Revista Intemperie

¿Quién es Chile? Del drama político al marketing teatral

Por: Moby Dick
quien es chile

Moby Dick no quedó nada satisfecho con el montaje “¿Quién es Chile?”, denuncia la utilización de eventos históricos con fines de marketing y termina por preguntarse dónde va el GAM

 

Bien cobijado por el discurso político de la Concertación, que veinte años después ha encontrado que las violaciones de los derechos humanos de la Dictadura (por las que nunca hizo justicia), podían ser un buen producto de marketing, nos llega ahora el último montaje del GAM, titulado grandilocuentemente “¿Quién es Chile?”, en la pluma de Soledad Lagos.

El título es significativo, porque de inmediato la obra se instala desde una pretensión discursiva esclarecedora de la realidad nacional. El contexto histórico escogido, la campaña de Colo-Colo en la copa Libertadores del 73, en los días previos al golpe de Estado, también parece promisorio, pues ofrece la posibilidad de abordar desde una perspectiva distinta este período.

Pero ambas expectativas se ven frustradas, pues la obra ofrece una escenificación lineal de ciertas escenas o fragmentos de la realidad, pero que son siempre literales en su significado y que no logran alcanzar un verdadero valor dramático, ni menos un efecto emocional entre la audiencia.

El tratamiento actoral es básico y el despliegue del argumento es casi inexistente: una sucesión de sketches, con un formato casi cómico, carente de desarrollo de personajes y de un hilo de tensión dramático que le dé continuidad a la obra. La estructura fragmentaria es un recurso frecuente del teatro contemporáneo, pero en este caso se ocupa sin ningún propósito definido: ni mostrar un caleidoscopio de eventos unidos sutilmente entre sí, ni la desintegración de la experiencia. El montaje se transforma así en una suma de cuadros desconectados que en vez de potenciar la emoción o experiencia de la obra, termina por conspirar contra ella.

Quizás el problema fundamental de esta obra es que no se sitúa ni en la micro ni en la macro historia, sino en un espacio intermedio, hecho de eslóganes o pancartas. De hecho, al no haber desarrollo de personajes ni una historia común, se impide la conexión emocional del espectador. Lo que adquiere más peso en la obra es tal vez la macro historia, usada como telón de fondo, pero a la vez como eje articulador del relato. Pero no hay aquí una tematización o interpretación de procesos históricos, sino que la obra parece servirse de estos datos históricos para instalarse como un producto legible ante una audiencia teatral determinada.

No cabe suponer aquí intenciones discursivas determinadas –sería caer en la misma práctica ideológica que se critica– pero sí conviene determinar algunos de los efectos discursivos que se producen. Lo que supuestamente se presenta como una denuncia o testimonio político y cultural, opera finalmente como una estrategia de marketing para montar un espectáculo ad hoc que apele a una audiencia masiva. La elección de un evento significativo, y de alto impacto mediático (como es la campaña de Colo-Colo del 73), comodificado como un sustento de entretenimiento o espectáculo para complacer a un público de teatro cada vez más esquivo. La figura de Caszely, que no tiene ninguna justificación y cuyo aporte a la obra, reducido a un papel muy básico, parece justificar esta sospecha. Simplemente no hay a la vista otra idea que justifique su inclusión más que la de revestir la obra de un cierto glamour farandulesco que facilite su mercadeo.

En estas circunstancias, cabe preguntarse ¿A dónde va el GAM? ¿Qué tipo de discurso, o discursos, busca instalar? Hasta ahora, la curatoría de este centro se propone ecléctica, sirviendo de espacio para promover desde el teatro emergente hasta obras masivas. Sin embargo, hay poco espacio para estéticas realmente de la resistencia, y la mayoría de los montajes se ajustan a un discurso político determinado, pero poco provocador. Es de esperar que no termine por transformarse en una máquina de procesamiento de ciertos dramas histórico o políticos, convirtiéndolos nada más que en productos de marketing, con ayuda de una temática masiva, y la de una figura pública de gran notoriedad. Quedará por verse.

 

¿Quién es Chile?

Elenco: Elías Arancibia, Cristián Arriagada, Juan Pablo Bastidas, Carmen Gloria Bresky, Daniel González, Samuel González, Christian Riquelme-Guerrero, Marcela Salinas, Carolina Varleta
Participación especial: Carlos Caszely
Dramaturgia y dramaturgismo: Soledad Lagos
Puesta en escena: Marco Espinoza
Asistencia de puesta en escena: Pía Medina

Temporada: del 4 Abril al 4 Mayo, de Jueves a Sábado 20 hrs. Domingo 19 hrs.

Centro Cultural Gabriela Mistral
Sala A1
Av Libertador Bernardo O’Higgins 227, Barrio Lastarria

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Un comentario

  1. Cornelio dice:

    El nombre “¿Quién es Chile?” se debe a que es un antiguo grito colocolino. Es obvio su uso con un fin más amplio, pero no considerar este origen lleva al error de lectura (unívoca) del autor. Lo entiendo en todo caso; ¿por qué habría que saber de esas cosas de picantes e iletrados, como el fútbol? Porque parece que la molestia va por ahí: la desacralización del espacio artístico con una intertextualidad que apunta a referentes extra artísticos, búsqueda que, como consecuencia y no como objetivo a priori, resulta en una masificación. Es que igual como que masificar es como malito, porque es como dialéctica negativa, es regresión, ¿cierto? así lo expuso Adorno (desde un hotel), entonces tiene que ser verdad.

    La inclusión de Caszely permite, precisamente, la articulación de esos fragmentos en apariencia inconexos; su relato de futbolista de Colo Colo 73 y ciudadano con participación política, actúa como símbolo de la crisis, tesis nada nueva, sino que propuesta en el último libro de Luis Urrutia O’Neill (periodista que tiene el mal gusto de ver ese deporte de rotitos, oiga).

    Pero tranqui, Moby Dick. Es solo una propuesta aislada. No hay más personajes que puedan cumplir un rol similar al de Caszely, por lo que esta obra quedará como una excepción a la normalidad que cómodamente disfrutas y cuya puesta en duda, aunque fuese por dos temporadas, parece que es suficiente para sacar a la policía estética a remarcar las divisiones de lo posible, las que siempre -oh sorpresa- están a favor de ustedes.

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