Revista Intemperie

Teillier: la senda del perdedor

Por: Mario Valdovinos
jorge-teillier

 

Algún día, alguien leerá
lo que no he escrito.

Roque Esteban Scarpa

 

¿Es posible que una obra literaria genere la cercanía de los lectores porque su autor puede ser considerado un loser? Desde el punto de vista de la rentabilidad de los proyectos, Jorge Teillier (1935-1996) era un perdedor. ¿Qué ganó con su ejercicio poético de toda la vida? ¿Premios, honores, reconocimientos, figuración, notoriedad?  Nada de eso en el país de la desmemoria. Ejerció la poesía como un oficio secreto, subterráneo, particularmente en una época, el gobierno militar, de clandestinidad, de catacumbas, de apagón cultural, y de su responsable hizo un fantasma. Cultivó, tal vez sin quererlo, pero conscientemente, el bajo perfil; fue ajeno a las declaraciones estridentes y a la presencia mediática; permaneció en el intraexilio mientras la dictadura pasaba con su carro de esqueletos. Tampoco frecuentó las polémicas literarias ni estéticas, menos las ideológicas. Desde varios frentes le dispararon por escapista, por hacer una literatura sentimentaloide, utópica, simplista, cercana a las emociones que desatan los boleros. Los detractores de su estampa y de su poética, además, recalcaban con majadería que el mundo lárico y la aldea, las vertientes esenciales de su lírica, en cada poema, eran los mismos, no evolucionaban, como un lago de aguas estancadas. La respuesta del poeta fue la más sabia, por lo común el silencio, o respondía con la publicación trabajosa de sus libros, construidos con tejuelas de alerce, con fragmentos de nubes, con gotas de lluvia. Los cimientos de una casa con dos puertas.

Teillier trazó una arquitectura de palabras, un poco de aire movido por los labios para ocultar, quizás, lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar, como lo dijo en su poema ‘Despedida’.

Vivía en una residencia terrestre que no lo pudo preservar de los embates de los vientos y de los barquinazos del prójimo. En ese universo permeable, habitado por gatos y vagabundos, locos y mujeres soñadoras, paisajes bucólicos y senderos, nieblas e infortunios, las células del delirium tremens deterioraban las paredes, pero la vivienda resistía, bajo la autoridad del gato Pedro, con sus muros blancos salpicados de manchas de vino, la tinta que usaba el poeta para escribir sus poemas y aniquilar sus vísceras.

Quizás era una casa de adobes trizados, con dibujos de corazones partidos, con arañas en los rincones, la casa de un convaleciente que volvía periódicamente a ella después de sus estadías en la clínica, donde intentaban sanarlo del alcoholismo, el mal de Francois Villon, de Edgar Allan Poe; el de Patricia Highsmith, de Raymond Carver, de María Luisa Bombal. El viejo poema se conserva mejor en un odre nuevo y viceversa. Una casa que no se derrumbaría como la mansión de Usher, en el cuento de Poe, la casa de un magnífico perdedor, que gastó su vida en los bares, acompañado por los días jueves, la soledad, la lluvia, los caminos.

 

Foto: Jorge Aravena Llanca

2 Comentarios

  1. A Jorge Teillier no se le puede convocar si no es con melancolía, ejercicio vital en la poesía lárica, tan necesaria como la misma poesía “comprometida” que tanto asedio a la escritura del poeta. Esta melancolía pudo potenciar la vida y lucidez de Teillier, y de muchos otros que han elegido recluirse en un mundo interior –esa aldea–, no exenta de complicaciones. Schewenke y Nilo, a través de “El viaje”, nos recuerdan este talante cantando: “(…) como lo hacen los poetas que por amarse a sí mismos su vida es un gran concierto (…)”, densificando esta necesidad de prolongar la vida hacia adentro, como un acto de sobrevivencia.

    A todo esto, hay que agregar, quizás una de las más importantes defensas de Teillier, publicada en “Los poetas de los lares”, donde nos habla de su resistencia al mundo terrestre, al menos como sustrato de la arquitectura lárica, blandiendo lo poético como un fármaco vital, al sostener la necesidad de “Transformar la vida cotidiana del prójimo gracias a una poesía que muestre el rostro verdadero de la realidad: he ahí la tarea. Y no importa que sea incomprendida, escuchada entretanto sólo por unos pocos, porque a la negación siempre un poeta responde con el sí universal” (1965:54). Todos somos a la vez imaginarios, en la media que sobrevivimos a nuestro sustrato de realidad terrestre, y existe el antecedente de culturas documentadas antropológicamente, que constituyen gran parte de su vida de forma onírica, por lo que vale conocer siempre cuál y donde se ubica nuestra residencia en la “aldea”, convirtiéndose de este modo Teillier en un sobreviviente, de quien hoy sólo tenemos ese mundo interior, por el cual lo conocemos…

  2. Noelle dice:

    Me gustan mucho estos textos de Mario: sencillos, cercanos, sabios.

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