Revista Intemperie

Lecturas cruzadas: Yosa Vidal y Claudio Maldonado

Por: Claudio Maldonado and Yosa Vidal
Port.El Tarambana

Dos autores debutantes intercambian miradas sobre sus primeras novelas, una picaresca del Chile actual, y un sueño surreal sobre la educación pública

 

 

La picaresca anti utópica del Chile político y religioso de los últimos cincuenta años. Sobre El Tarambana, de Yosa Vidal

Por Claudio Maldonado

 

Con la estructura y lenguaje de la novela picaresca, Yosa Vidal se presenta como una autora de actitud feroz ante la realidad, hiperbolizando las peores tendencias de una época a través de un personaje marginal, cuyo elemento esencial para accionar sus aventuras de sobrevivencia son la caricatura, el juego malicioso de las palabras y la visión anti heroica que termina por dejar una lección moralizante. Pero basta escarbar un poco en las significaciones de esta historia para darnos cuenta que El Tarambana es una maravillosa muestra de lo mejor de la tradición de la picaresca hispanoamericana, que al decir de Alejo Carpentier, no continuó al llegar a América, sino más bien se transformó, llegando incluso, debido a su dispersión, a plantearse su desaparición como tal.

Dispersiones y transformaciones sostienen la historia, un relato que nos habla de la vida de Concha Baeza, al principio una joven de extracción humilde, que a partir de una violación promovida por el párroco de la iglesia de la comuna de La Florida, en los años sesenta de Chile, decide huir de su realidad e iniciar un viaje adoptando la identidad de un hombre como protección contra otros posibles abusos de ese macho dominante y cerril que tiene por creencia su superioridad ante la mujer.

A partir de este escape,  el personaje comienza a relatar su  sobrevivencia bajo el alero de un país que poco a poco comienza a moverse por los terrenos de una revolución política y social. La circunstancialidad, la desvalorización y la revelación son los elementos bases, que, según mi criterio, sostienen la trama de esta obra y que, como dije anteriormente, refleja la picaresca hispanoamericana, con seres en perpetua desorientación, desde los orígenes, seres nacidos en el infortunio de una conquista despiadada, de un desengaño que fue cultivando el mito del fracaso predestinado, la base de nuestra conciencia histórica.

El primer patrón de Concha Baeza es un tendero mañoso, tacaño y explotador, que la sorprende en actos amatorios con su hija, dándole una paliza que lo lleva a emigrar a San Fernando y a ser cobijado por un viejo jardinero que hace las veces del padre bueno que nunca tuvo y que le da un hogar. A pesar de esto, Concha Baeza defrauda al viejo, pues conoce la parranda de la noche y el vértigo de las apuestas. La culpa del Lazarillo no entra en este personaje, no existe una carencia de manejo social, a pesar de estar muchas veces a punto de desfallecer de hambre o de frío. Las circunstancias lo condicionan a la miseria, pero no lo determinan a esconderse bajo las faldas de un nuevo patrón que lo lastime o que le tome demasiado cariño. Al llegar a Valparaíso se une a una compañía de teatro itinerante que monta pequeñas comedias y entre títeres de paño y muñecos de papel con engrudo. Concha Baeza logra con el tiempo empaparse con el nuevo realismo socialista de los 70 y escribe, monta y actúa en una orilla que trata sobre un maestro que fabrica piezas ortopédicas y que para acrecentar su negocio manda a fracturar a las gentes del pueblo. Concha Baeza hace el papel del aprendiz del maestro y cree firmemente en el valor y la dignidad del trabajo y de los obreros. Es así como trata por todos los medios de darle una lección al maestro. Esto lo logra construyendo un gran robot androide  con las piezas ortopédicas, que es el símbolo, el bastión del pueblo unido que jamás será vencido por la inmoralidad de un artesano corrupto que al final logra recapacitar y entender el momento histórico y revolucionario que se vive.

Estas acciones artísticas, ejecutadas en el esplendoroso Valparaíso de los 70, tienen su clímax cuando conoce a Lúbrica, su amor, su goce y su pena final. Pero el sueño acaba pronto, el jefe de la compañía descubre que las partes pudendas del chico son de mujer e intenta una violación que no resulta, pues esta vez Concha Baeza lo castra con los dientes. Se salva, pero no su amor, que es asesinada por los militares a través de un soplonaje falso del eunuco.

Llega la dictadura y el Tarambana parte de nuevo hacia un exilio, lo político y  lo cultural se desvaloriza, no existe el sueño utópico, más bien se manifiesta la  anti utopía  de las naciones latinoamericanas, la revelación del estado y de la verdad de las cosas  ya no se muestra en forma de una doctrina religiosa, al contrario, se desnudan las paradojas de la fe, contradicciones que se hacen palpables cuando en su llegada a Santiago le sirve de mocito puertas adentro a un abogado Opus Dei de alta influencia en el gobierno del dictador. Este abogado, que se azota con fuerza para sacar y contener sus pecados, que mantiene al mocito Concha Baeza con una dieta en base a sopa de cáscaras de papa, le da la posibilidad de acceder a su enorme biblioteca y conocer la salvación a través de sus métodos de automutilación. El pícaro tradicional no se mete con las instituciones ni con las autoridades, ya que como señalé, carece de una severa incapacidad social, en cambio el pícaro de El Tarambana logra en cierto modo utilizar el poder opresor de la dictadura para vengar una afrenta…

Luego sigue su viaje y en nuevas aventuras va conociendo la verdad de la dictadura de una manera brutal. Esto marca un giro, la realidad, la desorientación, las marcas en el cuerpo que han dejado los vagabundeos en este pícaro (que ya no tiene la vitalidad veinteañera) hacen que en la obra se aprecie el elemento más característico de la transformación moderna del género picaresco: la búsqueda del amor y la compasión. Al llegar a Casablanca, convertido en un guiñapo humano, conoce al Niño Ángel que según todos ve y conversa con la Virgen. Al poco tiempo Concha Baeza se transforma en un feroz creyente de este invento de la dictadura para generar distracción mediática. Concha Baeza lo sabe, pero se aprovecha de esto para ganarse nuevamente el favor de la institución religiosa: el padre de la parroquia lo acoge y lo toma de empleado.

Finalmente, el Tarambana logra lo que quiere: sabe que no hay moralejas ni lecciones que sacar de su vida, sabe que no fue el héroe al que Gracián dedicara bellas líneas, ni el gestor de grandes proezas, pues sólo cree que sus aventuras son una muestra de un ser humano que sobrevivió a los embates de su tiempo. Así se cierra una novela alucinante, arriesgada, de múltiples lecturas, de las que ésta es sólo una más. Los invito entonces a leerla y descubrir por ustedes mismos nuevas perspectivas.

Yosa Vidal

El Tarambana
Tajamar 2013

 

piel de gallina

Pollos porque sí. Sobre Piel de gallina, de Claudio Maldonado

Por Yosa Vidal

 

Hace un par de semanas fui a un café literario organizado por la Municipalidad de Santiago y algunos entusiastas profesores del Liceo 4 de mujeres, ubicado en calle Matucana. Profesores, funcionarios, alumnas del liceo y otros chicos de instituciones vecinas leyeron poemas y cuentos, cantaron, bailaron, invitaron a escritores y profesores, en un festejo cultural un poco largo pero muy entusiasta. Incluyeron, por ejemplo, un emotivo homenaje a Marta Ugarte, la profesora asesinada por la DINA el año 76, realizado por las propias alumnas, una acto verdaderamente emotivo; y todo esto con discursos que fomentaban la lectura y la escritura en los jóvenes, porque la literatura es necesaria, porque sirve para ser mejor persona, más inteligente, para crear y habitar mundos, entre otros muchos beneficios y ahí estaba yo, aportando con este tipo de argumentos. Entiendo el contexto y el propósito de la actividad, pero me es inevitable una sensación incómoda cuando se entiende a la literatura, no exclusiva pero sí principalmente en términos instrumentales. Me dieron ganas de decir: escribo y leo porque sí, porque se me da la gana, para equivocarme, perder el tiempo, para matarlo, leo y escribo por nada, sólo por el placer, de hecho ojalá la literatura haga un poquito mal y que siga no sirviendo de nada.

Y en esto me sentí acompañada por Piel de gallina, la primera novela de Claudio Maldonado, donde lo inesperado, la fantasía, el absurdo, cosas tan en desuso por estos días, o confinadas casi exclusivamente a la literatura infantil, aparecían con brillos nuevos. Qué gusto encontrarse con el absurdo porque sí, sobre todo cuando está bien articulado, con una escritura capaz de montar elementos diversos y permitir que ahí, en el encuentro, aparezcan imágenes, sin estar estas subordinadas a un fin pedagógico.

Y es que la novela comienza en un delirio irreversible que pareciera no permitir una actitud interpretativa del tipo “quequerrádecirconestoyconestootro”.

Lizardo, un profesor de escuela pública, se escapa de un lugar tan universal como chileno para perderse en un terreno indeterminado, un acá regido por leyes completamente arbitrarias. El tipo es un profesor obediente, ingenuo, patético, que quiere a toda costa dejar de trabajar y que, aunque está geográficamente perdido y abandonado, se le presenta la posibilidad de su jubilación soñada, y para esto debe hacer el reemplazo de una profesora enferma en un curso de pollos a punto de titularse, es decir, morir.

Este ofrecimiento se lo hace un militar, amigo de un director de una escuela vecina, y ocurre justo luego de escuchar la confesión de un soldado que aparece sorpresivamente detrás de un biombo y le cuenta un macabro rito de iniciación sufrido recientemente: el recluta está desnudo, del pene le cuelga un hilo de crema que no para de gotear, tiene cara de drogadicto y en el pecho un hueco del tamaño de una manzana. Su malogrado estado de salud se debe a un rito de iniciación realizado por un superior que le ha succionado el pene hasta sacar, por esta vía, toda la leche de burra que había ingerido unos minutos antes.

A partir de este momento el absurdo pareciera no dar pie atrás y su gracia –a mi juicio su principal gracia– es que se atraviesan situaciones irracionales una tras otra, sin dar tiempo para reflexiones existenciales, sin detenerse en la alegoría y abrir la interpretación a lo alegorizado, sino más bien para quedarse en la imagen misma, en el poder de la escena ingeniosa y grotesca en extremo, a veces tan absurdas que llegan a desafiar toda verosimilitud. No es fácil, por ejemplo, imaginar a un mojón vidente, hablando, como el único ser que pareciera tener corazón en toda la historia, o a estos profesores, intentando verdaderamente aplicar pedagogías y planes y programas actuales en un grupo de pollos. La habilidad discursiva del narrador personaje es notable, un yo asombrado como nosotros por lo que ve, pero no tanto como para cuestionarlo, y entonces puede avanzar por las distintas experiencias al igual que Alicia, en un país horroroso, con una lógica definida pero indescifrable, una lógica matemática que funciona sólo en ese espacio con perfecta normalidad, en ese lado de allá, aboliendo toda capacidad de sorpresa y así nunca perder la cordura en lo irracional.

Son pollos, chanchos, jotes, gallinas los que aparecen en esta historia, y es muy graciosa la forma en que el autor consigue anular la alegoría pues nuestra jerga chilena se permite tantos animales para nombrar al otro. Entonces cuando dice gallina, no se refiere a una persona cobarde, sino que se refiere a una gallina, y cuando el narrador dice pollo, no son sujetos frágiles, inseguros, sino que, literalmente, son pollos. La zoolalia chilena (permítaseme el neologismo, si es que lo es) ha permeabilizado nuestro lenguaje de animales como sustantivos para nombrar a cualquier grupo como caricaturas. Son famosos los dibujos de Lukas a este respecto, su Bestiario del Reyno de Chile, una especie de manual al estilo científico del XIX, donde un cronista-especialista hace un  inventario de las bestias que observa: los gallos choros, las gallas vacas, apolilladas o como la mona, o las posibles cruzas existentes de estos animales locales.

Porque en Chile así se nombra a la gente, pero en Piel de gallina, cuando el narrador dice “entré a la sala, saludé a mis pollitos, abrí las ventanas”, los pollitos son tan literalmente pollitos, no son alumnos apollados o pollos alumnados, son pollos a secas, lo mismo con la piel de gallina, los mojones y las cabezas de chancho, y, lo mejor, el profesor no es un héroe, en el sentido más conservador de la palabra, como sí puede llegar a serlo en la realidad.

¡Que gusto leer algo que recuerde la pluma de Juan Emar!, esa sensible forma de armar fábulas donde el sentido es atribuido por el mismo texto, por el placer de leerlo, con plena sobriedad, sin poetizaciones, a ese mismo Juan Emar que Neruda llama “el Kafka chileno”, en un tono de homenaje loable pero tan equívoco: Emar es el autor que es precisamente por su capacidad de liberarse en buena medida de esa carga trágica y existencial de la alegoría Kafkeana, alegoría con mil claves de entrada y de salida, pero alegoría al fin.

Entre Emar y Kafka entonces, pues en el libro sí hay una evidente alegoría con el sistema educativo actual, fundamentado en el modelo fordista de la fábrica implementado en Chile al pie de la letra, con símbolos como jotes rondando en círculos sobre la cabeza del profesor, el jefe como chancho, y entonces la interpretación contundente al estilo Pink Floyd en donde hay evidentemente una crítica ácida a la sociedad, que la dictadura y la post dictadura, que el sistema educacional chileno, y un larguísimo etcétera, pero insisto, logra huir del pathos quejumbroso conservando un espíritu de sueño, la arbitrariedad de los diálogos, la risa ante lo patético, la angustia de ver al profesor pero  poder substraerse de una perorata del bien y el mal, de todo afán educativo y disfrutar del grotesco porque sí. El epígrafe de la novela es notable y quizás constituye una declaración de principios: “absurdo, sólo tú eres puro”, de Cesar Vallejo.

Pero, ay! El final… Por todo lo ya dicho, creo que al libro le sobra una página, pues el absurdo, la fantasía, el azar, las imágenes al final no son ya porque sí sino que tienen su razón de ser. Los pollos no son pollos, sino que son sueños de pollos, y al explicarlos dejan de tener la libertad que habían ganado y pierden algo del brillo tan bien logrado. Es cierto que este final se adelanta, pero hubiese terminado el libro antes, para que ese efecto delirante no se racionalizara. En fin, dejemos tranquilo al pobre profesor en su silla de ruedas.

P.D.: Felicito a tan buen dibujante.

Piel de gallina

Claudio Maldonado
Ediciones Inubicalistas. 2013

Un comentario

  1. Marcelo dice:

    He leído los dos libros y me parecen muy buenos. Están como fuera de todo lo que se hace en la normalidad, espero que sigan así.

    Marcelo Romero.

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