Revista Intemperie

Koltès y los fantasmas de la negritud

Por: Tomás Henríquez
muelle oeste

Koltès pone en crisis los discursos sobre la inmigración, el estado asistencialista y el deseo sexual, opina Tomás Henríquez, aunque no todas resultan completamente rescatadas en la versión que se presenta ahora en Sala Sidarte

 

Indudable resulta percibir que en la puesta en escena de Muelle Oeste que el colectivo Matraca, y bajo la dirección de Cristián Keim, hace de uno de los textos más áridos del dramaturgo francés Bernard Marie-Koltès, se respira un aire de difusa densidad. En poco más de dos horas y media podemos ver, como pocas veces se había visto en escenarios nacionales, el alto vuelo poético de los textos de Koltès, y la construcción escénica de un imaginario, que aunque con ripios de traducción, es capaz de situar al espectador en medio de un paisaje de suburbios que bien puede remitirnos al Chile de hoy.

Con gran agudeza y un refinado humor negro, Koltès tematiza en esta obra el cargo de conciencia que el progresismo culposo de una sociedad como la francesa (que a veces, y guardando las enormes distancias, se parece bastante a la sociedad chilena) genera en su imaginario colectivo tras históricos e instituidos procesos de violencia colonial. Un alto y ostentoso ejecutivo se interna junto a su esposa en uno de los hangares de un puerto con la firme intención de suicidarse. Allí conoce a un grupo de sujetos para él peligrosos -marginales, inmigrantes, gitanos, buscavidas- que intentan cruzar un río, pues lo entienden como su propia frontera con el progreso. Entre ellos, destaca Abad, un hombre de piel oscura quien sumido en su enigmático mutismo resultará piedra angular del conflicto.

Pero más allá de la victimización propia de todo cuanto nos deja esa profunda herida post-colonial ya inscrita en la memoria de cuerpos que han conocido por motu proprio los efectos de diversas formas de violencia, en Muelle Oeste se propone un ejercicio diferente, pues se trata de una historia con personajes que no solo coexisten ociosos en los límites de una ciudad que insiste en volverlos entes productivos, sino -y aquí lo más interesante- por asumir con radical y sugerente desinterés que todos -indistinto de su lugar en el mapa- ejercen poder, y por ende violencia.

Las relaciones de abuso y coacción son transversales a toda situación de la cultura. Sin miramiento alguno, se le pierde el respeto a la figura de la víctima. Así, la tristeza de la vida incolora del pobre, del inmigrante, del subalterno, adquiere, no solo como signo de carencia, sino como elevada pretensión de ascenso social, un barroquismo exuberante, selvático, a ratos incluso bestial, quizás plagado de pliegues y referencias difusas de las que resulta difícil (imposible digamos), definir en su pureza, un sentido posible de identidad. Porque el inmigrante rehuye. El inmigrante es siempre su propia estrategia nomádica de identificación.

Viendo la obra, no obstante, queda una sensación extraña. Pareciera que hay cuerpos fantasmas. Cuerpos que no aparecen. La otredad que se pretende, esa extranjería con forma de negritud, que se refiere con insistencia, resulta a la larga insuficientemente representada. Será quizás por aquella pulsión homo-erótica implicada en el texto y en la biografía misma de Koltès, que la versión escénica, a ratos extremadamente respetuosa, pasa por alto. Pareciera que en esta versión de Muelle Oeste, los cuerpos no pueden (o no quieren) hacerse cargo de aquella plusvalía de rendimiento sexual, que es la principal energía movilizadora de todo cuanto ebulle como implicado en una transacción comercial.

Aquí por el contrario, es la palabra, la corporalidad de la palabra, la que juega ese rol. Hay en ello, en esa fascinación literaria transversal a toda la obra de Koltès -un confeso seguidor de Bob Marley y del realismo mágico- una ilusión implícita a toda transa que torna peligrosamente seductor el momento del intercambio. Porque siempre se quiere lo que no se tiene. Se desea lo que se desconoce. En Koltès -como en pocos de su generación- observamos con sutil y elegante descaro cómo las retóricas aparentemente bien-intencionadas del estado asistencialista, sus producciones simbólicas, sus demarcaciones fronterizas, sus tecnologías de resguardo de los órdenes legales, no son otra cosa que estrategias maquinarias de la producción del deseo hetero-capitalista.

Con todo lo anterior, escombros e imperfecciones incluidos, estamos frente a una gran obra. Intrigante, quizás  incluso más de lo que pretende. Con un elenco de actuaciones notables (José Soza y Claudia Cabezas, inmejorables), una construcción atmosférica de gran simpleza, alta factura y complejidad conceptual, Muelle Oeste es una obra inteligente, y sin embargo difícil, que exige de un espectador atento que no solo se contente por indagar en los opacos recovecos del texto, sino sea capaz de percibir, quizás incluso de la manera más perversa posible, aquello que va más allá de la palabra y que hace de un fenómeno escénico lo que es: la intensidad del acontecimiento.

 

Muelle Oeste

De Bernard Marie Koltès
Dirección: Cristián Keim
Actores: José Soza, Claudia Cabezas, Rafael Contreras, Guilherme Sepúlveda, Ana Laura Racz, Gonzalo Durán, Alex Quevedo, Valentina Acuña

Teatro SIDARTE
Ernesto Pinto Lagarrigue 131, Bellvista
Reservas: 2 777 19 66 / reservasteatro@sidarte.cl
Funciones: 4 al 26 de abril
Jueves, viernes y sábado a las 20:30 hrs.
Entradas: $5.000 general y $3.000 estudiantes, tercera edad, y jueves popular
Entradas a la venta en la boletería del teatro.

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