Revista Intemperie

¿Bibliotecarios o mercachifles? Notas acerca de la reciente polémica entre escritores y bibliotecarios

Por: Chico Jarpo
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A raíz de la polémica por el listado de libros que adquirirá el Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas, Chico Jarpo aprovecha la oportunidad para develar algunas de las falacias y lugares comunes que se esgrimen para salir al paso de las políticas de fomento a la lectura

 

Hace unas semanas se dio a conocer el listado de textos que los sistemas de bibliotecas chilenas adquirieron en la última versión de la feria del libro. Los títulos seleccionados provocaron tirria en ciertos personajes del acontecer cultural. De inmediato, sus voces se alzaron en contra de los criterios utilizados por los docentes, editores y bibliotecólogos encargados de la gestión. ¿La razón?, entre los diez trabajos más demandados por la redes bibliotecarias nacionales figuran no una, sino dos biografías sobre la vida, obra y milagros de Felipe Camiroaga, una cantidad inusitada de autoayuda, incluidos infumables recetas para ser cuica y feliz (en ese orden) escritas por Pilar Sordo, y aparentemente faltó poco para que no aparecieran sopas de letras, puzles y sodokus.

Leonardo Sanhueza, desde la tribuna del LUN (un espacio bastante inusual para arremeter contra la “farandulización” de la literatura, si me preguntan) abrió los fuegos. Con arrojos de Jesús expulsando a los mercaderes del templo, embistió contra los bibliotecarios tildándolos de “mercachifles”. Estos replicaron con un sinfín de argumentos, entre los cuales, el de mayor inquina, daba a entender que ellos no tenían la culpa de que los escritores chilenos carecieran del talento necesario para cautivar a un público masivo.

De pronto, el debate en torno a cuánto y cómo invierte el Estado en la lectura de sus ciudadanos, devino en una encarnizada y sangrienta conflagración entre bibliotecarios y escritores. La escalada de violencia prometía alcanzar ribetes épicos. Se prometieron cortes con papel, (uno y otro bando contaban con un importante avituallamiento de resmas que refrendaba la amenaza) y otras vilezas de escritorio. Las estrategias bélicas contemplaban ataques con todo tipo de materiales de oficina. No se escatimaron recursos. Los escritores estaban dispuestos a bombardear las bases enemigas con letales diatribas en endecasílabo, e incluso algunos, los más radicales, en versos alejandrinos. Los bibliotecarios en tanto, estuvieron a punto de arrancar aquellas páginas de los manuales Dewey que señalan la manera precisa de clasificar a la joven literatura chilena, para así, de una vez y para siempre, extraviar su ubicación exacta en las estanterías. Jamás en la historia de las pugnas absurdas, dos facciones que amaran tanto los libros se habían enfrentado en tan cruenta batalla.

Pero, dejando de lado las escaramuzas, la polémica nos brinda una formidable oportunidad de acceder a las falacias y lugares comunes que se esgrimen para salir al paso de las políticas de fomento a la lectura en que han incurrido los gobiernos desde hace por lo menos dos décadas. A continuación ofrezco un breviario de estas letanías.

1. Que los escritores son un puñado de resentidos y elitistas.

A pesar de que entiendo, tan solo parcialmente, las razones por las cuales los bibliotecarios se sienten denostados, en especial aquellos funcionarios con una mínima injerencia en las decisiones tomadas por las planas mayores de los establecimientos en que trabajan, este fundamento, con mucho de ojeriza y herida abierta, me parece ilógico. Esto porque decir que los reclamos ante la evidente banalidad de los títulos en discordia responden a una actitud elitista, emanada desde un círculo de iluminados que buscan “imponer” a la población sus refinados gustos, es un contrasentido. Y eso debido a que una posición verdaderamente elitista jamás permitiría que aquellas mercancías que conforman su status de privilegio fuesen sociabilizadas. Por el contrario, la demanda llama a democratizar el acceso a la literatura de calidad en todas las bibliotecas del país.

2. Que hay que darle a la gente en el gusto.

Este es, por lejos, el más peligroso y dañino de los argumentos. Cuando un personero de la DIBAM se pronuncia acerca de la “libertad” de la gente para elegir lo que quiere leer, y llama a no “imponer” criterios de lectura, podemos equiparar el criterio al de un Willy Wonka, que vive en su propia fábrica de chocolates, rodeado de Umpa Lumpas danzarines y oficinas delirantes. Es un argumento que no parece haber reflexionado nuestra historia y las injusticias que la cruzan y desangran, dentro de la cuales la cuestión referente al libro (y el acceso a la cultura en general) es una más de sus expresiones de inequidad.

En efecto, tan solo presuponer que la elección de la biografía de Camiroaga, o los abracadabras psicológicos de Pilar Sordo, no constituyen una imposición mediática, fijada por un deplorable mercado masivo, dentro de un espectro de oferta cultural prácticamente homogéneo al que quedan expuestos, inermes, la gran mayoría de la población, resulta una burla. Que no existan librerías en los sectores populares no es un dato arbitrario. De algún modo, la razón crítica que debiese operar en los gestores culturales ha sido reemplazada por criterios comerciales y de mercado. La “libertad” detrás de estas mediocres gárgaras con que se busca enjuagar el mal sabor de las críticas no es otra que la del libre mercado, y respecto a la cual, ya nadie, responsable al menos, puede pregonar su inocencia. Y es que en este, como en tantos otros debates dentro de las humanidades, debiese primar un enfoque complejo, materialista y de clase.

3. Que la gente lea es algo bueno en sí mismo (por lo tanto, poco y nada interesa cuál sea ese libro).

No veo porqué este argumento pudiese ser distinto a decir que da igual lo que se coma, ya que, a fin de cuentas, lo importante es saciarse. No obstante, cómo sabemos, no es lo mismo echarnos a la boca una pringosa hamburguesa que comer digamos, un plato de legumbres. Es posible que el alarmante índice de obesidad en nuestro país se condiga con las cifras, igual de preocupantes, de personas que no leen, o peor aún, que no entienden lo que leen.

En otra arista que, sin embargo, compete al mismo enunciado, hay quienes salen a declarar que producto de aquella lapidaria estadística que consigna la precaria situación de los lectores chilenos, más vale que lean basura a que no lean. Este “peor es nada” es sin duda la máxima expresión de la ineficiencia de aquellas instituciones que debiesen velar por el crecimiento y la difusión cultural. Con el tiempo, su rango de acción se limitará a constatar año tras año el irrefrenable declive de la capacidad lectora de la población. Entrampados en el statu quo, sin capacidad de modificar la estructura profunda de la inequidad cultural, volverán a decirnos que es mejor leer mierda a no leer nada. Mientras tanto, la segregación seguirá acentuándose, las poblaciones no tendrán librerías, unas pocas personas volverán a acodarse en los mesones pelados de las bibliotecas públicas para consultar por la última saga de moda, y el IVA del libro continuará exhibiendo su vergonzosa hipérbole.

Pero la memoria, que es un volcán activo, de lavas insurrectas y subterráneas, siempre a punto de arrojar materiales incandescentes al porvenir, nos recuerda las proezas de la editorial Quimantú en tiempos de la UP. Dirigida por sus propios trabajadores, sacó a la calle un tiraje de libros que superaba el número de chilenos que había por esos años, en formatos de bolsillo y al precio de una cajetilla de cigarros.

¡Una ciudad con más libros que habitantes! Alguien consideró que eso era un disparate, una desproporción, una inmoralidad… y decidió matar personas y quemar libros… y los que quedaron los gravó con un IVA oneroso.

 

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2 Comentarios

  1. Leonardo dice:

    Muy de acuerdo con señalado por Chico Jarpo, pero me gustaría comentar 3 puntos de esta polémica:
    1.- No he leído todavía que alguien critique o repare en las pobres o casi inexistentes políticas de fomento de la lectura existentes en el país. Tampoco que se cuestione a los/as profesionales responsables de generar estas políticas y su capacidad para realizarlas – que dicho sea de paso, NO son Bibliotecarios/as- .
    2.- El escritor Leonardo Sanhueza dispara contra bibliotecarios/as llamándolos “Mercachifles” desde su tribuna en LUN, un diario que no me parece buen soporte para criticar la farandulización y lógica mercantil del listado de libros (acá estoy respirando por la herida… soy bibliotecario)
    3.- Siempre se afirma – aunque jamás he visto un estudio serio- que el aumento de la lectura es inversamente proporcional al IVA del libro. Pero, dejando de lado argumento ad ignorantiam, cabe preguntarse ¿por qué la venta de libros piratas es tan buen negocio?

    Saludos cordiales,

  2. Chico Jarpo dice:

    Leonardo, gracias por el comentario.

    Estoy absolutamente de acuerdo con todas tus apostillas. Respecto al primer punto es probable que no haya indicado con suficiente claridad que mi molestia contra las altos personeros incluye, implícitamente tal vez, que su gestión y proceder poco y nada tienen que ver con la de los bibliotecarios (o con aquel filón consciente y comprometido con la cultura de este país). De todos modos, resulta alarmante que cada vez sea más difícil distinguir los criterios que ocupan los profesionales ligados a la cultura con los de un ingeniero comercial (y esa es una problemática que excede con crecer las circunstancias de este debate e incluye a muchísimos más actores en su pesquisa). Sobre el punto dos intenté deslizar una sutil alusión a lo poco afortunada que era la plataforma del LUN para salir a denunciar la “farandulización” en la selección de textos. Y respecto al punto tres, creo que expones una inquietud más que atendible en esta discusión. Ciertamente el IVA no lo solucionará todo, pero la tozuda postergación de alguna perspectiva que revise y discuta su necesidad, señala la patente abulia por parte de los legisladores de generar cambios drásticos dentro de este ámbito.

    saludos

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