Revista Intemperie

Jaime Huenún recuerda a Gabriel García Márquez

Por: Jaime Huenún
gabriel garcia marquez

 

A Gabriel García Márquez

 

Fue durante el año 1981 que leí Cien años de soledad. Era la segunda edición de Sudamericana, aquella con la E de soledad al revés. Estaba en la caja bananera llena de libros que Miguel Huenchuán me trocó por chicha, vino y cerveza. De ese libro viejo y ajado se desprendía no sólo el olor del papel, sino que también el de la madera húmeda y el de las velas de sebo y parafina. Leí ese libro un poco en la casa de mi abuela y un mucho en el boliche que atendía por las tardes; lo leí con devoción, con familiaridad y sorpresa a la vez.

Todo lo que pasaba en la novela pasó o pasaba en mi población. El Pichí Sáez -un pelusón que ofrecía su verga según él monumental a cuanta vecina pasaba por su lado-, era José Arcadio Buendía. La gorda Chabela -ropavejera, malhablada y alcohólica-, era Pilar Ternera. El Gitano Jaramillo – vendedor de baratijas y cambuchos llenos de pasas con harina tostada- era Melquiades. El rucio Longines -elegante carterero y reconocido lanza a chorro, siempre vestido de blanco- era Pietro Crespi. Mi madre, que cantaba en la cocina soñando con una gran casa blanca, blanca como una paloma, era Úrsula Iguarán.

Vivíamos en un Macondo de selvas y pantanos fríos, de lluvias interminables, de barro que marcaba las camas y la ropa interior, de humo apulchenado que se pegaba implacable al pelo y al cuello de las camisas. No había bananos, pero había manzanas, sacos y sacos de manzanas en marzo, abril y mayo, que se convertían en ríos de chicha, en frascos y frascos de mermelada, en quintales de orejones que mordíamos buscando el corazón del verano en pleno jodido invierno austral. Era un Macondo donde los gitanos levantaban sus carpas en las canchas de fútbol, a orillas del río Rahue, y luego pasaban a tomar chicha a mi cantina hablando en zíngaro y haciendo perro muerto cada vez que podían. No traían el hielo, pero dejaban en la cubierta del mesón sendos cuchillones y dagas adornadas con rubíes, topacios y esmeraldas.

Macondo -decía yo- Macondo, tarareando la cumbia que, antes de leer esa prodigiosa saga tropical, escuchaba en los programas bailables de las dos únicas radios de la ciudad. “Macondo, Macondo, Macondo, yo me voy para Macondo”. Giolito y su combo y la voz carrasposa de Alejo López yéndose a un pueblo inimaginable, inexistente en los mapas sudamericanos. Cuando supe que Macondo era el pueblo que aparecía en un libro, quise decirlo a mis parroquianos. “Oye, Pantera; escucha, Chivita; óigame, don Juan: Macondo está aquí, en este libro.” Pero mis clientes no precisaban de datos literarios para entonar cumbias y rancheras bien bailadas y lloradas. Sólo el alcohol los hacia libres y dichosos, parlanchines dueños del mito y el delirio, habitantes de un Macondo sin raíz y sin destino, hundido bajo la lluvia y la oscura y tormentosa memoria del sur.

 

Foto: (Gabriel García Márquez, 2008). Miguel Tovar/Associated Press /nytimes.com

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