Revista Intemperie

La irrenunciable utopía de Gabriel García Márquez

Por: Chico Jarpo
gabriel garcia marquez

 

1. Desde que nos enteramos del fallecimiento de García Márquez, cada quien ha rememorado la personal relación que mantuvo con su obra. Los evocadores ramalazos de memoria que se precipitan a partir de sus libros son tan abundantes y magníficos como una miríada de mariposas amarillas. Y es que todos los que lo admiramos habríamos de recordar el momento exacto en que Gabo nos llevó a conocer el placer de su narrativa. Uno de los tantos que me vienen a la mente es estar parado en una librería de un mall leyendo el final de El amor en los tiempos del cólera. Mi mamá afuera intenta no ser arrastrada por la multitud. Me espera sin comprender la magnitud de esa repentina imantación por los libros. Son más páginas de las que imaginaba, así que cada tanto la observo por el rabillo acumular linfas en la clepsidra de la paciencia. Para entonces Santiago era una capital en “transición democrática” (y lo sería por tanto tiempo que el término perdería por completo su sentido provisorio), y el modelo instalado por la dictadura auguraba un despegue económico inaudito. Las tarjetas de crédito eran tan nuevas, que prometían el prodigio de adquirir productos con tan sólo apuntarlos con el dedo. El mall por cierto, era  como un pelotón de fusilamiento.

2. La muerte del nobel de literatura colombiano ha sido, como era de esperar, cubierta de una manera bastante mediocre por la televisión. Salvo algunas excepciones, en que la calidad de las notas ha experimentado una medra debido a los virajes de timón hechos por entrevistados duchos en vadear los lugares comunes de los periodistas (Diamela Eltit, por ejemplo), las visiones en torno al autor se obstinan en presentar una semblanza tan redonda, anodina, y frágil como un huevito de pascua. Son al menos cuatros los ejes con que los medios televisivos apuntalan la figura de García Márquez: a) su faceta periodística. Una referencia que insufla un orgullo espurio en los conductores (es cosa de observar el súbito resplandor que adquieren sus caras cuando la mencionan). b) Su cercanía con la revolución cubana. Una arista que devela una vez más la fijación mediática con los procesos socialistas. Resulta notorio aquí el empeño por presentar este tipo de adscripción política como susceptible a generar polémica c) El índice de ventas de los libros del autor. Este es uno de los aspectos determinantes, porque delinea la manera en que será formulado el espacio dedicado al escritor. Para solventar esta perspectiva comercial hace falta la comparecencia de un experto. Este peritaje queda a cargo de los dueños de librerías, quienes son conminados a opinar sobre la obra y la trayectoria del autor. Lo que, en general no tiene nada de malo. Después de todo, los empresarios de libros son ávidos lectores y por tanto conocedores bastante exhaustivos de su mercancía. Sin embargo, llama la atención la completa ausencia del académico, sobre todo si consideramos que la televisión acostumbra la anuencia de un profesional por las circunstancias más ridículas: “ahora el geólogo de la universidad… nos explicará el por qué existen tantos baches en la alameda”. El resultado: poco y nada se habla de narrativa, y se tiende a presentar a García Márquez como si fuese un personaje de sus propias novelas. Esto redunda en la caricaturización del autor, hecha a partir de una lectura excepcional y aislada de su trabajo, que menoscaba la comprensión de su lugar en un proceso orgánico de la literatura latinoamericana. En esta línea simplificadora, se insiste en los herederos del mentado realismo mágico (Isabel Allende, Hernán Rivera Letelier) pero poco y nada se dice de sus precursores. Una comprensión histórica en la que poder ubicar a García Márquez, debiese incluir una somera mención a lo “real maravilloso” de Alejo Carpentier, en especial a su prólogo al Reino de este mundo, las innovaciones narrativas alcanzadas por Juan Rulfo o el influjo de Faulkner. Esto supondría la restitución de su nombre dentro de un derrotero de autores que indagaron con brillantez en cómo templar una identidad literaria y un imaginario continental. Es ahí donde Cien años de soledad alcanza un cénit expresivo y conceptual difícil de igualar.  d) Por último: se enfatiza la supuesta candidez del realismo mágico…

3. El profesor Grínor Rojo, desaprovechado por los medios masivos, explica en una breve entrevista dada a la radio Universidad de Chile, cómo el mote de “realismo mágico” le resta más que le suma al proyecto del escritor colombiano. Esto resulta patente cada vez que se ocupa el término para aludir a un mundo de maravillas insoportablemente naif (y no es de extrañar que algún periodista llegue a comparar sus libros con los de Harry Potter). Sin embargo, lo inverosímil posee una dimensión política de absoluta vigencia en nuestro continente: un episodio clave de Cien años de soledad es la matanza de los tres mil huelguistas en la estación de ferrocarriles. José Arcadio Segundo, unos de los pocos sobrevivientes y testigos de la masacre perpetrada por los militares al servicio de la bananera norteamericana relatará, hasta el día de su muerte, la sangrienta escena. Sin embargo, nadie cree su testimonio. La desaparición de los obreros (y de las mujeres y niños que los acompañaban) ha sido tan implacable que no existen pruebas que refrenden su versión. Por supuesto, este suceso es extraído de un acontecimiento real. De pronto los hechos históricos se vuelven increíbles, la violencia cotidiana y endémica contra el pueblo se torna irreal ¿Y quién se atrevería a decir que la injusticia y la impunidad no continúan siendo la mácula permanente de nuestra región?

4. Una de las cosas que ha puesto de manifiesto la preciosa elegía pespuntada de nostalgia que ha escrito Jaime Huenún, es el vínculo de la realidad chilena con el imaginario latinoamericano que entraña la obra de Gabo. Vuelvo a pensarme parado en el mall. Por esos años Fuguet y Gómez publican McOndo, un libro que pregona justamente lo contrario, que García Márquez no tiene nada que ver con nuestro país. Pero yo, desde otro tiempo y espacio del descrito por Huenún, leo en una librería del mall las páginas que le faltan a la versión pirata del Amor en los tiempos del cólera que tiene mi abuela. Cuando salgo de ahí regreso a la población. En ella me reencuentro con la fragante y bulliciosa feria, y el velamen siempre encendido de las animitas, y los fines de semana, acudo a la aparición de pailas gigantes y tiznadas en las que las mujeronas del pasaje fríen papas para incrementar el siempre precario ingreso familiar. Lo colectivo y popular permanecen arraigados en este espacio. También las estirpes condenadas a cien años de soledad. La explotación sigue sin concederles una segunda oportunidad en la tierra. “América Latina será socialista o no será” repite la irrenunciable utopía del maravilloso e inconmensurable muerto.

 

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Un comentario

  1. Rodolfo dice:

    Muchas gracias Chico Jarpo, como tu tan maravillosamente escribes, “De pronto los hechos históricos se vuelven increíbles, la violencia cotidiana y endémica contra el pueblo se torna irreal ¿Y quién se atrevería a decir que la injusticia y la impunidad no continúan siendo la mácula permanente de nuestra región?” Sólo basta mirar que mientras Pinochet murió con honores militares de Estado y sin que Bachelet acuñara un dedito de réplica o altura histórica, importantes contingentes de estratificación diversificada, festejaron y se tomaron Plaza Italia como si se tratase de una paso importante en el mundial de la dignidad!!!

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