Revista Intemperie

La mano de Paul Auster

Por: Sebastián López
Paul Auster "Sunset Park" Book Signing

Sebastián López asistió al “evento literario” del año, y reflexiona sobre la mecanización de la firma de libros de los grandes autores

 

La vendieron como conversatorio, pero fue una excusa para promocionar el libro epistolar de ambos Here and Now: Letters, 2008 – 2011. Paul Auster y John Coetzee sentados en una mesa, con muy mala amplificación, leyeron selecciones de sus cartas para que después probablemente el público comprara el libro y se llevara la experiencia para la casa. Auster y Coetzee se veían viejos, ambos canosos y más enfocados en la selección de sus cartas que del público frente a ellos: leyeron por casi una hora.

La última carta, que, coincidentemente es la última del libro, la leyó Coetzee con su voz a punto de apagarse, casi queriendo ser inaudible. Se trataba de una reflexión sobre la vejez y la convicción de Coetzee acerca de que cuando se es más viejo se adquiere una mayor claridad sobre el mundo (algo que, incidentalmente, se opone a una poética de Eliot “as one become older, the world becomes stranger”). Me impresionó que en esa carta hablara sobre la revolución. Para Coetzee (y quizá para Auster también), la revolución tiene mucho de resignación. Es sólo un momento fotográfico: disparos en el aire, gritos de triunfo, rostros revueltos en euforia que semanas después retornan a la opresión de la rutina y del mismo régimen. O como reflexiona Coetzee, “la vida retorna a la normalidad”, cuando, en realidad, yo siempre he pensado que la revolución es sólo el rito de paso para volverse a un estado de revuelta, movimiento constante.

Terminada la lectura, Auster y Coetzee comenzaron a firmar libros. Juntaban tres o cuatro novelas en la mesa y cada autor ponía una mosca ilegible en la segunda o tercera página de los libros de los cientos de lectores, casi automáticamente, sin mirar al público. Cada autor cabizbajo, ensimismado en el acto de reproducir serialmente una firma que carecía de cualquier relación con el escritor. Esperé mi turno, me acerqué a Auster con la copia de su trilogía y como todos la dejé sobre la mesa junto con las novelas de otras personas y él mecánicamente continuó con su trance, cuando de repente, le dije “Mucho gusto en conocerlo, Mr. Auster” y estiré mi mano. Paul Auster levantó su cabeza y encontré en él una cara mucho más cansada que en las fotos de sus novelas, los ojos de Auster desconcertados, impresionados e incómodos, casi horrorizados, como si al sacarlo de su trance firmante, lo hubiese alejado de la distancia de la firma que reproducía. Paul Auster dejó el lápiz en la mesa y me devolvió el saludo con un apretón de mano. Mano tan suave como la de un niño, apretón de mano de persona confiable. Uno o dos segundos y él volvió a la normalidad de firmar libros. Yo me alejé con mi copia de la trilogía, ahora con una mosca ilegible que quizá diga Auster.

 

Foto: La Tercera

 

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