Revista Intemperie

Bill Evans y el jazz como un camino de destrucción o salvación

Por: Rodolfo Reyes Macaya
bill evans

Es más fácil que te suicides escuchando jazz que a Beethoven, cita Rodolfo Reyes para recuperar la vida dura de uno de los famosos del jazz, y reflexionar sobre esta música como un camino hacia o desde la desesperación

 

Muchos individuos que pretenden ser intelectuales, sea lo que sea que eso signifique en nuestros días, suelen escuchar jazz. Pocos son los que descubren que es una pasión grosera, incluso destructiva. Elizabeth Hardwick, en un texto tan florido como entrañable sobre Billie Holiday, afirma que es, en realidad, una enseñanza “que se graba en tu carne dejando una cicatriz, un deseo nunca satisfecho”. Y agrega: “es más fácil que te suicides escuchando Them There Eyes que el opus 132” de Ludwig Van B.

Dicen que Bill Evans, el poeta del piano (como lo definiera Gene Less), durante sus últimos días se alimentaba sólo de dulces. La carrera de Evans empezó en la década del cincuenta. Menos una aptitud prodigiosa que una infatigable actividad rápidamente lo llevó a uno de los puestos más codiciados de todos en la banda de Miles Davis. Colaboró en Kind of Blue, el disco, para muchos, más importante de la historia del jazz. Pero el frágil e introvertido Evans no lo resistió; decidió dar un paso al costado, volver al campo y dejar definitivamente (ilusión que volvería a abrigar de manera intermitente en los años posteriores) a su nueva amante: la heroína.

En 1960, recuperado y más optimista, Evans fundó un trío legendario en compañía del percusionista Paul Motian y el joven contrabajista Scott LaFaro. De ahora en más el contrabajo se encontraría liberado de funcionar como un mero metrónomo. Cada instrumento adquiría una preeminencia que –junto a  un curioso despliegue armónico a raíz de las ideas de George Russell en torno a las estructuras modales –entronizó a Evans; bajo estos nuevos parámetros de improvisación, en el disco Portrait in Jazz, las clásicas Come rain or come shine y Autumn leaves resultan apenas reconocibles. Sin embargo, dos años después, LaFaro (interponiéndose en el camino de un árbol) perdió la vida en su automóvil. Evans, por consiguiente, volvió al retiro; se dice –no doy fe ni lo niego– que no tocó el piano durante seis meses y que a menudo se le encontraba caminando con la mirada perdida, vistiendo las ropas del amigo fallecido.

Bill Evans no se rindió; regresó al ruedo con un segundo trío y un manejo cada vez más exquisito de las secuencias cromáticas ascendentes que hacen que su música se emparente de algún modo con Debussy –compositor francés a menudo llamado impresionista menos por sus características formales que por la cercanía espacio-temporal con el grupo pictórico que solía reunirse en el café Guerbois.

De cualquier manera, disco tras disco, concierto tras otro, las adicciones de Bill Evans, sumadas a la hepatitis crónica que padecía, aceleraban su propia desintegración física y moral. En 1973, Ellaine, su pareja durante 12 años, por razones que no comentaré (no aquí, no ahora) se lanzaba a las vías del metro. Y Evans, nuevamente burlado por la fortuna, marchaba a Florida, donde sería cuidado por su hermano Harry. De allí volvería tras su rehabilitación, de allí iniciaría un nuevo camino hacia la actividad febril que le llevó a producir más de cincuenta discos en toda su carrera.

Pero un día de abril de 1979 poco antes de presentarse en concierto, Evans recibió la llamada telefónica que daba por tierra definitivamente todos sus deseos de vivir: su hermano Harry, en medio de la depresión, se había pegado un tiro. El final será el regreso a la heroína, a la cocaína, al alcohol. El final será también un trabajo aún más extenuante; por ejemplo, la gira europea de 21 conciertos (impecables, hay que decirlo; o el contrapunto maravilloso a su propia miseria) en sólo 24 días.

El 15 de septiembre de 1980 Bill Evans murió entre las sábanas de un hospital neoyorkino. Se dice que en sus últimos días se alimentaba sólo de dulces y que, por ello, evidenciaba una considerable malnutrición. Acaso, desde un comienzo intentó alejarse de la desesperación intelectualizando el jazz. Quizá colaboró con el comienzo del fin llevado adelante por el bebop de Charlie Parker, quien demostró de sobra que no eran ya necesarias las grandes orquestas. Lo cierto es que acabó como todos o como casi todos lo que pretendieron una salvación sincopada: un hígado maltratado; un tabique nasal casi inexistente; una larga estela de discos que bien podrían salvarnos o, quizá, entregarnos sutilmente a la debacle.

P.D. Durante un tiempo habité un sexto piso, situado no muy lejos ni muy cerca del centro de esta ciudad de dos palabras. Con el propósito de sacarme el encierro de encima, solía dar largas caminatas a ninguna parte. Escribí alguna vez al respecto, aunque en realidad apenas importa, que caminar era a fin de cuentas, un ejercicio mental. Emprender largos paseos, en tratados médicos del siglo XIX, era considerado saludable para mantener el equilibrio psíquico, para no descerrajarse un tiro. No pretendo exagerar cuando digo que a veces me estaba volviendo loco. Los motivos (que no enumeraré) sobraban. Fue entonces cuando, como quien se aferra a un tablón podrido en medio del mar, me obsesioné con la música de Bill Evans. Es este mi torpe intento de olvidarla.

 

Foto: Bill Evans por Chuk Stewart

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