponía poco a poco convirtiéndose en algo vivo, algo pleno, algo que estaba ahí, simple y complejo, signos de una historia, de un trabajo, de un saber, trazados por fin más allá de su progresar difícil, tortuoso y hasta tal vez torturado”. Beyssandre se dejaba hipnotizar por las obras no sin una previa disposición devota y contemplativa: el placer estético es homologable al éxtasis del místico, en un mundo donde la metafísica, fuera del carácter autónomo del arte, ha sido desterrada.

El crítico, entonces, dotado de pronto de fama mundial ante la magnitud financiera de su misión, se apresura a llevar a cabo su cometido. Pero como ya no puede estar tranquilo para dejarse envolver por obras que ahora lo acosan en todo momento, su disposición al placer estético, supuestamente desinteresado, entra en crisis; llega a ser presa, primero, de la apatía y, después, de la franca desesperación. En tales circunstancias, la noticia de la aventura de Bartlebooth lo obsesiona al punto en que se propone conseguir a toda costa aunque sea una de las marinas que preferirían no ser (aquí resulta inevitable la referencia al entrañable personaje de Melville, Bartleby,) parte del panteón, el cementerio o el centro comercial a menudo denominado “Historia del arte”.

Así es como se inicia una carrera donde el crítico (un policía, a su pesar) intenta dar caza a un objeto estético que se le niega. Se trata de evitar a toda costa la disolución de la obra y el ocultamiento de su autor, ya que, una obra que performativamente se autodestruye atenta a la concepción misma del arte contemporáneo; no así la performance, que en su afán de ingresar al museo y a la industria cultural, necesita imperiosamente del registro por medio de la fotografía o el video.

Bartlebooth, dicho sea nuevamente, trazó un plan que unificaría su existencia consistente en la producción de una serie de obras miméticas que, luego, tras su descomposición en pedazos de puzles y, más tarde, efectuada su posterior recomposición, serían eliminadas científicamente para dar como resultado una hoja en blanco, metáfora del vacío o de un falso origen que no es sino la negación del carácter estético del mundo. También es posible que esto no quiera decir nada.

 

Post Scriptum. En La vida instrucciones de uso se narran las distintas peripecias de los distintos habitantes de un determinado edificio parisino. Hay relatos que resultan memorables y finalmente indispensables. Entre ellos se encuentra la kafkiana ‘Historia del acróbata que no quiso bajarse del trapecio’, o, la Historia del antropólogo incomprendido, o, la Historia del joven de Thonon que un día dejó toda actividad.

 

Foto: Cameraworks, David Hockney

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