Revista Intemperie

Villalobos, el adelantado

Por: Jaime Huenún
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Jaime Huenún acusa racismo y violencia en el discurso del historiador Sergio Villalobos

 

Se ha hecho ya costumbre que cada cierto tiempo, las mediáticas declaraciones de Sergio Villalobos saquen roncha y sangre, especialmente entre los intelectuales y activistas mapuches. Y es que el veterano autor de Relaciones fronterizas en la Araucanía se ha especializado en prodigar a la prensa cuñas políticamente incorrectas, frases que otros historiadores e intelectuales describen, por lo bajo, como cargadas de racismo y violencia epistémica.

Como representante destacado de un grupo de investigadores que ha elaborado la versión hegemónica de la historia nacional, Villalobos ha sido profusamente premiado por el Estado y la Academia, constituyéndose en una voz habilitada y respetada, aplaudida y demandada por un sector no menor de la población del país. Empresarios, políticos, latifundistas, académicos, educadores, ciertos artistas y escritores, medios de comunicación, banqueros, gran parte de la clase media y hasta algunos sectores populares opinantes, legitiman y validan sus dichos y sus escritos. Claramente, no es desde  la marginalidad y la derrota que emerge y se sitúa su voz. Como muchos otros chilenos ilustrados, Villalobos es un intelectual orgánico y su labor es defender un Estado integrador, civilizador, legalista, monolingüe y libremercadista, férreamente estructurado por instituciones civiles, religiosas y militares de cuño occidental.

Desde esa perspectiva, sus aseveraciones son acertadas, convenientes y teñidas de un elogiado y encendido patriotismo. El hombre no sólo defiende intereses económicos, culturales y territoriales sino que, por sobre todo, una poderosa y cada vez más insostenible idea republicana del pasado, aún vigente incluso en los textos escolares que se distribuyen cada año. Esa idea es la del estado nacional incorruptible, invariable, narrado y apuntalado con los recursos de una Historia de filiación positivista que no admite réplicas, cuestionamientos ni vacíos. Es por ello que, sin ningún empacho, señala: “los descendientes de araucanos,  con inteligencia y esfuerzo han sabido, a través de cinco siglos, incorporarse a la cultura dominante”.

Desde la otra orilla de la historia, con miles de documentos en mano, es posible refutar tan paternal y antojadizo dictamen que establece, como un hecho indudable, la voluntad mapuche de integrarse de motu proprio a la sociedad chilena. Como también es posible rebatir, con una buena cantidad de archivos bajo la manga, su tajante opinión sobre las modalidades de tenencia y utilización de la tierra por parte de los mapuches. Lisa y llanamente no es posible hoy asumir como verdad monolítica que “Los araucanos (…) utilizaban cortos espacios junto a las rucas”. Los lonkos y caciques de antaño efectivamente poseían vastos territorios y tenían perfecta conciencia de sus propiedades, a las cuales no sólo daban uso económico (ganadería, agricultura, recolección), sino que también amplio y continuo uso ceremonial y político. Ese uso ceremonial y político es el que no vio ni ve aún Villalobos, por eso está absolutamente convencido que mantener tal estado de cosas “Para la nación chilena era un desperdicio que debía ser superado”. Superar dicho despilfarro implicó llevar a cabo una guerra punitiva y expansiva (la llamada Pacificación de la Araucanía), tal y como lo pedía Benjamín Vicuña Mackenna, prohombre que en su tiempo no escatimó diatribas e insultos de grueso calibre en contra de los díscolos indios del sur.

Pero la Pacificación no concluyó en 1883 con el Parlamento de Putúe en Villarrica; la guerra pacificadora se transformó en una larga y ramificada guerra sucia que dura hasta nuestros días. Si la Pacificación significó la pérdida de miles de vidas mapuches y de más de diez millones de hectáreas indígenas, ¿cuántas vidas y cuánto territorio ha costado la guerra focalizada que el Estado, los colonos, los latifundistas, los comerciantes, los tinterillos y aventureros han mantenido contra la población originaria desde mediados del siglo XIX hasta hoy? Contar esos muertos y verificar científicamente las pérdidas mapuches no es tarea fácil, ciertamente, pero tampoco imposible. Es cosa de abrir  y ventilar un poco los archivos militares, policiales, municipales y parroquiales. O revisar la prensa de ayer y de hoy y los registros de los cementerios del sur. Esa labor, aunque en mínima medida, se ha hecho en las últimas dos décadas, pero sus resultados no son vox populi, sino datos e interpretaciones que se pierden en los anaqueles y vericuetos de la academia.

En este contexto, Villalobos es –no nos engañemos– un actor preponderante cuya labor mediática, educativa e intelectual no debiera reducirse a la chacota o la caricatura. Su discurso es una herramienta más en el despliegue de una violencia útil que busca ridiculizar y destruir demandas y planteamientos políticos, históricos y teóricos provenientes de sectores indígenas, aplastando sin asco alguno la condición cultural e identitaria asumida por tales sectores. No otra cosa pretende, por ejemplo, esta frase iluminadora: “Grandes promociones de araucanos y mestizos descendientes de ellos han tenido éxito en la vida nacional”. No sabemos a qué tipo de éxito se refiere el historiador, pero leemos -sin mucha suspicacia- que tales promociones de “araucanos y mestizos” han cambiado gustosos su cultura de origen por otra más ventajosa y digna. Villalobos elogia este cambio, razonable, inteligente y productivo, y lo valora como un triunfo del proceso de integración o incorporación. Integrarse a la sociedad chilena es, de este modo, una victoria cultural y política, humanista y republicana, tanto para el sujeto indígena como para el país.

Sin embargo, tal comprensión de los hechos lleva implícita la voluntad de reducir y despojar perversamente al “otro” pues, como lo ya lo manifestara el gran escritor turinés Primo Levi, “Para vivir es necesaria una identidad, es decir, una dignidad… quien pierde la una pierde también la otra, muere espiritualmente; y ya privado de defensas, está expuesto también a la muerte física.”

 

Foto: La Tercera

 

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Un comentario

  1. pedro torres dice:

    Absolutamente de acuerdo con el punto de vista de Jaime Huenún y no digo que sea el único punto de vista a tomar en cuenta acerca del “tema mapuche” , pero es tan válido como los muchos otros puntos de vista que en conjunto tendrán que realizar una historia de Chile multicultural y no seguir insistiendo majaderamente en la historia escrita por los vencedores, como es la escrita por Villalobos, Vicuña mackenna y muy en especial la de Encina, que al igual que Villalobos, es enfermo de racista y clasista.

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