Revista Intemperie

Mi amiga la ciudad

Por: Rodrigo Campusano
ciclista urbano

  

Menos de 40 cuadras separan mi domicilio en Ñuñoa del taller mecánico del que soy cliente en Providencia. 40 cuadras provistas de abundante vegetación, parques y plazas. Todo esto visto desde el encierro del automóvil durante poco más de una hora es la antesala de un mal genio horrible.

Decidí hace un año desplazarme en bicicleta por la ciudad y evitar este tipo de escenarios, sin embargo, ya que el taller no viene a casa, debí moverme hacia allá y sufrir viendo como mi amiga la ciudad se convierte en una gran pesadilla desde el automóvil.

Y es inevitable comparar. Sin caer en la militancia cletera, es evidente que quienes optaron por este medio de transporte sonríen desde que salen de casa hasta su destino. Es elocuente, al mismo tiempo, la cara de haber desayunado caca que llevan los millones de conductores que cada mañana invaden con muy mala leche el espacio público. Hoy fui uno de ellos y me sentí peor persona. Estuve una hora en guerra con el mundo automotor: grité a otros conductores que dijeron conocer a mi madre, hice torpes maniobras al volante intentando evitar colisiones cada tanto, vi unos diez de conductores atravesados en avenidas porque no alcanzaron a pasar con verde (también me pareció conocer a sus madres y otros familiares). En fin, definitivamente la calle desde dentro de un auto en las horas punta nos convierte muy rápido en peores seres humanos. Los peatones que nos rodeaban, sin duda llevaban un mejor semblante; los ciclistas pasaban riendo por los caminos que se dibujan entre los autos, sin tacos, sin gritos, sin recuerdos maternales.

A mi amiga, la ciudad, la construyen los ciudadanos, pero es una tarea muy infructuosa cuando se hace desde el automóvil a la hora en que todos van al trabajo o regresan a casa. Para construir la ciudad habría que partir por bajarse del auto y discutir desde la vereda, ocupando los espacios públicos, queriendo a los conciudadanos y no mentando sus madres con media ventanilla abajo y la cabeza energúmena asomada.

Pienso en los millones que se repiten el plato cada mañana, en sus estados anímicos cuando llegan al trabajo o se reencuentran con los suyos cada fin de jornada. Pienso en los cientos de golpes y malas palabras que son consecuencia de estas extenuantes maratones motorizadas y el descontrol que generan, primero en las calles y luego en oficinas y domicilios.

Hace años que nos definimos como un país depresivo, con graves problemas de salud mental, con gran cantidad de licencias médicas psiquiátricas. Es evidente que ese dato está en las calles; bulle cada jornada en los rostros cansados y el mal trato permanente entre coterráneos. El crecimiento del parque automotriz (60% en diez años) no ayuda en nada. El estado del transporte público no colabora con la descongestión. Sólo peatones y ciclistas se hacen parte de la solución.

Tras dejar el auto en el taller me moví caminando a mi lugar de trabajo, pero no fue suficiente para sacarme el rictus. “Shhh, ¡la carita!”, fue la primera frase que escuché. Y ahí me di cuenta que la caminata no había sido suficiente. Me acordé de la madre de mi compañero, pero preferí callar y sumirme en la alegría que vendrá cuando acabe la jornada y regrese a casa en bicicleta, mientras millones de habitantes duplican los insultos que recibieron de ida.

 

Foto: zoomnews.es/Getty

2 Comentarios

  1. Caroll dice:

    jajaja… yo se quien fue el de “shh ¡la carita!” . Súper el texto, fiel descripción del caos vial en Stgo.

  2. john lecaros dice:

    A eso súmale que mucha gente ni siquiera tiene árboles ni paisajes ni plazas ni vegetación que admirar.

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