Revista Intemperie

Sergio Larraín, el perseguidor

Por: Mario Valdovinos
sergio larrain

De sus orígenes acomodados hasta su retrato humano de la marginalidad y el abandono, Mario Valdovinos recuerda la figura de uno de los mejores fotógrafos nacionales, cuya obra se expone hoy en el Bellas Artes

 

¿Qué transformó a Sergio Larraín en una leyenda de la fotografía? Nada que él deseara o buscara, puesto que los datos de su biografía dan cuenta de un hombre más afantasmado que real, exento de ambiciones y vanidades; ajeno a la fama, la notoriedad, el primer plano. Sin duda, perteneció a una clase social privilegiada, estudios en el Saint George, en una universidad estadounidense, una familia, Larraín-Echenique, poderosa, con patrimonio, influencias, redes. Su padre, Sergio Larraín García-Moreno, arquitecto prominente, en sus años finales donó su valiosa colección artística al Museo de Arte Precolombino de Santiago, que exhibe en cada pieza el nombre de su benefactor. Sergio, Keko para sus íntimos, fue oveja negra y, como les ocurre a todos quienes lo fueron, poco a poco se fue convirtiendo en oveja blanca, no sólo por el cabello, sino por el pacto que hace todo ser humano, más aún un artista, con su interior y con el uso que haga de su libertad.

No lo cautivó la ingeniería forestal, que fue a cursar sin entusiasmo en USA, carrera que abandonó rápido, sino una máquina fotográfica Leica, el Rolls Royce de las máquinas fotográficas, alemana y rigurosa, que, según contó, compró a plazos. Ese objeto, propio del cruce entre la tecnología de la imagen y la pintura, sellaría su destino.

Valoró, en el plano de la huella familiar en su vida, la espléndida biblioteca de la casa paterna y el ambiente doméstico cruzado por conversaciones sobre arquitectura, estética, libros. Su padre fue amigo de pintores y escritores, entre éstos de Neruda, de Jorge Edwards. No era parte de la bohemia ni de la movida de la inquieta Generación del 50, pero adhería a sus propuestas y simpatizaba con sus desplantes. Es la generación del Parque Forestal, la del poeta Lihn y la del escritor sin obra, el de los libros por escribir, sin título y con las páginas en blanco, el Chico Molina, otra sombra que se fusionó con los árboles del parque, a la que Larraín no pudo fotografiar, lo mismo que al etéreo Jodorowsky.

La huella silenciosa de Larraín, por el Chile profundo, por Italia, por Londres, por Santiago y por Valparaíso ha sido objeto de publicaciones en libros y exposiciones retrospectivas. Su afiliación, en 1959, a Magnum, la agencia de fotógrafos creada por Cartier-Bresson, y su hija Gregoria, han cautelado la herencia que dejó, a la que el fotógrafo no era indiferente, aunque tampoco estaba interesado en sobreexponerla.

Larraín cultivó el arte fotográfico y el reportaje periodístico, no la foto de trinchera al estilo de otro inmortal, Robert Capa, el reportero en los frentes de guerra, el que se acercó demasiado y terminó víctima de una mina antipersonal. No. Larraín excluía el ego de sus imágenes. Meditaba largamente sus trabajos y cuando llegaba la hora del encuadre y la obturación el tema ya estaba instalado en su cabeza y en su corazón: el Valparaíso bohemio de los sesenta, los niños vagos de Santiago, los mismos que el novelista Enrique Lafourcade retrató en Novela de Navidad. ¿Era el paseo de un cuico mirón, de turista por la miseria capitalina? Sus fotos lo desmienten, el artista no sólo toma partido por ellos, sino que los congela en su abandono y en su esperanza de ángeles maniatados con flores.

Los escritores Jorge Edwards y José Donoso, compañeros de generación, lo retrataron en sus crónicas. Es un mito literario glamoroso creer que Larraín inspiró a Cortázar en su magistral cuento ‘Las babas del diablo’ y Sergio es Roberto Michel, el protagonista, que sorprende con su cámara una escena indescifrable, una escena que desatará la destrucción de un adolescente. Las nubes harapientas que cubren París, más específicamente la isla de Saint Louis, tienen un rol decisivo en el relato. Larraín cuenta en una carta, en días de vagabundeos sin destino por ciudades extrañas, quizás imaginarias, haber puesto la Leica en el piso, enfocando hacia el cielo, para, encuclillado, obturar hacia la nada. ¿En busca de obtener el daguerrotipo de Dios?

Los años finales fueron de aislamiento en Ovalle, no concedía entrevistas ni se dejaba ver. Buscaba el Tao, el Satori, la ruta Zen, la iluminación. Se convirtió en un chamán con calzoncillos de nylon. Meditaba, hacía ejercicios de yoga, publicaba poemas sobre armonía individual y universal. Era más un menosprecio de lo que había sido que una retirada definitiva del mundo. Sus imágenes, que por estos días exhibe el Museo de Bellas Artes, son una revelación, cuentan una historia, nos invitan a un relato. La Mistral hablaba de que todo artista, por ateo o agnóstico que sea, en su creación termina por reverenciar a Dios que, según su Decálogo del artista: “Es la sombra de Dios sobre el universo”.

El trabajo visual de Sergio Larraín es parecido a la obra pictórica de Adolfo Couve, a los grabados inocentes de Santos Chávez, a la captura de los lares en la poética de Jorge Teiller. El fotógrafo siempre anduvo, con la cámara colgada de su hombro, a la siga de la sombra de Dios sobre el mundo.

 

Foto: Sergio Larraín, Magnum Photos (Paris, 1959)

Un comentario

  1. antonio arevalo dice:

    Alguien sabe si hay documentacion del paso de Larrain por Italia?, me encantaria saberlo. Gracias

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