Revista Intemperie

La vida ordenada

Por: Flor Monfort
la vida ordenada - daniel blanco pantoja

 

Llego temprano a casa, está la luz del velador encendida. Afuera atardece despacio, y las bocinas flotan en el living, son lucecitas de la vida ordenada.

Juan me llama desde el baño, las ondas de su voz bajan las escaleras y me siento feliz de escucharlo. Cuando subo me dice que la tecnología ya inventó la manera de colgar dos toallas, esto es una en cada toallero, si así es como le dicen a los ganchos que se usan para colgar toallas en grifería, por lo que poner una encima de la otra, me dice Juan, como yo hice esta mañana, es una torpeza que él desaprueba. Nos damos un beso rápido, le digo perdoname sonriendo y pedimos comida. A pesar del reproche, siento una felicidad repentina de vivir con él, de bañarme en su ducha y secarme con sus toallas negras. Las sábanas también son todas negras y, salvo por mis pelos que Juan dice que son “amarillos”, no dejan que se vea nada, ni siquiera los fluidos pegados de nuestras noches de sexo sin preservativo todavía largas y brillantes como el sudor del carnaval. Felicidad de pasearme en su casa desnuda y flaca, ahora, que el amor me saca el hambre y el sueño, felicidad de haber llenado su inmaculado baño de venecitas blancas con esmaltes de colores vibrantes, una felicidad donde no importa que me despierte cada hora para mirar su reloj digital que desde lejos y sin mediar ningún objeto porque a Juan los objetos le parecen estorbos, me indica que me despierto cada 50 minutos, aproximadamente, desde que vivo acá.

Entiendo que esta ansiedad se debe a mi crianza, tan intensa en cuestiones del amor y las guerras de almohadas. Los gozos y las sombras de un archivo de fotos que temprano adivinaban un encuentro con los cuerpos de mi mamá y mi papá, un encuentro mío con esas pieles calientes a la madrugada, hora de pasarse a la cama de los grandes, un encuentro que ellos no tenían entre ellos ni con terceros, sino conmigo. La intensidad de los baños de inmersión y las vacaciones en departamentos prestados por tías millonarias, donde la claridad desvanecía también el sueño y sumaba millas de avión.

Me siento muy enamorada de Juan, porque él me maltrata lo suficiente y me dice las cosas bellas solo cuando estoy enojada. Ese deseo de ser amada y deseada, ese volcarse sobre mi cuerpo como un violador desesperado pero no tanto, nunca tanto como para sentirme amada de verdad, es lo que me mantiene perdida en la idolatría hacia el macho de la casa, el líder de esta jauría de tres, porque la mucama bien que ocupa su rol, y esos diálogos entre ellos que escucho desde arriba me llenan de otra felicidad, mas parecida a los deseos de clase que a la felicidad del amor puro y duro que siento, pero también se mezclan con la amargura de no tallar ningún tipo de influencia de mis hábitos de limpieza entre el dueño de casa y la empleada. Un día, Juan le dio plata y le dijo comprate lo que quieras, así con esas palabras, y después subió riéndose y cuando Marta cerró la puerta me dijo le dije que se compre lo que quiera, le dije volá con tu imaginación Martita, pero yo sé que esa ultima parte la inventó recién, mientras subía las escaleras y se sintió un genio y yo me reí y lo hice sentir mas genio, multiplicando las escenas de su vida donde las mujeres lo hicimos sentir un tipo ingenioso.

Pienso todas estas cosas y llega la comida, que acomodo en las dos bandejas negras con patas para la cama que Juan apila sobre la heladera y que heredamos de su anterior novia, Laura, de quien todavía llegan facturas de Personal. Laura Cobachio expuso su obra en la bienal de San Pablo y sale a caminar con una eminencia del arte contemporáneo tres veces por semana. Como él está viejo lo usa como terapia, mientras le cuenta la trama del mundillo y hablan sobre meditación en movimiento y tips de longevidad. Laura usa flequillo como a Juan le gusta, le gustan las chicas rubias como Laura y como yo, pero con flequillo como ella. Pensé muchas veces en hacerme el flequillo pero como tengo el pelo ondulado tendría también que hacerme el alisado definitivo, eso me dijo el peluquero, además de apuntar que a mi frente chica y al corte redondo de mi cara no le harían bien un flequillo pero aclarando que él hace lo que yo mande. No me hice el flequillo porque pienso que eso resguarda algo de la personalidad que tengo, algo de la dignidad que quiero conservar en esta relación donde solamente una vez lo vi aflojar a Juan, la noche que se sintió mal. Casi vomita en medio de la cena en un lugar que nos encanta a los dos pero que él siempre quiere ir afuera, sentarse en las mesas de la vereda de Monroe y Dragones, pienso yo porque a ese lugar fue muchas veces con Laura con flequillo y le hace acordar a ella, aunque él lo niegue. No pienso que Juan la ame a Laura todavía, pero sí que la recuerda porque seis años son seis años en la vida de cualquiera y después de todo yo también pienso en Pablo. Juan cambia de canal compulsivamente mientras comemos sobre las bandejas, subo y bajo las escaleras por su coca, las servilletas, mi coca, la luz de la cocina que quedó prendida.

Juan se descompuso esa noche perfecta de fin de marzo y fue la primera vez que lo vi flojito, tierno como la plastilina de los niños. Había ido a un casamiento la noche anterior. Había estado toda la semana en 220, me explicó, y el casamiento del viernes a la noche alargó su semana y su energía acelerada; y saltar con sus ex compañeros de oficina, irse a dormir de día con la ropa puesta y despertarse a las 7 de la tarde y darse una ducha rápida para venirme a buscar a mi, que todavía vivía sola en la otra punta de la ciudad, alargó un poco más el engaño sobre su cuerpo, que quería descomponerse desde el domingo anterior, según él, pero que el lunes había entrado en la rueda de la rutina, y hasta ese día, el sábado con su flamante novia impecable estrenando vestido cada vez que lo veía, sentados en el restaurante y con la brisa fresca del casi otoño en la cara, no había podido dejar florecer. Me dio la billetera para que pague la cena, la sacó del bolsillo del pantalón cediendo un pedazo de poder a la fuerza para que nos vayamos rápido de ahí porque estaba retorciéndose de dolor y necesitaba ir a su baño de venecitas blancas todavía inmaculado de mi y ya limpio de Laura. Esos gestos eran de un Juan que me gustaría ver más seguido. Cuando las mujeres vemos tan de cerca la miseria de los hombres, sabemos que podemos aguantar ahí, copar la parada de la melancolía y atajar la debilidad sin hacerlos sentir menos. Mientras él se dejaba ir por el inodoro yo ordenaba los pocos libros de Juan por orden alfabético y cuando salió del baño, 23 minutos después según el mismo reloj digital que hoy marca mis horas felices, nos abrazamos y me dijo estás muy linda. Nos sentamos en el balcón y vimos una película en su mac apoyada en sus almohadones de picnic y esa noche me acarició y me dijo que teníamos que ir al cine y que por qué no habíamos hablado en toda la semana. Descubrí que tenía los dientes un poco transparentes en la parte de los filos, lo que podía ser resultado de su mala alimentación, y lo miré durante minutos chicle de mi insomnio, después cuando ya dormíamos, dejando que el viento de su boca me llegue a la cara. Esa noche pensé que el amor es la casa del ser y que la cama es mi campo de batalla. Un veterano de guerra se siente mas vivo que nunca comandando una operación en el desierto, el día que ordena a sus hombres que sean todo lo violentos que quieran, porque la misión es terminar con todo. La imagen del militar que se me vino a la cabeza era un poco bizarra, una mezcla de isla de las Malvinas y desierto africano y Pelotón. Pero no importa porque mi idea de grados del ser era lo fundamental en esta operación mental que hice y que me tranquilizó un montón, sobre los grados del ser y las dificultades de la filosofía occidental para encontrar una respuesta definitiva a la metafísica. Depende de cada lucha personal. La mía es este cuarto, estos besos, interpretar las canciones que él canta al pasar como construcciones de un relato inconciente de nuestra relación. Y todo esto en la soledad de mi cabeza, porque a nadie le puedo revelar mis secretos anoréxicos e inflamados, aunque probablemente coincida con muchas. No hay nada que me excite más que este campo de batalla.

 

Flor Monfort (Argentina, 1976), se formó en la carrera de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y ejerce el oficio de periodista desde 1998. Actualmente es editora del suplemento Las 12 del diario Página 12.

Ilustración: Daniel Blanco Pantoja

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