Revista Intemperie

Round 2: notas sobre la contienda entre músicos y radiodifusores

Por: Chico Jarpo
scd

Chico Jarpo critica la campaña de la ARCHI en contra del 20% de música chilena, arguyendo que en nuestro país sólo importan las cifras de venta y las fórmulas de mercadeo

 

Casi en paralelo a la belicosa refriega entre bibliotecarios y escritores (conflicto analizado con las precauciones de un corresponsal de guerra en la columna anterior) se ha desarrollado por estos días otra escaramuza en torno a la cultura. Esta vez se trata de una contienda que enfrenta a los músicos criollos con la asociación de radiodifusores de Chile (ARCHI). La pugna se origina debido al proyecto de ley que busca establecer una cuota mínima de un 20% de bandas nacionales en la programación de todas las estaciones de radios asociadas.

Las hostilidades de mayor envergadura las inició la ARCHI. Aprovechando su ventajosa posición, desplegó una atronadora artillería mediática a través de una campaña que básicamente destacaba el carácter “impositivo” de la medida en trámite. En uno de sus spots se puede escuchar a una mujer comprar una entrada para ver una comedia romántica para, digamos, la función de tarde, a lo que el empleado responde confirmando el título de una película de terror en el horario nocturno. La contrariada clienta corrige la hora y el nombre de la cinta, para encontrarse de nuevo con la misma respuesta. Luego, una voz en off añade como corolario que la música chilena no se debe imponer sino promover o algo por el estilo. Rápidamente, nosotros, radioescuchas bombardeados por estos anuncios transmitidos por todas las emisoras radiales, debemos homologar a este kafkiano trabajador a cargo de la taquilla de un cine con los músicos chilenos detrás de la iniciativa del 20%.

Lo fascinante de esta ofensiva es que (sin quererlo tal vez) su puesta en escena revela una lógica bastante específica de concebir el problema. Y esto sucede porque es inevitable que la forma en que se imaginan y narran los conflictos no quede impregnada de posiciones discursivas, sesgos y perspectivas ideológicas. En este caso el que se represente a la audiencia como una consumidora de la “cartelera” que ofrece la radio evidencia el énfasis en la transacción comercial con que la ARCHI ha decidido exponer el altercado. De esta forma se logra comprimir el debate de tal manera que otras temáticas relevantes en la discusión queden aisladas, o lisa y llanamente marginadas de la polémica. Dentro de ellas la que por lejos resulta más perjudicada por la forma en que la ARCHI ha decidido demarcar los lindes de la controversia, es aquella que debiese indagar acerca del rol difusor de la radiofonía con respecto a la producción de música nacional. En ese sentido, lo más grave del ataque preventivo y desproporcionado que percuta la asociación de radiodifusores, suerte de bombardeo nuclear, no es tanto el gesto visiblemente beligerante de la acción, sino que el despliegue de recursos invertido es capaz de trazar el tablero y la dirección en que se han de mover las piezas de la argumentación.

De esta manera el efecto que busca promover la campaña es bien aleccionador. Si hemos decodificado el mensaje tal como los radiodifusores quieren que sea oído, deberemos sentirnos ultrajados ante la tiranía y arbitrariedad con la que los músicos exigen el 20%. De alguna extraña forma nosotros seremos las víctimas directas de la medida y no los dueños de las estaciones que creen en riesgo su patrimonio económico con la aprobación de la ley. Curiosamente, será nuestra libertad la que se verá amenazada y no la de los directivos de la emisora, quienes buscan poder programar la música que según su criterio más rédito les proporciona.

Y es que la ideología funciona con estribillos (para utilizar una referencia musical). Y hoy por hoy la cantinelas consisten en reclamar el sacrosanto derecho a la “libertad”. Pero a no equivocarse, que sus protectores y pontífices no la invocan para traer a la memoria a la morruda dama francesa que guía al pueblo abriéndose paso a través de montículos de cadáveres pintada por Delacroix. Para ellos la única libertad que vale es la de la empresa. Pero jamás dirán eso. Por ningún motivo te hablarán de sus negocios. Alzarán la voz más bien para proteger “tú” derecho a elegir a cuál de sus compañías le comprarás el próximo producto. La  libertad que te están ofreciendo está supeditada a sus intereses económicos. Sin ir más lejos, esa continúa siendo la principal premisa que utilizan los detractores de la eliminación del lucro en la educación.

Lo cierto es que a medida que vamos descubriendo la profundidad con que el sistema de libre mercado ha permeado el ámbito cultural nos iremos encontrando con mayor frecuencia con este tipo de fortalezas erguidas en torno a los negociados que explotan sus canteras. En este nuevo escenario desaparece, por ejemplo, la figura del disjockey que escudriña la escena musical emergente en busca de nuevos talentos que puedan refrescar su programación, también la de los gestores culturales interesados en alentar la producción de una narrativa caústica, original y novedosa. En nuestro modelo actual sólo importan las cifras de venta, los rankings, las fórmulas de mercadeo y los índices de audiencia. Pero no nos engañemos, no hay “libertad” en esos registros de consumo. También sus criterios son impositivos pues existe una saturación de sus productos en la oferta (por supuesto, con el tiempo lograrán crear estadísticas que avalen el modelo mediante una lógica de monopolio, circular y autocomplaciente).

En ese sentido resulta irónico que la ARCHI ocupe la analogía del cine, porque quienes vivimos en el sector sur de Santiago sabemos de sobra cómo funciona la cartelera que disponen para la periferia. Y es que si queremos ver una película independiente, digamos una en que no actúe Adam Sandler, tenemos que desplazarnos a otro sector de la capital, fuera de la estructura de consumo que otros han concebido para nuestro territorio. Esa decisión, que determina cuál es la ficción idónea para mi estrato social, no es ingenua, ni inocente, ni imparcial, ni mucho menos liberadora, como pretende hacerla ver la espuria argumentación de los librecambistas.

Para terminar, antes de lanzarnos a integrar bandos en las tropas de alguna de las batallas épicas que asolan nuestro terruño, ya sea entre músicos y radiodifusores, o entre bibliotecarios y escritores, urge enfrentar el tema del anillo único del neoliberalismo, ese que nos gobierna transversalmente a todos. Independiente que estemos convencidos de que hay que conservarlo como un “precioso” tesoro para apretarlo con recelo entre nuestras palúdicas garras o que haya que emprender el largo y difícil camino para destruirlo, se hace perentorio que nuestras discusiones en torno a la cultura se articulen a partir de este elemento nodal del debate.

 

Foto: scd.cl

2 Comentarios

  1. Marco dice:

    No se te ha ocurrido pensar que los cines de los barrios “periféricos” como los llamas no dan cine arte porque la gente no está ni ahi? Estoy de acuerdo con algunas cosas que dices, pero no nos contemos cuentos. Nadie va a ver mucho cine indpendiente, ni en Pudahuel ni el Las Condes. La cosa es un poco más complicado que decir simplemente “Hay una mafie pensando como imponernos Adam Sandler”. Los cines sólo quieren ganar plata

  2. Chico Jarpo dice:

    Supongo que se trata de un argumento circular. Me refiero al de ponernos a ponderar el “gusto” de los espectadores. Sin duda es una cuestión enrevesada de contestar. ¿Qué nace primero, las multisalas o el fanático de Adam Sandler? ¿éste nace o se hace?… Creo que por ahí nos arriesgamos a extraviarnos en entelequias metafísicas y el cambucho de cabritas no dan para tanto. En fin, aludí al círculo porque me parece que si nos centramos en el hecho concreto, empírico, y aislado del consumo cultural masivo perdemos la perspectiva histórica del por qué tanta gente no esta “ni ahí” con un tipo de manifestaciones artísticas y sí con otras (suponiendo que Adam Sandler travestido de su hermana gemela sea una manifestación artística).Si esta misma discusión la trasladamos a la crisis educacional (y sí, pido disculpas, soy consciente de que abuso extrapolando los temas)alguien podría argüir,como ya lo han hecho, que en vista de los resultados empíricos de que la educación privada es superior a la pública habría que lisa y llanamente eliminar esta última. Sin embargo, esto sería obviar la historia de ventajas que ha tenido una sobre la otra. Lo mismo sucede con las preferencias de consumo cultural, si hemos estado expuestos durante, pongamos por caso, dos décadas a la taquilla gringa, es imposible que diversifiquemos nuestros patrones estéticos; Por supuesto que salivaremos como el perro de Pávlov con el puro trailer de rápido y furioso 7. Y esto porque toda aquella libertad que prometió soltarle la correa al mercado no ha conseguido más que estratificar el consumo y profundizar la inequidad. Argumento circular: comprobamos los datos que hemos forzado para que sucedan de esa manera.
    La verdad es que en materia cultural has mencionado el vórtice del asunto, la plata es la que manda. Y en ese sentido cualquier criterio que reflexione nuestro campo cultural a partir de enfoques que no pertenezcan a la lógica de la ganancia está condenado a fracasar.
    Por último, no quise que se entendiera que estaba intentando armar una tesis conspiratoria en torno al debate. No creo en mafias, ni en oscuras cofradías, ni en reptilianos. El capitalismo desenfrenado es suficientemente perverso como para buscarle disfraces. Una de las cosas que discuto es la “ilusión” acerca de nuestra libertad dentro de los discursos de la clase dominante (libertad restringida -tan sólo decir “libertad restringida” da el talle del engaño- únicamente al consumo de bienes).

    Agradezco to comentario porque, claramente, no había explicado bien estas cosas y es sumamente importante poder discutirlas.

    saludos

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